La alcachofa

Aunque he sido moderadamente aficionado a carnes, embutidos y otros productos de la charcutería, bajo la influencia de lecturas vegetarianas, he estado a punto de abandonar el salchichón, la sobrasada y los filetitos de pechuga de pollo si no hubiera sido porque, de pronto, me he preguntado por la alcachofa que, evidentemente, no está incluida entre las prohibiciones y por tanto se puede comer libremente.

Y es aquí donde han saltado las alarmas en mi mundo de convicciones y creencias. Porque, consumidor destacado como soy de alcachofas, lo que más me gusta de ellas es el corazón, que es lo más tierno, delicado, sensible y esponjoso que puede un ser humano llevarse a la boca. Naturalmente no comparto la tesis que sostenía Josep Pla según la cual el consumo de verduras y legumbres es algo asociado a un padecimiento físico o a una desgracia de mayor consistencia. Para mí, el corazón de la alcachofa es el bizcocho del mundo vegetal y su suavidad proyecta en quien lo come armonía y un sentido desarrollado de la justicia.

De la misma forma, la alcachofa a la plancha, que alberga parte del corazón pero también de las hojas, es algo de especial finura y nos lleva a ser amenos y entretenidos en la conversación. Una persona que habitualmente enciende la plancha y tiene la paciencia de poner sobre ella láminas de alcachofa y después, claro es, las come es alguien que tiene ya mucho camino recorrido en el disfrute de una vida que gana así en aliciente y en liberal variedad. Es como quien sabe disfrutar de un aria de ópera: no puede ser mala persona.

Pero volvamos al corazón de la alcachofa a la que, como digo, tan aficionado soy. O “era” debería decir. Porque, de pronto, me he dado cuenta de que ese corazón podía estar enamorado y por tanto qué derecho tenía yo a comérmelo sin complacencias, sin atender a sus hermosos sentimientos. Esta perspectiva es la que me ha hecho reticente a las alcachofas y recuerdo la época en la que, antes de hervirlas, les quitaba las hojas y buscaba con saña, allá en sus lechos, sus corazones, extrayéndolos sin piedad, embadurnándolos ligeramente con limón para que no ennegrecieran y los ponía a cocer en una olla exprés para dar al proceso, encima, mayor rapidez y por tanto mayor crueldad, mayor ¿como diría yo? mayor falta de corazón precisamente.

Vivo con un nudo en la garganta cuando pienso en esa alcachofa enamorada de un guisante, que sueña con él, con compartir una vida en común, que hacen sus planes de vegetales entrañables y -sobre todo- decentes, vegetales que a nadie dañan. Entonces aparezco yo, y como vegetarianista o vegetariano que anhelo ser, los extraigo a ambos de la tierra y me dispongo a comérmelos creyendo encima que albergo corteses miramientos porque, de esta forma, estoy respetando a las vacas, a los bueyes y a los cerdos.

¿Qué diferencia hay, me pregunto y pregunto, entre una vaca y el corazón enamorado de una alcachofa?

Por eso propongo que las alcachofas se vendan con un símbolo que indique si su corazón estaba o no enamorado de la misma manera que los demás alimentos llevan advertencias acerca de la cantidad de proteínas, grasas o calorías que albergan.

¡Ah, la alcachofa, lírica y romántica entre los más líricos y los más románticos!

 

 

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Quien concilia

Quien concilia bulos

participa en un conciliábulo.

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¿Gobierno urgente para Cataluña?

Difícil es entender las voces contrarias al separatismo que están clamando por el “desbloqueo” catalán y la necesaria constitución de un nuevo Gobierno en Cataluña.

Recordemos cómo, tras las elecciones, vino la ofensiva del Partido Popular dirigida a Inés Arrimadas para que se postulara como presidenta ya que era la persona que había encabezado la lista mayoritaria. Como no es posible que, quienes tal dislate defendían, ignoraran que es el Presidente del Parlamento quien ostenta la competencia para proponer a la Cámara un candidato, solo es posible atribuirlo a la mala fe de un partido que se ha visto seriamente dañado y empequeñecido por el voto adverso de los catalanes.

Esta campaña no ha amainado y todavía cobra de vez en cuando renovados bríos. A ella se han venido a sumar voces del sector constitucionalista más las declaraciones de los empresarios y sus organizaciones que piden “volver a la normalidad” y poder así contar cuanto antes con un Gobierno que realmente gobierne, apruebe leyes, emita decretos, resuelva expedientes y otras gollerías.

¿De verdad quieren las personas que combaten las tesis separatistas y los empresarios disponer de un Gobierno cuanto antes, de un Gobierno que habrá de estar lógicamente constituido por las fuerzas separatistas mayoritarias en el Parlamento? ¿A qué “normalidad” se refieren”? ¿a la del 3%? ¿Añoran unas leyes preparadas y aprobadas por quienes no creen en España ni en el libre juego del mercado, por quienes han querido volar por su cuenta separándose del Estado y desafiando a las mismísimas instituciones europeas? ¿de unos frívolos a quienes no importaba carecer de voz en la ONU, en la Organización Mundial del Comercio, en la OTAN etc, etc? ¿Un Gobierno compuesto por personas que han demostrado preferir la aventura política al respeto y la tolerancia propias de una sociedad abierta y madura?

Para quienes estamos alejados de esos postulados cuesta entender tales demandas que además vienen formuladas con carácter de urgentes.

Más lógico sería que tales sectores, formados por constitucionalistas y empresarios, que han visto la marcha de miles de empresas, pidieran al Gobierno de España que empleara todos los mecanismos de que dispone en virtud de la aplicación del artículo 155 de la Constitución. Pues importa  recordar que los materiales de que está compuesta la intervención autorizada por el Senado son de muy diversa textura y de lo que se trata de extraer de ella los máximos efectos. Dicho de otra forma: que logren desplegar todas las consecuencias que sean conformes con el orden constitucional.

Sería muy bueno, en tal sentido, que los ministros del Gobierno de España fueran realmente conscientes de que son Consejeros de aquella Comunidad autónoma y, en tal calidad, se personaran al menos un día a la semana en Barcelona para despachar con directores y funcionarios los asuntos pendientes de resolución o impulso aprovechando para impartir además las instrucciones generales pertinentes.

Hay en las Consejerías una lógica parálisis pero esa parálisis ha de ser rellenada por el Gobierno de la Nación. Que debe conducirse con toda legitimidad mientras las fuerzas separatistas se pelean por la investidura a distancia, por televisión o por teléfono, o por el voto, discutiendo si es presencial o con el diputado encapuchado y tantas otras lindezas a las que están entregadas sin que se aviste un plazo de finalización de este espectáculo.

¿Qué tal si el Gobierno de España aprovecha para ejecutar las sentencias en materia lingüística? ¿Y si se abren las convocatorias de subvenciones a todos los medios de comunicación? ¿Y si se inician procedimientos de revisión de oficio de expedientes discriminatorios? ¿qué tal si se garantiza la neutralidad en las dependencias públicas, la adecuada objetividad de los funcionarios y el cumplimiento de los códigos de conducta? ¿Debemos recordar que todo servidor público ha de respetar los derechos fundamentales y libertades públicas?

¿No puede ser, en fin, el 155 el número mágico que avente ilegalidades y entierre la arbitrariedad?

Francisco Sosa Wagner y Mercedes Fuertes

(Publicado en el diario Expansión el día 15 de febrero de 2017)

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Presumido

Presumido es

quien se baña en el lago de los halagos.

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Prohibición de partidos políticos

Existe en la República federal de Alemania una cierta experiencia histórica relacionada con la prohibición de partidos políticos cuyo ideario se muestre radicalmente contrario a los valores y principios de la Constitución en vigor.

Así ocurrió con la herencia de los nazis. En 1949, y como si no hubiera pasado nada, se creó un partido político que era continuador del nacional-socialista que pedía respetar al “soldado alemán” y abordar de nuevo la “cuestión judía” aunque con métodos menos expeditivos que los empleados por Hitler. El gobierno de Adenauer reaccionó y solicitó al Tribunal Constitucional su ilegalización a lo que este accedió declarando que tal organización “es contraria al orden democrático, desprecia los derechos fundamentales, está edificada sobre el principio del “caudillaje” (Führerprinzip) y sus dirigentes se hallan estrechamente ligados a los del partido de Adolf Hitler”. El Tribunal aprovechó para declarar al tiempo nulos los mandatos parlamentarios obtenidos “sin posibilidad de sustitución” (la sentencia es de octubre de 1952). Y añadió algo interesante: “los electores de los representantes eliminados no pueden quejarse por esa pérdida porque la pretensión de ser representado por un diputado de un partido inconstitucional es ya, en sí misma, inconstitucional”.

Lo mismo ocurrió con la prohibición del partido comunista, más complicada porque esta organización tenía mayor importancia: aunque había rechazado la Ley Fundamental, participó en las elecciones al Bundestag. Además, la preparación del proceso y el proceso mismo se aprovecharon para, desde la República comunista vecina, diseñar una campaña en la que se subrayaba la legalidad en ella de la democracia cristiana. Se olvidaban de añadir que, en el sistema de la DDR, en la práctica nada significaba tal organización política. Después de muchas idas y venidas, la sentencia -de agosto de 1956- declaró asimismo la inconstitucionalidad del partido comunista.

A partir de estas dos fechas ya no han existido más prohibiciones de partidos. La refundación en 1964 de un partido nazi fue tolerada y tan solo los movimientos de sus dirigentes y afiliados, vigilados. El intento de declararlo ilegal por parte del Gobierno socialdemócrata y verde del canciller Schröder fracasó precisamente en el Tribunal constitucional (2003) y con el comunismo nadie se ha atrevido.

En enero de 2017 el Tribunal Constitucional vuelve a ocuparse de la cuestión en un pleito promovido por los Länder a través del Bundesrat.

Procede aclarar al lector español que la Ley Fundamental de Bonn contiene un artículo, el 21, apartado segundo que de manera contundente señala (en su redacción de 1949) que “los partidos que por sus fines o por el comportamiento de sus afiliados tienden a desvirtuar o eliminar el régimen fundamental de libertad y democracia o a poner en peligro la existencia de la Republica Federal de Alemania, son inconstitucionales. Sobre la inconstitucionalidad decide el Tribunal Constitucional”.

Los jueces de este Tribunal, presidido por Andreas Vosskuhle, un prestigioso catedrático de Derecho Público que enseña en Friburgo, decidió de nuevo desestimar la demanda del Bundesrat. Su argumentación se basa en que los partidos políticos son piezas esenciales en el Estado democrático de Derecho por lo que la prohibición de cualquiera de ellos no puede hacerse si no es analizando muy detenidamente su ideario y su comportamiento. Se trata de una “norma excepcional” en la medida en que reduce el espacio democrático y por eso ha de ser interpretada de forma restrictiva.

El ideario del partido nacionalsocialista sometido a juicio es racista porque defiende una “comunidad del pueblo” que pretende restringir los derechos políticos y sociales a aquellas personas que, según su criterio, sean realmente alemanes y además se aparta del mundo de valores constitucionales alemanes que tienen su máxima expresión en la “dignidad humana” cuya garantía se extiende a la salvaguardia de la individualidad personal, de la identidad y de la integridad así como de la igualdad. La concepción racista de esta organización es incompatible con la dignidad humana tal como es concebida por el texto constitucional.

Pero el Tribunal, alejándose del criterio empleado en 1956 en la sentencia del partido comunista, que acuñó la expresión “actitud de lucha agresiva” para designar su forma de comportamiento, sostiene que no existen indicios de peso para considerar que este partido nacionalsocialista constituye realmente un peligro para el orden democrático, social y liberal del Estado de Derecho por la sencilla razón -digámoslo breve y claramente- de que carece del eco popular suficiente al cosechar resultados muy pobres en las elecciones que se celebran en el territorio alemán, tanto a nivel de la Federación como de los Länder.

No existe la más mínima posibilidad, dicen los jueces de Karlsruhe, de que los nacionalsocialistas logren sus objetivos a la vista del actual panorama político alemán y añade que no existen espacios en la República que puedan considerarse sustraídos al control del Estado ni siquiera en el Land de Mecklemburgo Antepomerania (donde la presencia de estos sujetos es especialmente enojosa).

La sentencia ha sido elogiada y criticada, como es usual cuando de pronunciamientos judiciales fuertemente politizados se trata. Sorprende en ella la minuciosidad con la que describe una ideología, la patrocinada por el partido sometido a examen, que claramente es contraria a los principios y valores en que se inspira el mundo constitucional alemán, bien mimados y perfilados en 1949, escaldados como estuvieron los constituyentes tras los años sangrientos y sombríos del “adolfato”. Para acabar los jueces concluyendo que, aunque todo eso es perceptible en los estatutos del partido, en las declaraciones de sus dirigentes, en las acciones callejeras que alientan y patrocinan, lo cierto es que tales sujetos carecen de fuerza para imponer su ideología y poder alterar así el orden republicano y federal. Es decir, que como son unos indigentes en respaldo popular auténtico, el que se traduce en votos y escaños, no se les va a otorgar la aureola, el glamour, de ser unos proscritos.

Ahora bien, si todo esto es así, el propio Tribunal, conocido por sus sutilezas, en la declaración que hizo su propio presidente al anunciar la sentencia, dejó abierta una puerta por la que colar un instrumento demoledor, más demoledor aun que su prohibición: cortar su financiación por medio de una reforma constitucional.

Se trataría pues de suprimir los recursos económicos de un partido legal que, en el caso del NPD, recibió 1, 3 millones de euros en 2015 salidos de los bolsillos de los contribuyentes. El estacazo se ha producido en junio de 2017, momento en el que, gracias al acuerdo de las fuerzas políticas parlamentarias, se ha añadido al artículo 21 -que antes he citado- la exclusión de la financiación estatal, acerca de la cual también decide el Tribunal Constitucional.

Me he animado a contar esta historia alemana para que el lector español pueda comprobar, de un lado, lo mucho que se puede conseguir si los partidos políticos son capaces de pactar entre ellos cuestiones sustanciales y no encastillarse en sus triviales prejuicios.

De otro, por si a alguien le suena en nuestra España dolorida este asunto de la existencia de organizaciones que claramente defienden valores y principios contrarios al orden constitucional. Y por si alguien se anima a emprender acciones contra ellas.

¿Podremos albergar los españoles la esperanza de que algún día dejen de burlarse de nosotros?

 

(Tribunal publicada en El Mundo el día 8 de febrero de 2018).

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Horizonte

Cuidado con el horizonte:

cuando se enrabieta, se hace frontera.

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De la medicina a la medicación

La entrada en la modernidad ha sido explicada de muy diversas maneras y aportando fechas y datos variados por los historiadores. Paparruchas. El inequívoco elemento que nos permite afirmar la real existencia del cambio de era es el paso de la medicina a la medicación.

En el pasado, el ser humano tomaba una medicina de vez en cuando y además eran estas de una gran simpleza. Así, por ejemplo, en el Quijote el medicamento más famoso del que se habla es el bálsamo de Fierabrás compuesto de romero, aceite, sal y vino. Lo demás son las bizmas para las tundas que reciben los personajes, las reflexiones elementales que sobre la curación hace el bandolero Roque Guinart a don Quijote o las imposiciones dietéticas que ha de sufrir Sancho del médico de la ínsula para no dañar su salud.

Cuando el asunto de la farmacopea adquirió nuevos vuelos, con la sulfamida para las fiebres, el optalidón para el dolor de cabeza, el salvarsán para la sífilis y el bicarbonato para el estómago cualquiera de nuestros antepasados iba más que arreglado.

Desde hace años, por el contrario, no hay persona con principios morales sólidos que no inicie el día con su dosis de omeprazol. Sin él, debemos convenirlo, la vida resulta sencillamente tan inconcebible como una misa sin cura. Y, para terminar la jornada, que levanten el dedo quienes no se aticen una sustancia para que el sueño no se extravíe y vaya a visitar hogares lejanos y ajenos, poco de fiar.

Luego está la lucha contra el colesterol, contra los triglicéridos, contra el ácido úrico, contra aquellos estragos del “mal de orina” que padecía el galeote que liberó don Quijote (por volver a Cervantes) y así seguido. Para comparecer en esos combates las armas son grageas y más grageas que se toman espaciadas o concentradas en el desayuno o en la comida. Por su parte, las mujeres jóvenes y sus amigas de mayor edad con los calores enfriados disponen de su propio recetario, barroco también y perentorio.

El momento culminante es cuando el farmaceútico nos proporciona una muy apañada cajita donde se puede distribuir el variado surtido que nos coloca. Es justo entonces cuando hemos pasado de la medicina a la medicación. Y no se salva nadie: desde el humilde trabajador que lidia en el campo contra la versatilidad de los vientos y las lluvias hasta el encopetado director general del ministerio de Hacienda o la jefaza de la industria de la informática. Uno de los esfuerzos que deberíamos hacer las próximas navidades es conocer la medicación de los Reyes Magos y de Papá Noel porque su forma lozana y su movilidad nos permiten abrigar las más osadas esperanzas.

¿Hemos terminado? En absoluto. ¿Dónde dejamos los productos contra la caída del pelo, contra la celulitis o la osteoporosis, la infinidad de pomadas y cremas, los parches de calor para las contracturas (que han sustituido a las bizmas quijotescas), las tiritas para los callos en los piés, los jarabes golosos más las vacunas cuando la gripe amenaza …?

En fin, están los antiinflamatorios no esteroides, el ácido hialurónico, los corticoesteroides, el colágeno, la glucosamina, el condroitín, el magnesio, el cobre … qué sé yo. Todo ello forma el decorado de cualquier domicilio contemporáneo que esté habitado por personas serias, que no sean obviamente unos bohemios.

En las Constituciones se acoge el derecho a la salud y muchos lo defienden y lo sacan a pasear cuando no se les ocurre otro asunto de mayor sustancia o son incapaces de manejarse entre quebradas intelectuales.

Yo reivindico, para conjurar populismos y otros disparates, el derecho a la medicación como uno de los que deben figurar en las leyes renovadas.

Y el derecho al pastillero, claro es, como su expresión más lograda. ¡Nadie sin pastillero!

 

 

 

 

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Un buen congreso

Ha sido en una ciudad española donde se ha celebrado hace pocos días el tercer congreso de los “sin techo”, de las personas menesterosas que viven de milagro, porque no tienen un lugar donde guarecerse y se nutren de limosnas. Son miles, como sabemos, y les vemos a diario en cualquier ciudad española adelantando una gorra, una boina o con un pañuelo sobre el suelo, que son los reclamos con los que impetran nuestra ayuda. A veces, tratan de sacar a una flauta unas notas que recuerdan la melodía de un bolero, de algún tango o de una canción de Navidad y, entonces, llenan el aire de una música delicuescente, que quiere hacerse un hueco entre los sentimientos de los viandantes pero que, ay, se pierde irremediablemente al chocar con nuestra ajetreada indiferencia. Tienen por colchón unos cartones y sobre ellos duermen el sueño triste de su desdicha.

Es a esta lamentable situación a la que trata de poner remedio el madrileño congreso desarrollado bajo el lema “¿Dónde dormir esta noche?” “¿Dónde vivir mañana?”.

Pues bien, lo que sorprende y movería a la risa, si a esta no le cortara el viaje la indignación, es el hecho de que los congresistas, procedentes de variadas capitales europeas, se alojaban en hoteles con estrellas, amenizaban sus sesiones con almuerzos y cenas de trabajo bien abundantes y habían pagado su inscripción.

No es difícil imaginarles a cada uno de ellos con sus carpetas, su distintivo colgado en la solapa, sus nombres impresos en vistosas cartulinas colocadas en sus pupitres a modo de burladeros de pacotilla, la mesa presidencial y su orden protocolario, largamente pensado y discutido, y en ella, el chairman, el secretary, el segundo secretary, el primer tesorero…, las palabras melifluas de salutación, el reparto de papers, el  el breakfast, el briefing, el ranking, el shopping, el travelling, el dancing, el fair play y el cocktail. En medio de las sesiones no dejaría de oírse el sonido inclemente de los teléfonos móviles y, a su término, la salida a la calle y, en ella, el mendigo verdadero, el pobre auténtico, el objeto de toda aquella diligencia, que pide una caridad por el amor de la Santísima Virgen, y el gesto del congresista que, distraído, alarga una moneda, parte minúscula de la dieta recibida por sus altruístas desvelos.

Repárese en el disparate en el que pueden llegar a incurrir las organizaciones, por elevada que sea la intención que las inspira. Este ejemplo, el de quienes se ocupan de la penuria ajena, reunidos con toda suerte de comodidades y, por supuesto, al margen por completo de aquellos a quienes dicen representar, es una muestra concluyente. Como casi se trata de una caricatura, la desvergüenza se hace más visible, más palmaria.

Y, desgraciadamente, es este a menudo el sino de las agrupaciones humanas. Hay, en el origen de cualquiera de ellas, una preocupación estimable, que logra vincular a personas altruistas, y que puede ser el socorro al pobre, como vemos en este caso, o la defensa del canario, la amistad hacia los bosques o el entusiasmo por el violín barroco; cualquier fin, que puede ser de mayor o menor interés colectivo, pero que, en todo caso, es, en sí mismo, respetable y honorable.

Ahora bien, toda organización tiene exigencias insoslayables de funcionamiento y de sostenimiento. Hay que alquilar un local, recaudar cuotas, pagar un teléfono y un empleado, visitar a un concejal para allegar fondos, poner un anuncio en el periódico, convocar una asamblea, fijar un orden del día, tomar los primeros acuerdos… Ya hemos creado así, casi de forma inadvertida, al presidente, al tesorero y al secretario, que, a su vez, engendrarán un vicepresidente, un vicetesorero y un secretario adjunto, en una suerte de partenogénesis implacable y ciega. De la visita al modesto concejal se pasará al presidente de la Diputación y, de éste, al director general. Serán necesarias cartas, membretes, un sello, un logotipo y un anagrama. Si es preciso viajar, habrá que acudir a la cuenta de la Asociación con lo que creamos el talonario de cheques, y con él, a quien ha de intervenir los gastos. Cuando todo se vaya afianzando, el imperativo democrático exigirá convocar elecciones para los puestos directivos, y ello conlleva intrigar para alzarse con la secretaría, con la segunda vicepresidencia… Reuniones, comidas, cabildeos: listas de afines, vetos, programas, papeles, promesas…

Ya el antiguo y abnegado empleado se ha hecho insuficiente, hay que retribuirle dignamente y contratar más personal, dar a todos de alta en la Seguridad social, reconocerles los trienios, contratar un abogado, pagar el IVA, el IBI, el Catastro y la Contribución, lo que, a su vez, nos echa en brazos de un asesor fiscal, otro sueldo, más gastos… Y, cuando todo está ya perfectamente organizado, es preciso convocar el primer Congreso, y ello exige contratar azafatas, hoteles, viajes, elaborar ponencias, contactar con los medios informativos, ofrecer ruedas de prensa y, al cabo, dar un banquete de clausura con langostinos, discursos y fotógrafos.

¿Extraña que, en medio de esta balumba, cada vez sea una referencia más remota el pobre, el canario, los bosques o el violín barroco? Bien mirado, hasta un incordio pueden llegar a ser.

 

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Timidez

Aquel hombre lleno de timideces

solo se atrevía a sospechar sus sueños.

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Autonomías e iglesias orientales

Difícil es saber la razón por la cual en el debate eterno que vivimos sobre las autonomías, las nacionalidades, las regiones, las plurinacionalidades y demás, a nadie se le ha ocurrido echar mano de la “autocefalia” para organizar nuestra España dolorida y ya con alarmas de aburrimiento.

Quizás porque es palabra que no acogen los diccionarios pero todos sabemos lo que significa a pocos conocimientos que tengamos del idioma griego. La autocefalia es además la forma que tienen de establecerse las iglesias orientales cristianas que no son romanas.

Despliegan una gran imaginación organizativa y nos dan ejemplos que nos pueden orientar (por eso son orientales) acerca de la forma de darles cuerpo y llevarlos a la realidad hispana. Así, por ejemplo, el patriarca de Constantinopla se empeña -quizás por tener el mayor número de fieles- en tener autoridad para crear o suprimir patriarcados, obispados y, en general, para definir su territorio según sus acuerdos y órdenes. Es decir, como un presidente del Gobierno español cualquiera. Y, como al mismo personaje le ocurre, la Iglesia oriental rusa -por ejemplo- le hace un barbado corte de mangas.

Porque, junto a la iglesia ortodoxa de Constantinopla, con este patriarca gallito e ínfulas históricas y canónicas, nos encontramos con los de Jerusalén, Antioquía y Alejandría. Pero luego existen patriarcados como el serbio, el rumano, el búlgaro y, por si fuera poco, los arzobispos de las Iglesias albanesa, chipriota, polaca … cada uno de ellos con sus competencias, sus simulacros de parlamentos, sus sacerdotes, que a veces se llaman popes, sus fuentes de ingresos propias …

Pueden crear diócesis episcopales, que es el meollo de su autoridad, y disponen de autonomía al resolver sus enredos internos y embrollos teológicos sin tener que someterse a autoridades superiores que les puedan leer el catecismo y despojarles de sus atribuciones. Pero, aunque independientes, se encuentran “en comunión entre sí” lo que proporciona unos lazos de mutuo entendimiento y aleja el hecho de querer darse de estacazos entre ellos. Toda una refinada muestra de lo que podemos llamar aplicación de los principios de solidaridad y de cooperación.

¿Queremos más? Pues tenemos las iglesias autónomas, de mayor rango, y las autogobernadas que ostentan menores poderes en relación con sus iglesias autocéfalas madres. Entre las primeras contamos con la  japonesa, la china, la estonia, la finesa … y, entre las pobres segundas, el último reducto de autogobierno, una especie de municipios españoles intervenidos por el ministro de Hacienda, se encuentran la moldava, la ucraniana, la de Creta y otras criaturas desviadas de las más celebradas verdades teológicas.

Hay, para seguir alimentando el apetito, aquellas iglesias que se consideran apartadas de las autocéfalas orientales, pero que, acaso por esa cierta deslealtad, están en buenas relaciones con las iglesias católica o protestante.

Todo este despliegue, tan rico como piadoso, estuche de enseñanzas para el orbe entero, se debe al Gran Cisma, allá en el siglo XI, con el patriarca Miguel Cerulario al frente, que era un personaje de barbas fluidas y ánimo inquieto a pesar de contar ya con una edad de las que podemos llamar agobiadas.

¿No encierran estas enseñanzas de las iglesias orientales lecciones para nosotros, los españoles de este siglo XXI? ¿no deberían recurrir algunos partidos a ellas para alimentar sus propuestas políticas?

Creo (y es la conclusión de esta sosería, feliz por contemplativa) que la historia eclesiástica y el hecho de aventurarnos por entre las creencias de países remotos  refrescan la mente. Pero, atención, como a todos nos gusta entregarnos a meditaciones arriesgadas, corremos el riesgo de que al final nos asalte en cualquier esquina la congoja de la patria, la ansiedad de la nación y otras cabriolas y bellaquerías del intelecto.

Pues es probable que ese que nos acomete en la esquina truculenta gaste maneras de bandolero descomulgado.

 

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