Gaspar Moisés

Lo más natural del mundo es que Gaspar Moisés, un poeta de confidencias y un ciudadano silencioso y ejemplar, fuera en su día honrado con el premio de poesía “Juan Ramón Jiménez”. Gaspar tuvo otros muchos premios pero el que más se ajustaba a su personalidad era este del poeta onubense. Porque quien acaba de dejarnos era en efecto el “Juan Ramón” de León: por su gusto poético, remanso denso y fuente inagotable de palabras susurradas; también por su aspecto físico, ahilado, suave y adornado con esa propensión a sentirse enfermo, a hacer de la enfermedad un reclamo literario como han sido siempre por cierto las enfermedades para los poetas y los grandes escritores. Juan Ramón era ante todo un paciente de hospital, un degustador de pócimas y jarabes, y es a través de la paciencia y de los hospitales, de las pócimas y de los jarabes por donde entra la vibración poética en Juan Ramón haciéndola inquieta, creadora: un manantial de pensamientos dolorosos.

Así también Gaspar Moisés. Con una diferencia notable: nuestro Gaspar era capaz de algo que Jiménez jamás hubiera podido culminar: la redacción -como abogado que era- de un escrito ante los tribunales de justicia. Tenía Gaspar la doble condición: jurista avezado, trabado en batallas prácticas, capaz de solucionar un enredo endiablado a un paisano y, al mismo tiempo, escritor.

Como abogado su pluma era contenida, ajustada a los mandatos de las leyes procesales e impulsada por la eficacia para sacar adelante el pleito que le había sido encomendado; como escritor, como poeta, Gaspar era armónico, sencillo, ingenuamente erótico, alegre en sus difíciles equilibrios internos, melancólico en la verdad de su vida honesta: “agarrado a mí mismo, esa hoja soy yo, sabiendo que caerá” dejó escrito nuestro Moisés.

Me gusta subrayar esa doble faceta de la admirable persona que está ahora en el más allá a la espera de la flor natural en el Juicio Final porque en España es muy raro admitir que una persona pueda ser dos cosas a la vez. Me parece que fue Camilo José Cela quien dijo que nuestros compatriotas son demasiado pobres como para poder percibir dos habilidades en un único ser y ponía el ejemplo del pintor y novelista José Gutiérrez Solana a quien creo dedicó su discurso de ingreso en la Academia. Yo no lo atribuiría a la pobreza sino a la mala leche. Un español es un ser que puede admitir no tener talento, lo que no puede admitir es que lo tengan los demás. Así se expresaba Jacinto Benavente ante tanto botarate contra quienes tuvo que lidiar.

De ese hermafrotidismo profesional gozaba también Gaspar a quien vemos con su toga entrando en el juzgado y peleándose allí con los renglones de la ley y, poco más tarde, sacudidos ya los latinajos, sentado en el fondo de su tienda, ajustando palabras, meciendo con la imaginación invocaciones y sentimientos y, al cabo, poco a poco, entre visitas y saludos de clientes y amigos, haciendo vibrar su estro poético. Inconfundible y desnudo.

Su casa era, gracias a su mujer y a su familia, un templo dedicado a la amistad. Veo un retrato que le hizo Modesto Llamas y veo en él cómo el pintor, entrenado en avizorar los secretos del alma humana y expresarlos con la luz y los colores, acierta a expresar la sutil e intrincada psicología de su retratado. De Gaspar Moisés que, con noventa años, tiene ahora su retrato definitivo (“que no se asome nadie a mi cadáver” dejó escrito), un retrato con el que comparecerá en el cuadro de honor donde se alojan los grandes personajes que han parecido -por no querer molestar- pequeñas personas.

 

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¿Reformas territoriales?

El inicio de los trabajos en la subcomisión parlamentaria que va a ocuparse de posibles reformas territoriales es buena ocasión para reflexionar sobre ese empeño y hacerlo, al modo que nos enseñó Tácito, sine ira et studio.

No es fácil porque España atraviesa una época convulsa en la que se han roto muchos pactos que sirven de base a la convivencia y, con ellos, los elementos de integración que son fundamentales para pensar en alterar esta o aquella pieza del edificio constitucional. No hay más que ver qué ha ocurrido con su composición a la que ya han renunciado a asistir tres de los siete grupos políticos.

Una muestra dolorosa que pone de manifiesto la inexistencia de una comunidad políticamente vertebrada. Porque la creencia en unos valores comunes que todos comparten es el fundamento de ese artilugio que llamamos Estado y la Constitución, ordenación jurídica de ese Estado, es el receptáculo que recoge los esfuerzos sociales y los anhelos de esa comunidad. De ahí que la legitimidad de la Constitución sea un problema en buena medida de fe en esos atributos compartidos e intereses comunes que permiten al grupo vivir juntos y constituirse en Estado.

Pues bien, nuestra tesis es que las fracturas sociales y emotivas que alimentan, de un lado, los populismos y, de otro, los nacionalismos separatistas conforman el ejemplo de manual de una Constitución carente de esos elementos de integración indispensables para hacer posible su vigencia ordenada y fructífera. Mientras tales  populismos y nacionalismos, el 28% de la representación parlamentaria ¡ahí es nada! sigan defendiendo concepciones dirigidas a destruir el patrimonio común que supone la existencia de un Estado que ha de ser indiscutido hogar común carece de sentido pensar en la alteración de este o de aquel artículo de la Constitución.

Dicho de otro modo, mientras no nos pongamos de acuerdo en un “credo” compartido y libremente asumido, en un prontuario de cuestiones básicas, entre ellas, obviamente, la existencia misma de ese Estado, pensar que diseñar una nueva distribución de competencias puede servir de algo es fantasear.

¿Debe esta amarga circunstancia de nuestro presente conducirnos a la parálisis?

No y explicaremos la razón: con todas las dificultades descritas se debe intentar al menos para que las fuerzas politicas “constitucionalistas” dispongan de un plan que ha de ser pedagógico en el presente y también para que las generaciones venideras no puedan acusar a sus mayores de falta de esfuerzo, de estímulo creativo y de un compromiso integrador seriamente urdido con el futuro.

Para este fin, lo adecuado sería confiar los trabajos de preparación de cualquier reforma a expertos. ¿Por qué? Porque los tales expertos son personas que han estudiado en los mismos libros, bebido en las mismas fuentes y apaciguadas sus ansias de saber en las ideas nuevas que están en los textos viejos. Así equipados pueden contribuir a sosegar el ambiente, relajarlo y mantenerlo alejado de los excesos partidarios o sectarios. Luego ya vendrá la hora de los políticos y después del pueblo cuyos movimientos a veces son tan impredecibles como los de la mar.

Seamos prudentes y sepamos que a los cambios, como a las revoluciones, hay que cogerles el pulso desbocado y restaurarlo en su ritmo adecuado con el fármaco del razonamiento técnico que serena, refresca y templa.

Cuando hablamos de expertos no nos referimos exclusivamente a juristas especializados en derecho público o hacendistas (inevitables en todo caso) y ello porque, si queremos reflexionar seriamente sobre la reforma del Estado autonómico, es preciso, como tarea prioritaria, analizar qué ha funcionado bien y qué, ay, ha resultado un fracaso en los decenios de su vigencia y por ello procede corregir.

Se oye hablar insistentemente de elevar “los techos”, de “aumentar el autogobierno” y ese es un método desacertado por atrevido metodológicamente y además porque, a la postre, resulta estrecho y raquítico. Ampliar el ángulo de visión exige que personas expertas expliquen cómo se han observado las transferencias realizadas a las Comunidades Autónomas en materias como las infraestructuras regionales, la gestión de los montes tras tantos incendios forestales, la calidad y depuración de las aguas, el cuidado del patrimonio cultural, el resultado de la educación en sus distintos niveles, de la investigación, de la justicia, de la atención sanitaria y de la dependencia … Solo entonces podremos llegar a conclusiones fundadas. Y, a partir de ellas, valoraremos si debemos ratificar la validez del sistema instaurado hace años o es conveniente rectificarlo en este o en aquel asunto. Con el resultado de que tan plausible sería engordar la descentralización por un lado como someterla a una dieta de adelgazamiento por otro.

Porque importa mucho que nos metamos en la cabeza que el Estado descentralizado se ha de justificar ante los ojos de los ciudadanos por su solidaridad y por su eficacia siendo al cabo todos nosotros los llamados a valorarlo como usuarios de la amplia oferta de servicios públicos que las Comunidades autónomas prestan.

Y para conformar nuestro juicio será determinante la situación en que nos encontremos el hospital donde nos atienden, las instalaciones educativas, las viviendas de protección oficial, la periodicidad y regularidad del transporte público … Digámoslo claramente: el elevado coste de un Estado descentralizado, con sus parlamentos y sus gobiernos propios, no puede acreditarse ante el contribuyente más que si advierte que la cercanía ayuda a gestionar mejor los asuntos que determinan su vida diaria.

Esta labor que proponemos nunca se ha hecho y, lo que es peor, no parece echarse de menos. Por eso creemos que confiar a un grupo de diputados el esfuerzo de proyectar nuevas reformas sin contar con esos estudios previos técnicos es sencillamente un desatino, por bien aparejadas que sean las intenciones de nuestros representantes de las que nadie duda.

Nuestro consejo es calma. Vamos a recabar dictámenes de los gestores del agua, de los servicios sanitarios, de los centros docentes, de las denuncias ambientales de las instituciones europeas, del uso de las subvenciones públicas y de tantas otras cuestiones antes de cambiar una coma y embarcarnos en idear soluciones originales.

Políticos a la violeta: abstenerse.

Por último, cualquier corrección que se practique nunca ha de ser para que los nacionalistas catalanes “se sientan cómodos”, como de nuevo ha deslizado imprudentemente un ministro del actual Gobierno, bendiciendo el error mayúsculo cometido durante toda la Transición. No se trata de aparejar una oferta mobiliaria con más confortables cojines o un escabel lindamente tapizado para poner los piés sino de que los ciudadanos libres e iguales de un Estado de las Autonomías eficaz y solidario, los ciudadanos de Barcelona, de Cuenca, de Almería, de Astorga, de Baeza, de Teruel y de tantos y tantos pequeños municipios se sientan bien representados por sus instituciones democráticas y satisfechos con los servicios que reciben financiados a través de sus impuestos.

En este momento, en el que se ha visto el embeleco, el gigantesco trampantojo que había tras la oferta separatista, es momento de enfatizar esta perspectiva y no perderla de vista ya nunca. Después de financiar los gobernantes catalanes, durante años, tantísimos estudios para cimentar técnicamente las aspiraciones de dominación feudal de su parcela territorial, después de haber llegado a emplear un lenguaje de olímpico magisterio frente al resto de los españoles, lo cierto es que todo ha quedado en un temblor claudicante ante las puñetas de un magistrado del Tribunal Supremo. Con las palabras del soneto cervantino “caló el chapeo, requirió la espada, miró al soslayo, fuese y no hubo nada”.

En achaques catalanes, la notación de la partitura a tocar es bien sencilla: hacer justo lo contrario de lo que se ha hecho hasta ahora.

 

Publicado en El Mundo el día 15 de noviembre de 2017.

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El olmo de España

Cuando se contempla el panorama español, truculento y embarazado de disparates, a los más les da por el lamento, tambien llamado jeremiada. Quien persiste en ella acaba invocando a todos los diablos. Cuando recupera la sindéresis lo que hace es comprar ese cupón de los ciegos que trae bote para ver de escapar de sus rutinas oficinescas y buscar refugio en una isla remota surcada por ríos con unos peces saltarines y cantarines. Pues esta es la forma que tienen los peces, en su inocente animalidad fluvial, de reírse de los humanos y sobre todo de los poetas, tipos enojosos que andan siempre con sus rimas y sus metáforas llenas  de albas, de labios mojados y de nostalgias lastimeras.

Otros españoles, mejor humorados, se lo toman todo a chacota y donde hay un orador, trompicando en sus topicazos, ellos ven en puridad a un orate a punto de incorporarse a la disciplina de un tratamiento psiquiátrico. Y huyen despavoridos para perderse en el tumulto callejero que también les proporciona material para la risa con tanto chiflado como hay por las calles hablando por el móvil, tan serios, como si fueran a arreglar algo en este mundo. Porque lo malo de ese móvil es que nadie te dice por él que lo que nos rodea es más pasajero y falaz que la promesa de un mítin.

Yo veo sin embargo a España como el olmo viejo machadiano con su tronco carcomido y polvoriento, sin pardos ruiseñores, con un ejército de hormigas que le roen las entrañas y otro de arañas tejiendo sus telas grises y agoreras.

Un olmo que está siendo víctima del hacha del leñador y, con él, de los afanes del carpintero para degradarlo a melena de campana o yugo de carreta. O ser desguazado por un torbellino de insensatos que quieren fundarlo todo de nuevo, convencidos de que el pasado es tropel de sombras caducas y el futuro que ellos quieren construir es una luna niña tan inocente como impacientes son sus gracias creadoras.

Una España que baja despeñada por valles y barrancas para -si no lo evitamos- ser tragada por el mar que un poeta llamaría turbulento y yo, como no lo soy, lo llamo lecho de cantos funerales donde se oye un murmullo desabrido y pleno de palabras hueras.

Menos mal que ese olmo machadiano ofrece, risueño y balsámico, hojas verdes que le han de salir con las lluvias de abril y el sol de mayo.

Esa es la esperanza, ver la gracia en España de alguna rama verdecida, poder anotar en el corazón y en la agenda -digital-, con la mirada puesta en la luz y en la vida, el milagro de la primavera.

Pero ¿dónde están esas hojas verdes? Yo propongo que, en las Cortes, en lugar de dedicarse a trenzar leyes y más leyes, a transcribir normas y más normas del derecho europeo, a insultarse los diputados y diputadas en las sesiones de exabruptos, se diseñe un pequeño jardín y se convoque a instalarse en él a todas las ramas verdes que por el mundo vegetan sin dueño conocido. Atrapando algunas, quizas se consiga que echen raíces, se aclimaten y se conviertan en paisaje duradero.

Sus almas gráciles, sus tallos quebradizos y sus miradas cómplices servirán – como el agua del bautismo- para redimir nuestros pecados destructores.

Y así el olmo que España representa, hoy quebrado por el rayo de la insensatez, se empezaría de nuevo a erguir y a proclamar el brote de un humor saludable y cordial, abierto hacia la avenida del entendimiento educado, de la dignidad nacional y de la creación ilustrada.

 

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Medidas contra una sublevación de pacotilla

In extremis, cuando ya la rebelión institucional de los gobernantes de Cataluña alcanzaba maneras de burla y soez escarnio a la Constitución y a las leyes de España, el Gobierno se ha acordado de que dispone del art. 155 de la Constitución

para poner firmes a los gobernantes sublevados. Cualquier observador advertía desde hace muchos meses que en Cataluña se organizaba y planificaba con meticulosidad la construcción de un Estado independiente ya que, incluso sus máximos responsables nunca lo han ocultado. Pues bien, el Gobierno ha necesitado que en una sesión parlamentaria bochornosa, ausentes los diputados de la oposición y donde todo era un trabuque de leyes y un naufragio de reglamentos, se proclamara literalmente la nueva República de Cataluña, social, democrática y no sé cuántos adjetivos más, para enterarse de lo que, insisto, todos veíamos por poca atención que prestáramos a la evolución de la actualidad y de los acontecimientos.

Nunca es tarde si la dicha es buena dice una manoseada y tontuna expresión popular. Acordándose de ella, el Gobierno, como he adelantado, echa mano del artículo 155 y se dirige al Senado para impetrar el acuerdo que esta norma exige. Precepto cuyos entresijos no voy a contar aquí pues no creo que exista a estas alturas un solo ciudadano responsable que no haya tenido ocasión de trabar conocimiento íntimo de ellos. Sí quiero recordar que análogo precepto figura en muchas Constituciones europeas entre las que destaca, porque parece haber servido de inspiración al legislador español, la de la República Federal de Alemania (art. 37).

Si leemos a los comentaristas canónicos de esa Constitución, me refiero al magno libro que se conoce como el Maunz-Dürig- Herzog, sabremos que nada les repugna, siempre con respeto al principio de proporcionalidad, la emisión de instrucciones o directrices de carácter general o singular a seguir por el Land renuente; la ejecución sustitutoria de sus deberes; la transitoria apropiación de parte del poder del Land por un órgano de la Federación -la gestión tributaria, por ejemplo-; el envío de “comisionados”; en fin, la presión económica o financiera para que el Land actúe en tal o cual dirección y de acuerdo con los intereses federales. Este precepto nunca se ha aplicado pero sí fue muy frecuente el recurso al mismo del homólogo de la Constitución alemana precedente, la de Weimar, pues fueron varios los Länder intervenidos, culminando con la práctica desaparición (en 1932) de Prusia.

El español artículo 155 no es más que la faz adusta del federalismo pues todo no va a ser un festival de transferencias de competencias y de fondos.

¿Y qué han hecho los gobernantes españoles para mostrar ese rostro desabrido de nuestro particular sistema autonómico?

Pues aprobar una serie de Decretos (el 944/2017 de 27 de octubre, el 945/2015 del mismo día etc) que ponen en prosa reglamentaria las “medidas” autorizadas por los senadores.

Hay que decir que el trabajo de técnica jurídica hecho por el Gobierno es correcto y que el Senado ha actuado con eficacia teniendo en cuenta que estrenaba atribuciones. Bien delicadas, por añadidura.

Así, en virtud de esos Decretos, se han cesado a los altos cargos de la Generalitat, empezando por su presidente; los ministros del Gobierno han asumido las funciones que desempeñaban los Consejeros; los Mossos de esquadra han conocido la remoción de sus mandos supremos; se ha afianzado el control de la gestión económica de la Comunidad intervenida; se han extinguido las particulares “delegaciones” o embajadas que la Generalitat había creado en el extranjero ante la mismísimas barbas del Gobierno de España que, aun intentándolo de buena fe, no ha podido evitarlo. La misma extinción afecta a multitud de organismos cuya enumeración los viciosos de la letra pequeña pueden consultar en los Anexos y textos de los Decretos. Aunque la “extinción” de organismos tiene su punto de gracia porque quienes algo hemos leído sobre historia de la Administración o alguna experiencia tenemos, sabemos de la habilidad que han demostrado todos los organismos que en el mundo han sido para renacer de entre las cenizas de las reformas administrativas más audaces. Artillería muy pesada he visto usar contra ellos, siempre con un lastimero saldo de fracaso.

En cualquier caso tales Decretos constituyen una fuente de reflexión para los administrativistas jóvenes pues encierran muchos ingredientes nuevos que, a falta de mejor entretenimiento, han de dar lugar a debates jugosos y cargados de sabiduría. No avanzo más porque acabaría dando pistas a los sublevados.

Y, por supuesto, la medida estelar desde el punto de vista político: la disolución del Parlamento y la convocatoria de elecciones a celebrar el 21 de diciembre próximo. El verdadero meollo del recurso al artículo 155, su busilis como se decía antaño. Mucho se ha discutido acerca de la constitucionalidad de esa disolución. A mi juicio es perfectamente posible de acuerdo con los fines que persigue una operación de esta importancia si se tiene en cuenta el papel abiertamente insurrecto que ha desempeñado esa cámara y especialmente su presidenta, una activista confesa del separatismo que se ha permitido arengar a las masas con un megáfono para entorpecer la acción de la Justicia, un Poder del Estado del mismo rango que el que ella representa.

Menos mal que la convocatoria electoral resta jugo a esa polémica jurídica porque el horizonte de las urnas implica la disolución del Parlament. La ausencia de funcionamiento de una Diputación permanente -habitual en períodos electorales- no creo que albergue inconstitucionalidad alguna porque su función más relevante, la de control del Gobierno, no puede ejercerse por la concluyente razón de que ese Gobierno ya no existe. Improcedentes serían pues las lágrimas -de cocodrilo- vertidas por no disponer de tal Diputación si se tiene en cuenta que el Parlamento mismo había dejado de funcionar como tal desde hace meses por el real -o más bien republicano- capricho de su Presidenta. Y porque el control de los actos de los nuevos gobernantes está atribuido a un órgano que designe el Senado.

¿Qué es lo que falta en términos jurídicos? La decidida intervención en los medios de comunicación públicos, excluida -en mala hora- de las “medidas” ex art- 155. Esperemos que la Junta electoral sepa restaurar la pluralidad informativa para asegurar la limpieza de un proceso electoral en el que prácticamente ya estamos si no lo descarrilan los partidos separatistas.

Y falta cualquier alusión a la necesidad de intervenir en la educación para evitar que siga violentándose la historia y tergiversándose la geografía (pronto le llegará el turno a las matemáticas y a la química) siempre pro domo de los intereses y discursos nacionalistas. Siendo este el epicentro de la “cuestión catalana” tal como la estamos viviendo en estos comienzos del siglo XXI, sé bien que es un objetivo a largo plazo a perseguir por los políticos. Ahora bien, de momento, bien podrían el Gobierno y el Senado haber anunciado -al menos- su intención de dar lustre y sacar un poco de brillo a la Alta Inspección del Estado que, como el arpa del poema, se halla “silenciosa y cubierta de polvo” en un ángulo oscuro cuando son tantas las notas que “duermen en sus cuerdas”.

En el momento en que esto escribo ignoro las acciones que piensa acometer y con qué ritmo temporal la Fiscalía General del Estado contra quienes han triturado el orden constitucional español. De momento lo que sabemos es que al Gobierno no le repugna la idea de ver como candidatos a los responsables de la conjura.

Concluyo recuperando conocimientos de mi época de alférez de Infantería. Todas estas medidas y decretos se me antojan proyectiles lanzados desde el aire, desde aviones o desde esos drones modernos. Ahora falta que baje a tierra la fiel

Infantería y se manche las botas de barro. Y ahí permítaseme predecir que las acciones del actual Gobierno serán pocas y esas pocas más bien diseminadas.

Pero esta reflexión no debe tomarse en cuenta porque procede de un señor jubilado de provincias.

 

(Publicado en Cinco Días el día 31 de octubre de 2017)

 

 

 

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Felipe VI y las legitimidades

En varias ocasiones hemos oído al portavoz de Unidos Podemos realzar su propio respaldo entre los ciudadanos expresado en las urnas para, a renglón seguido, descalificar a don Felipe VI por “no haber sido elegido”. Aunque la afirmación procede de un político que a veces se manifiesta de forma tan vehemente como infundada, conviene meditar sobre el alcance de su afirmación y el apoyo que le sirve de peana.

Y que, para no perdernos, se puede formular con gran simplicidad: el único origen del poder en un sistema democrático es el voto cuyo titular es el ciudadano. Es así que el rey en una monarquía hereditaria no ha sido elegido por nadie, luego nadie puede tomarse en serio su autoridad ni su pretendida superioridad institucional. Me propongo demostrar la falsedad de tal afirmación, al menos cuando se la presenta de esta forma superficial y ayuna de matices.

Cierto es que en una democracia el apoyo electoral es el ingrediente básico que determina la atribución del poder. Cuando se empieza a desplomar la idea de que la legitimidad del monarca procede de Dios, y al evocar esta conquista preciso es musitar una oración de agradecimiento a los pensadores del Renacimiento, de Maquiavelo para acá, se van abriendo paso otras concepciones que llevan a la construcción del Estado, que será absoluto en el pensamiento de Hobbes y que empieza perezosamente a vislumbrarse como democrático en Locke, en Montesquieu o en Rousseau. En todos ellos tropezamos con el gran invento del contrato o pacto social que supone la libre decisión de un pueblo para atribuir el poder a un hombre o a una asamblea conjurando por esta vía peligros y evitando que los individuos se entreguen a asestarse dentelladas a diario con sus vecinos.

Las revoluciones americana y francesa pondrán las bases de todo lo demás y ello es bien conocido: la separación de poderes más los derechos y libertades de los individuos. Por su parte, la democracia, es decir, la atribución del poder al pueblo por medio de elecciones, se irá adentrando poco a poco en la modernidad: desde el voto censitario hasta el sufragio universal masculino, luego femenino etc. Y en ello estamos. Del “Estado soy yo” que pregonaba Luis XIV a finales del siglo XVII hasta la finura de la “volonté générale” rousseauniana -ya entrado el XVIII- y su comprensión como la verdadera voluntad, justa y razonable, del pueblo hay todo un mundo en la comprensión de nuestra convivencia según pautas que, pese a su antigüedad, aún siguen lozanas.

Porque sobre ellas se edifican los cargos representativos de los Estados modernos: los parlamentos, los presidentes de República o los Gobiernos que se forman tras los procesos electorales. Y lo mismo procede decir respecto de las corporaciones locales, los Estados federados o las regiones etc, allí donde existan.

Todos ellos traen causa, como le gusta al portavoz del grupo Unidos Podemos, del voto emitido libremente en las urnas por los ciudadanos: a más votos, mayor posibilidad de participar en las decisiones; a menos, mayor soledad y más mustia lejanía de los centros del poder.

 

Pero para que “los muchos no puedan mucho” como quería el rey romano Servio Tulio, para que “le pouvoir arrête le pouvoir” según prefería Montesquieu o para conjurar la tiranía del pueblo que describía Adams desde América, las Constituciones se han inventado ingeniosos instrumentos.

Y así vemos cómo ese mismo Estado que cultiva -devoto- el voto alberga en su seno nada menos que un poder, el judicial, que no gira en torno a la urna pues quienes lo administran han sido seleccionados en virtud de sus conocimientos. En ningún caso elegidos y, cuando lo son a través de una elección indirecta, caso de los magistrados del Tribunal Constitucional, la ley se ocupa de limitar con exactitud quienes pueden participar en la selección: catedráticos, funcionarios de los altos cuerpos del Estado etc. Es decir, tan solo profesionales muy cualificados.

Por donde se nos cuela otra fuente de legitimidad en las sociedades democráticas a colocar junto al voto popular: a saber, la competencia profesional o técnica. Es verdad que las Constituciones emplean expresiones como “la justicia emana del pueblo” (art. 117 de la española) o “todos los poderes del Estado proceden del pueblo” (art. 20. 1 de la alemana) pero ello no significa sino que existe una cadena que liga, aunque sea de forma remota, el nombramiento de todo servidor del Estado democrático con el pueblo. Pero una elección popular de los jueces no existe en el continente europeo. En España, por lo demás, la justicia “se administra en nombre del Rey” (artículo 117. 1 de la Constitución) igual por cierto que decía la Constitución de 1812 (art. 257) o la de 1869 (art. 91) por citar dos muy diferentes y la de la II República de 1931 prescribía que esa función se haría “en nombre del Estado” (art. 94).

Avancemos en el razonamiento para consignar que en el mundo moderno, junto a las organizaciones tradicionales del Estado, han surgido decenas de entes, institutos, agencias que se ocupan de dirigir, administrar o vigilar concretos sectores de la acción pública: las telecomunicaciones, los mercados, la radiotelevisión, la seguridad nuclear, la protección de datos … Se las llama precisamente “Administraciones independientes” porque en ellas se desea que esa cadena con el pueblo propiamente dicho y sus representantes sea lo más débil posible. ¿Por qué? para asegurar el ejercicio, libre de influjos políticos, de sus cometidos y funciones. Un objetivo que solo se puede asegurar si las apartamos de la influencia de gobiernos, ministros, diputados etc y confiamos los nombramientos de sus directivos y la selección de su personal a procedimientos técnicos para que puedan actuar después con la mayor neutralidad posible.

El caso de los Bancos centrales -como el del Banco central europeo- y su obligado alejamiento de las decisiones políticas es el paradigma de lo que vengo sosteniendo.

Por tanto ya tenemos conviviendo a dos legitimidades: la del voto, básica en una sociedad democrática, y la de la competencia profesional. No olvidemos que ya Hobbes dejó consignado que “nadie es buen consejero sino en los negocios donde está muy versado … lo que no se obtiene más que con estudio”.

Vayamos con la última legitimidad, la que afecta a una institución singular en algunos países como es la del rey hereditario, caso de los Borbones en España.

Provoca mucho enfado en aquellos compatriotas -como el portavoz de Unidos Podemos- que no admiten que alguien pueda ostentar un poder cuya razón de ser es preciso buscar entre los renglones de un relato antiguo, cubierto incluso por telarañas, encorvados sus protagonistas bajo el peso de batallas e intrigas. Personas que desconocen, como diría un legitimista del siglo XIX, la magia y el brillo de la diadema real.

Pero no hay, en puridad, ningún arcano si admitimos que la historia es un paisaje en el que predominan las anfractuosidades, un río pleno de meandros y que, como nos enseñaron los clásicos, apenas hay una monarquía o una república cuyos orígenes puedan justificarse en conciencia. En la Unión Europea hay siete monarquías, alguna nacida de la propia voluntad de los revolucionarios que alumbraron el país, caso de Bélgica; otras cuyas testas coronadas se surtieron del exceso de oferta existente en los principados alemanes, casos de la monarquía inglesa o incluso danesa … Curioso es un país como Suecia ¿alguien le negaría su condición democrática? Pues el jefe del Estado, el rey actual Carlos XVI Gustavo, es el descendiente de un mariscal del Ejército de Napoleón que se llamaba Bernadotte, algo así como si entre nosotros hubiera arraigado la monarquía de José I.

Alejémonos pues de los tópicos y preguntemos con sencillez ¿no es bueno que al menos un cargo -de la máxima dignidad- esté sustraído a la contienda electoral? ¿no enseña la experiencia que entre las personas a las que votamos se nos cuela algún que otro botarate? ¿por qué hemos de renunciar a que nos represente el descendiente de una familia llena de blasones (y de miserias como todas las familias), un joven que ha recibido una educación esmerada, habla idiomas y maneja con soltura los cubiertos del pescado? Y por último ¿ganaríamos algo sustituyendo a don Felipe por algún personaje de nuestro tablado político? ¿no se ha acreditado este monarca como sólido defensor de una España democrática y constitucional en sus intervenciones recientes sobre la crisis catalana?

De donde resulta que, en esta realidad irisada, veo conviviendo tres legitimidades como tres son las personas que conviven en el misterio de la Santísima Trinidad. Pues ¿no es al cabo un misterio la democracia misma?

 

(Esta tribuna se publicó en el periódico El Mundo el día 23 de octubre de 2017).

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Luces

Uno de los desafíos más emocionantes que existe en las viviendas es encontrar una luz que realmente alumbre el libro o el croché que tenemos entre manos.

Y es que resulta admirable el esfuerzo que hacen los fabricantes de lámparas para conseguir unos utensilios que sólo alumbren los más remotos rincones de nuestros domicilios o la superficie del techo o cualquier otro superfluo espacio doméstico. Han puesto en ello un tesón encomiable y los resultados a la vista de quienes hayan logrado conservarla está.

Primero hubo, antes de la electricidad, las lámparas de hierro forjado o repujado, que todavía sostenían aquellos velones gordos que alumbraban lo justo para que, bajo sus inquietantes sombras, se pudieran decidir cruzadas, convocar concilios, elegir papas, cometer crímenes o consumar amores, aquellos amores prohibidos y deleitosos entre confesores y penitentes o entre caballeros y fámulos. ¡Cuántas veces en el pasado la gran decisión histórica, el natural acceso carnal o el refocilo por el zaguero orificio tuvo su escenario a la luz temblorosa de aquellas lámparas que alumbraban el techo dejando todo lo demás en una lograda penumbra de crimen y de excitación! A nadie extrañaba en aquella remota época no ver nada. Los reyes se iban de caza por el día y los validos gobernaban al dictado tenebroso de los frailes por lo que, en tales circunstancias, cuanto menos se viera, mejor.

Pero, al poco, llegó el siglo de las luces abriéndose paso con un farol que traía escondido en  la peluca empolvada y, gracias a ello, se alumbraron ideas que se instalaron, como si fueran antorchas de la gran avenida de la Historia, en los caminos y en las plazas, intentando ahuyentar con sus destellos a los murciélagos chillones y vengativos que anidaban entre los faldones de sotanas y casacas. Ahora bien, en el interior de las casas, cuando llegaba la noche, lo único que podía ser identificado con alguna seguridad eran las sombras humildes y esquivas que proyectaban el candil del aceite o esos cirios de cera blanca que manaban fragancia de altares y cuchicheos de rezos.

Por todo ello, resultó tan celebrado el invento de la electricidad porque se le vio como el triunfo definitivo de la claridad sobre las tinieblas. Pero, ay, con el avance de la ciencia llegaron los fabricantes de lámparas que quisieron seguir rindiendo su particular homenaje a la oscuridad histórica. Y crearon en nuestras casas unas nuevas penumbras.

Nacieron así aquellas aparatosas lámparas de cristal llamadas de araña, ricas en colgajos, lagrimosas, como si proporcionaran luz entre hipidos. Eran solemnes y no había salón con una cierta prestancia que no tuviera su araña colgada en el techo: alta, amenazante, con aquellos juegos de guirnaldas y sus ricos alardes de cristal de roca. A veces albergaban figuras míticas, algún cremoso angelito, acaso un atrevido animal quimérico; nunca, sus bombillas bajaban de la docena. Limpiarlas exigía el esfuerzo sostenido de un ejército de afanosos menestrales. Daban una luz estupenda, clara, como un ascua generosa y desprendida. Lástima que para poder utilizar todo aquel torrente lumínico fuera preciso instalarse en el techo porque era justamente hacia esa protectora superficie adonde se dirigían todos los magníficos destellos de la araña. Para acróbatas y trapecistas el invento resultaba estupendo por lo que tenía de permanente estímulo y de eficacísimo entrenamiento. Hoy es difícil verlas aunque siguen cumpliendo su función de iluminar las pechugas butirosas de las cantantes de ópera.

No por ello quienes fabrican lámparas han abandonado su viejo entusiasmo por seguir iluminando con complaciente delectación el techo o aquellos apartados lugares de la casa adonde nadie en rigor nos llama jamás. El fenómeno puede ser observado en cualquier establecimiento del ramo. Es muy frecuente también la lámpara con una pantalla, fabricada en los más variados materiales e ingeniosamente diseñada para interrumpir la proyección de la luz. Los únicos artilugios útiles para el fin al que teóricamente están llamados son los flexos y aun con estos, en sus modernas variantes, a veces resulta difícil lograr el objetivo de iluminar el ganchillo o el cortauñas. Menos mal que la editorial Espasa-Calpe publica, bajo el nombre de enciclopedia, unos gruesísimos volúmenes que, instalados con habilidad como peanas, logran el milagro de fabricar claridad en la exacta dirección deseada.

En los hoteles, cualquier pretensión de iluminarse adecuadamente resulta inútil empeño. Por ello, quien, en alguno de estos establecimientos, logra leer sin dañarse irreversiblemente la vista, es recompensado por la dirección con una imagen de Tobías que encumbra a su poseedor, como persona extraordinariamente dotada, de manera concluyente.

¡Luz, queremos luz para cegar nuestras soledades!

 

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El formulario

El formulario es el sueño del oficinista, diríamos su orgasmo si nos saliera el componente rijoso de la prosa.

-Ahí tiene usted el formulario. Rellénelo. Es la voz que procede del hondón burocrático y que resuena como un estallido, como el látigo reglamentario que anonada.

En las oficinas ricas en formularios, el funcionario precisa:

-Rellene el formulario A 267JN.

Porque existen esas oficinas que ofrecen ramilletes de formularios como la violetera del cuplé ofrecía ramilletes de violetas. Me imagino que en ellas los formularios trenzan idilios y hasta copulan porque tienen su corazoncito y sus horas de exaltación y de abatimiento.

El formulario, a medida que se asienta y cobra prestigio, gana su mayoría de edad y, como si dijéramos, vida propia y unas maneras sacerdotales. Es entonces cuando el formulario se convierte en sacramento que acapara todo lo que de misterioso y cabalístico tienen la Administración y sus abismos.

Hay oficinas que exponen en un panel la lista de formularios para que el ciudadano elija como en esas iglesias en cuya puerta hay un número de teléfono para que, quien de pronto padezca un apretón de sacramentos, pueda elegir entre ellos. La vieja fórmula del marxismo es preciso renovarla y decir “de cada cual según sus capacidades a cada cual según sus formularios”. El formulario como el alfa y el omega de nuestro yo burocrático.

Habría que hacer una historia del formulario -como habría que hacerla de los membretes- y situar el punto exacto de su nacimiento, acaso allá en las covachas austracistas, y su posterior apogeo hasta convertirse en ese signo sensible que es, lo que a la postre significa sacramento.

Porque, como si su historia no fuera ya suficientemente gloriosa, en esta hora, tan llena de esencias nuevas, el formulario está viviendo una transformación al haberse desposado con la modernidad. Hoy los encontramos -y los podemos “bajar”- de las herramientas y los instrumentos virtuales, lo que ya es el colmo del enardecimiento burocrático, el nacimiento de una nueva era geológica, de un flamante capítulo en la historia que propongo del formulario. Vuelvo a la iglesia que, puesta también al día, ofrece los sacramentos por internet, excepto el de la extremaunción que carece de una “app” adecuada porque en el ataúd no hay cobertura.

-Bájate (con el confianzudo y maleducado) el formulario de moodle, oímos al funcionario que ya no es tal sino un contratado laboral discontinuo con másteres de consulting, marketing y management.

En la Universidad, según me cuentan, ahora proliferan los formularios, las aplicaciones y los sistemas de gestión que respaldan la interacción grupal.

Tengo observado que, desde que el mundo es mundo, en las aulas, como en los laboratorios y seminarios, siempre ha habido el profesor creativo e ingenioso y el badulaque escalafonado tullido por sus rutinas. Y no hay Bolonia ni reforma ni campus de excelencia ni otras zarandajas que acaben con esta summa divisio de mis colegas.

Hoy, desgraciadamente, el espacio universitario en el que impera la bobería burocrática está ocupando el templo donde se rinde culto al talento y a la imaginación.

Es la plenitud del formulario.

 

 

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Respetemos al salmón

La ciencia es nuestra única salvación porque es como una especie de ventana que cada día se abriera sobre un paisaje distinto. Siempre ha sido la ciencia creativa al actuar como partera del avance, de la renovación y, al cabo, de la liberación de los hombres. Mientras el teólogo se afanaba en contestar arduas preguntas que nadie en rigor se hacía y el filósofo rumiaba sistemas para explicarse el mundo, el científico lo ha ido creando, entregando de cuando en cuando a la Humanidad el regalo magnífico de sus hallazgos. El avance de la ciencia representa lo imprevisto, lo sorprendente, el salto en la Historia, con sus riesgos, con sus incertidumbres, pero estos son justamente los ingredientes más sabrosos de la vida porque nada sería tan aburrido y tan estéril como un mundo en el que contáramos con un calendario infalible de nuestros destinos. Los grandes descubrimientos científicos son el despertador de la Historia, de una Historia que propende a sestear, víctima de sus muchos años y sus muchas dolencias.

Ahora bien, en ocasiones es preciso pedir una cierta moderación y prudencia a quienes se afanan en los laboratorios pues pueden incurrir en exageraciones indeseables. Bien están los espectaculares descubrimientos por los que tenemos constancia de la existencia de nuevas galaxias que enriquecen el Universo porque nos permiten abrigar la esperanza de poder enviar a ellas a los pelmazos más caracterizados que nos rodean. Hasta ahora habíamos de contentarnos con poder instalarlos en la Vía Láctea, una galaxia cercana, familiar, doméstica, demasiado importunada y, por ello, tan resabiada que empezaba a resultar inservible. Saber que hay otras, más lejanas, menos explotadas y a buen seguro todavía más candorosas, nos alivia. Todo lo que se haga en esta línea debe ser bien recibido.

Pero son más inquietantes las experiencias que se están realizando en los laboratorios con algunas apreciables especies como es el caso de los salmones que están siendo modificados genéticamente al insertarles un gen procedente de otro pez que actúa en ellos como una hormona del crecimiento. Esto a mí me parece una canallada porque el salmón ha logrado mantener su dignidad a lo largo de los siglos prácticamente intacta y eso le ha rodeado de gran prestigio y de respeto. ¡Qué diferencia, señores, entre el salmón y la trucha! Esta pobre perdió su autoridad el día en que aceptó llevar en sus entrañas un trozo de jamón en un maridaje postizo y afectado, que, además, jamás ha sido correspondido porque el jamón, por su parte, nunca se ha rebajado a admitir una trucha en su interior. ¡Menudo es su orgullo, legítimo orgullo, para aprobar tal cohabitación!

Me consuela saber que muchos de los salmones  tratados con el gen maldito se han fugado de sus cautiverios y se han lanzado a los mares y a los ríos a la busca de los salmones salvajes. Deben estos prestarles su ayuda y, juntos, plantar cara a los investigadores y hacerles llegar su firme decisión de no permitir su transformación por ese gen odioso y mixtificador, de permanecer tal cual se les conoce en sociedad con su tamaño tradicional, su carnecita sonrosada y su piel llena de reflejos irisados pintados por la mar y el río con los pinceles de la ternura propia de los padres devotos que siempre han sido y no deben dejar de ser.

Si hoy el salmón se aquieta y le meten el gen ¿qué futuro le espera? ¿cree que van a acabar ahí sus desdichas? Todo lo contrario, la primera manipulación genética no es más que el comienzo, una especie de pérdida irreversible de la virginidad, el rito de iniciación en un tráfico cuyas ulteriores vicisitudes nadie puede seriamente predecir.

Estas investigaciones son pues condenables por lo que tienen de gratuita alteración del buen orden de la Naturaleza. Pero hay luego aquellas que son sin más superfluas porque no resuelven problema alguno. Tal ocurre con el reciente descubrimiento en el cerebro humano de un racimo de neuronas que operan como una especie de “interruptor” del sueño, de suerte que, cuando se acciona, la persona cae vencida por un dulce y aliviador sopor. Sin necesidad de pastillas ni otras sustancias que ensucian el estómago, el hombre podrá dormir a discreción, y hacerlo además cuando quiera. De momento, los experimentos han sido hechos con ratas pero con los humanos están ya próximos. Llamo superfluo a tal descubrimiento porque esto es lo que justamente se consigue con sólo oír un discurso de campaña electoral: la víctima se serena en cuanto comienza y al punto queda irremediablemente adormecida. Y es que ningún “interruptor” puede competir con la palabra vacua y repetitiva del candidato a diputado. Si las experiencias con ratas han sido posibles, se debe a que estos roedores no organizan mítines, pero los hombres que, por nuestra superioridad, sí disponemos de ellos, ¿a qué necesitamos un complejo inductor del sueño si todos los días contamos con declaraciones y entrevistas que son la espesa trivialidad, el estribillo que percute, el sopor mismo?

Señores científicos: trabajen, inventen, pero, primero, por favor, piensen.

 

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Intelectuales de izquierdas

Circula un manifiesto de intelectuales de “izquierdas” en contra de la secesión catalana que quienes ni somos intelectuales ni de izquierdas saludamos con el mayor de los gozos aunque lamentamos lo que han tardado estos sabios / sabias en caerse del guindo. ¿O no recordamos que intercambiar besos y zalemas con los nacionalistas ha sido, durante decenios, “tener cintura”? ¿no era el tacto de codos con ellos vivir bajo el sol del progreso, fuera de la caverna?

Mas demos la bienvenida al lugar en el que tantos duros de mollera y rudos intonsos llevamos ya instalados hace tiempo.

Lo divertido es la seriedad con que estos abajo firmantes se califican “de izquierdas” exhibiendo en el trance la gravedad de quien dirige una ceremonia litúrgica. He oído a algunos de ellos en las radios, personas que merecen -y esto lo digo sin ironía alguna- el mayor respeto intelectual por sus escritos. Y la pregunta es ¿cómo es posible que tales individuos, alicatados de lecturas, sigan poniendo unos mojones tan simplones en el pensamiento político? ¿No son conscientes de que esos marbetes no son más que añagazas usadas por los dirigentes de algunos partidos para retener unas clientelas capturadas por embelecos?

Hubo un tiempo, hace poco, en el que la línea divisoria entre la derecha y la izquierda consistía en defender que el barco “Prestige” tenía que haberse colocado en esta o en aquella posición marina pues de la contestación dependía ser recibido con alborozo entre los progresistas o expulsado a las tinieblas, allá donde anida el atraso. Parecidos dislates han sido, entre otros, los debates en torno a la prolongación de la Castellana en Madrid, la prórroga del contrato del Mobile World Barcelona, el rescate de algunas concesiones, las procesiones de Semana Santa o las corridas de toros. Ocasiones todas ellas para que papanatas diplomados hayan establecido fronteras electrificadas entre esos mundos, para ellos excluyentes e incompatibles, de la derecha y la izquierda.

Puros disparates de simplificación que tienen únicamente de bueno el hecho de devolvernos a la adolescencia, ese tiempo en que nuestra vida la envuelve una nube de credulidad e ilusión.

A Miguel Mihura le dieron mucho la tabarra con este asunto porque se le tenía por un señor de derechas que, sin embargo, había escrito los “tres sombreros de copa”, una obra revolucionaria. Por eso, harto de la majadería de sus entrevistadores, solía contestar que “era de derechas por la tarde, cuando leía el ABC, y de izquierdas por la mañana, cuando acudía a su casa un obrero a arreglar algo”.

¿No se ve que es muy fatigoso ser todo el día, sin descanso, de uno o de otro bando? ¿sería mucho pedir a los intelectuales del manifiesto que nos permitan consoladores respiros para aliviar la rigidez ideológica? ¿Es que no es posible practicar la travesura y cruzar brincando las barreras que nos ponen -envueltas en sus saberes- y que son grilletes en nuestras cabezas? ¿no podemos, como quería el poeta, “bogar en incendios como en mares, segar mares como trigales”?

Estos sabios me recuerdan al vegetariano que hace de su animadversión a un muslo de pollo la prisión de su vida.

Yo me quedo, muy al contrario, con el consejo que me dio don Francisco Grande Covián un día aromado y armonioso de verano en el Palacio de la Magdalena de Santander: “coma usted de todo un poco y su vida será un brindis diario a la sensatez”.

¿No es un buen menú para el intelectual abajo firmante?

 

 

 

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Paisaje alemán

Toda campaña electoral supone un torbellino de mensajes, y a veces incluso de ideas, que tienen como objeto enriquecer la democracia. Ese es el destino de las elecciones: formar mayorías de gobierno y comprobar la salud del sistema. Alemania es un buen ejemplo de cómo, a lo largo de su historia, se han logrado entender formaciones políticas muy alejadas entre sí: cristianodemócratas con liberales, socialistas con liberales y también con cristianodemócratas y con verdes, un panorama que se puede complicar si miramos hacia los gobiernos regionales.

Ahora bien, digamos ya de entrada que esta flexibilidad, propia de un país maduro, tiene un límite, a saber, que a los partidos que constituyen una amenaza para el Estado social y democrático de Derecho se les mantiene al margen de aquellos acuerdos que son sustanciales para el mantenimiento del orden constitucional. Así, por ejemplo, tras la última jornada electoral, al centro-derecha de Angela Merkel no se le pasa por la cabeza intentar un gobierno con la ultraderecha representada por la Alternativa para Alemania pero tampoco al partido socialdemócrata se le ocurrió hace cuatro años intentar un gobierno -que hubiera sido posible- con los comunistas de Die Linke.

Es claro que los partidos del gobierno saliente han sufrido el domingo un serio varapalo por parte del electorado alemán y se verán obligados a extraer las consecuencias pertinentes.

Con todo, la canciller, que revalidará ahora su cargo, goza de una imagen de política poderosa e influyente ganada con un estilo de gobierno sosegado, austero y honesto. Angela Merkel ha logrado con tesón y sin estridencias llevar a la realidad de la vida alemana reformas que han sido sustanciales: tal, por ejemplo, la del Estado federal que ha resuelto muchos de los problemas del reparto de competencias entre la Federación y los Länder (que podríamos aprender nosotros), el abandono paulatino de la energía nuclear o la creación masiva de puestos de trabajo. Ha sido, sin embargo, víctima de su decisión más atropellada, la referente a la llegada masiva de inmigrantes, bien inspirada desde el punto de vista moral pero mal planteada en términos políticos.

Por su parte, Martin Schulz, un clásico socialdemócrata a la vez que un político flexible, enseñado en las complejas batallas europeas que exigen siempre pactos y acuerdos, se ha enfrentado en la campaña con una contrincante extremadamente escurridiza: comete pocos errores, entra poco al cuerpo a cuerpo y, sobre todo, es increíblemente voluble en sus posiciones. A oídos del lector español esto puede resultar sorprendente, acostumbrado quizás a ver en la canciller alemana el paradigma de la inflexibilidad. Nada más lejos de la realidad. Merkel ha conseguido en las dos últimas coaliciones (con los liberales y ahora los socialdemócratas) privar a sus compañeros de buena parte de sus banderas ideológicas más destacadas. Valga como ejemplo esta última legislatura que ahora fenece: a pesar de haber ella rozado la mayoría absoluta, los socialdemócratas han logrado sacar adelante los puntos centrales de su programa de las últimas elecciones. Prueba sin duda de su habilidad pero también de la capacidad de Merkel para desactivar a sus contrincantes.

Y así el gobierno alemán, a instancias de sus ministros socialdemócratas, han aprobado cuestiones como el salario mínimo interprofesional, el matrimonio homosexual, la paridad en los consejos de administración de las grandes empresas, entre otras iniciativas. Y en la campaña, el SPD, al contrario de lo que ocurre en el socialismo español, embarcado en confusos debates metafísicos sobre plurinacionalidades, no ha tenido dudas acerca de cuál debe ser el núcleo de su propuesta política: la justicia social. Es verdad que Alemania está en un momento económico boyante pero los indicadores de desigualdad han aumentado: ocasión por tanto de situar la justicia social como un gran objetivo que ha de impregnar todo el debate en esta legislatura que ahora se inicia sean quienes sean los llamados a hacerse cargo del Gobierno alemán.

Porque las combinaciones que se presentan resultan complicadas. De un lado está claro que la batuta la conservarán los democristianos (unidos a los socialcristianos de Baviera) pero han de buscar aliados toda vez que no existe experiencia en Alemania de gobiernos en minoría y la canciller, a poco de conocerse los resultados, la ha descartado porque siempre sería un gobierno débil, incapaz de afrontar los graves problemas que se avizoran.

Los socialdemócratas de Schulz ya han anunciado que pasan a la oposición con lo que, de un lado, aceptan con decencia su derrota y, de otro, evitan que el partido de extrema derecha Alternativa para Alemania se convierta en el portavoz de la oposición federal.

Descartada pues la reedición de una nueva gran coalición, la alternativa única para lograr el respaldo de la mayoría absoluta de los diputados en el Bundestag pasa por una coalición muy difícil de trenzar: estamos hablando de la unión de las huestes de la canciller con liberales y verdes. Las razones de tales dificultades radican en el hecho obvio de que se trata de tres organizaciones políticas de perfiles muy distintos que han de repartirse, con todo tipo de recelos, las carteras. Especial significado tiene la de Asuntos exteriores, un ministerio que ha sido clave en la historia del partido liberal alemán. Porque no se puede concebir la política exterior alemana desde hace varios decenios sin tener en cuenta la aportación liberal (el caso de Hans Dietrich Genscher es bien expresivo). Pero, al mismo tiempo, preciso es añadir que, cuando los verdes han actuado como socios junior (de Gerhard Schröder), también ocuparon brillantemente esa cartera con Joschka Fischer a la cabeza.

Tras lo dicho empiezan los problemas que se agigantan si pensamos que estos partidos comparten una visión que podríamos llamar liberal de la sociedad (en costumbres, modos de vida, etc) pero discrepan seriamente en cuestiones básicas en este momento político. Pensemos por ejemplo en la exigencia del presidente Trump de aumentar los gastos de defensa por parte de los Estados europeos. Angela Merkel ha respaldado esta petición pero es materia difícilmente asumible por los verdes de larga tradición pacifista. Además, los verdes probablemente someterán la decisión sobre una posible entrada en el Gobierno a los militantes, sin que se tenga muy claro cuál puede ser el resultado de esa consulta aunque su actual líder, Katrin Göring-Eckardt, se comprometerá con el voto positivo.

De otro lado, el resultado electoral tiene una lectura europea. Hay ya, por parte del presidente francés y de la canciller alemana, principios de acuerdo sobre el “gobierno” de la UE que podrían acabar incluso en una reforma de los Tratados. El eje franco-alemán está tomando vitaminas y el discurso de Jean Claude Juncker en el Parlamento europeo, al iniciarse el curso político europeo, oponiéndose a algunas ideas manejadas por Merkel y Macron, anuncian una época de debate fecundo, previo a las elecciones europeas de 2019 que han de celebrarse ya sin el Reino Unido. En este apartado también nos encontramos con posiciones muy nítidas de los liberales, contrarias al refuerzo del gobierno económico europeo (creación por ejemplo de un ministro europeo de finanzas) de la misma manera que son contrarios a cualquier intento de mutualización de la deuda.

El lector español advertirá que el simple hecho de estar barajando una coalición de gobierno entre tres fuerzas parlamentarias tan dispares da una idea de la solidez del sistema alemán y también de que los líderes alemanes saben que conformar una realidad tan compleja es una obra de arte, del arte precisamente de la política. Aprender algo por nuestra parte ¿será un sueño o, como se decía antiguamente, pensar en lo excusado?

IGOR SOSA MAYOR y FRANCISCO SOSA WAGNER

Publicado en el periódico El Mundo el día 26 de septiembre de 2017.

 

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