Nuevos ritmos

Nos tiene deslumbrados el avance de la informática, de los bits, del software y del hardware, que son  enigmas, acaso seres mágicos llegados a este siglo cabalgando en su escoba de misterio, y no nos damos cuenta de que el verdadero salto adelante se está produciendo en la pista de baile donde empieza a ser difícil encontrar rastros de los viejos ritmos.

 

Es en las discotecas americanas e inglesas donde tiene lugar la revolución, es allí donde se está gestando el nuevo mundo de la comunicación musical y danzarina, donde se toma la Bastilla en que se hallaban aherrojadas las antiguallas de las músicas de los últimos decenios y se libera al cuerpo de rigideces y de ñoñerías.

 

(Ay, con lo que me costó a mí moverme torpemente al ritmo del twist! Hace algún tiempo, cuando intenté informarme acerca de lo que era el tecno-pop y el rap, un joven amigo me dio una tan complicada explicación que no logré entender de su discurso más que las conjunciones. Me pasó como a Lorca cuando oyó aquella salva rubeniana de “que púberes canéforas te ofrenden el acanto” que dijo no haber entendido sino el “que”.

 

Parecida experiencia tuve con el bakalao y la makina que se escriben con k porque la k se ha convertido en letra revolucionaria, de protesta, letra de combate y de guerrilla, de tal suerte que hoy a nadie se le ocurriría echarse al monte sin las suficientes provisiones de kas (la letra, no el consolador refresco) en el macuto. Claro que no es de extrañar porque esta letra nunca ha sido tan modosita como parecía, colocada entre la j y la l, que parecía no haber roto nunca un plato; en rigor, la k ha servido siempre para meter en el idioma palabras que han entrado de contrabando como kermés y kindergarten o abriéndose paso entre golpes como karate. O sea, que de casta le viene al galgo.

 

Makina y bakalao son, al parecer, inventos españoles, las aportaciones más consistentes que nuestro genio ha hecho al mundo de la danza moderna como, en otro orden de cosas, son el botijo, el programa “un, dos, tres” y la encuesta electoral equivocada. De modo que nuestra inventiva no conoce descanso y cuando todo hacía pensar que los programas de investigación y desarrollo del Ministerio de Educación constituían un rotundo fracaso, alumbramos la makina y el bakalao y con ellos reconquistamos el aprecio y la consideración de los otros pueblos europeos. Mis preferencias, no obstante, siguen estando a favor de fórmulas tradicionales, es decir, del bacalao con c, y al pil-pil, pero yo soy un caduco irrecuperable.

 

Pese a mis fracasos en este mundo de los nuevos ritmos, no he abandonado mis ansias de aprender y de estar al día, y así he indagado acerca del “jungle” y del “trip hop”, del “house” y del “eurobeat”. Es quizás algo complicado pero merece la pena saber distinguir. El “trip hop” es una mezcla de “hip hop” y de “dub” con efectos “tecno”, eso sí. Cuando el “hip hop” se hace antiguo, nace el “jungle” que agrega ya lo “rave” y lo “ragga”, lo que le da otro aire, mas futurista y consistente, de vanguardia. Otra cosa bien distinta es el “house”, palabra entrañable y familiar hasta ahora, pero que hoy designa el resultado de la coyunda habida entre lo “tecno” y el “disco soul” y que, a su vez, tiene como hermanos al “handbag”, al “underground garage” y a ese locuelo incontrolable que es el “jazz house”, que tiene la desfachatez de apropiarse del nombre respetable del jazz pero sólo como una muestra de lo desatentado que es su espíritu irreverente e iconoclasta. En fin, en medio de todo ello, el “eurobeat”, que parecía que iba a comerse al mundo, ha quedado como el pariente pobre, un sonido “motown” pero anticuado y rancio que, a poco que se descuide, se acabará oyendo y bailando en las casas regionales.

 

Este es el futuro, es ya el presente de la danza. El esfuerzo que en España se está haciendo para estar al día, es realmente notable. Hay cursillos para disc-jockeys que se imparten por correspondencia, por CD-Rom … y hasta las discotecas de los pueblos más pequeños llegan testimonios de lo último y más moderno. Hay incluso lugares que no disponen de una biblioteca, en los que sus habitantes son capaces de sacrificarse y no leer un libro con tal de poder disponer de las últimas novedades discográficas. Se percibirá así la magnitud de nuestro empeño por estar en la Europa convergente y eurounitaria con un mínimo de sentido de la modernidad.

 

Y todo ello es tanto más admirable cuanto que en la España de las autonomías, de los hechos diferenciales, de las nacionalidades históricas, de las regiones que son nación, de las naciones que fueron región, de las lenguas con gramática inventada y de las gramáticas sin lengua, lo que realmente nos pide el cuerpo es bailar el aurresku, la jota, la sardana, la danza prima o el pericote.  )No es llegado el momento de acomodar a nuestro medio los avances y crear la tecnojota, el electronicpericote y la sardana ambient? La inminente reforma de los Estatutos de Autonomía puede ser la ocasión pintiparada para acometer esta empresa, histórica y diferencial.

 

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Responsabilidad contable en Cataluña

Quienes hemos tenido la suerte de formarnos en las enseñanzas de García de Enterría siempre recordaremos que solía invocar las siguientes palabras de Maurice Hauriou: “hay dos correctivos de la prerrogativa de la Administración que reclama el instinto popular, cuyo sentimiento respecto al poder público puede formularse en estos dos brocardos: que actúe, pero que obedezca a la ley; que actúe, pero que pague el perjuicio”.

Hablamos de la legalidad y la responsabilidad, los dos grandes desafíos ante los que el Estado de Derecho se juega lisa y llanamente su destino. Toca subrayar el segundo, la responsabilidad, que conoce diversas expresiones, la penal, la administrativa, la disciplinaria, la civil … más, la que hoy nos interesa, la contable, de actualidad en esta hora de espectaculares turbulencias en la gestión de los dineros públicos.

El conocimiento de la misma se atribuye al Tribunal de Cuentas según nos indica el artículo 136 de la Constitución y nos recuerda el Tribunal Constitucional al decir que “el enjuiciamiento contable que lleva a cabo el Tribunal de Cuentas constituye el ejercicio de una función jurisdiccional plena y exclusiva en un proceso especial por razón de la materia” (sentencia 215/2000). Se trata en puridad de una variante de la responsabilidad que tiene como característica carecer de sustancia penal ya que su justificación hay que buscarla en la reparación del menoscabo o daño que se haya podido producir a los intereses económicos y por eso el resultado del enjuiciamiento se contrae a indemnizar los quebrantos causados a la Hacienda pública afectada. Que, como se puede intuir, no es grano de anís.

Viene todo este recordatorio elemental a cuento porque Societat civil catalana y la Asociación de abogados catalanes han tenido la valentía de presentar sendas denuncias ante el Tribunal de Cuentas para que sus servicios investigaran los gastos originados con ocasión de la consulta independentista celebrada en Cataluña en el mes de noviembre de 2014. Gastos que superaron los cinco millones de euros y destinados a adquirir ordenadores, a enviar propaganda, a asegurar el apoyo informático a la consulta (página web) y un largo etc. Repetimos: más de cinco millones de euros.

La Fiscalía del Tribunal de Cuentas, iniciado el procedimiento, ha solicitado la apertura de una investigación que tiene como destinatarios -en principio y sin excluir otros posibles responsables- al ex-presidente de la Generalitat y a varios ex-consejeros de su Gobierno. Recordemos que se trata de personas que ya han sido juzgadas y condenadas a penas de inhabilitación por el delito de desobediencia al Tribunal Constitucional que, al admitir la impugnación del Gobierno de España de la convocatoria de la consulta, acordó suspender no solo los actos impugnados sino también “las restantes actuaciones de preparación de dicha consulta o vinculadas a ella” (Providencia de 4 de noviembre de 2014).

Retengamos pues que la condena a estos políticos catalanes fue el resultado de la desobediencia a la orden del alto Tribunal sin que la sentencia de ese juicio penal se ocupara del análisis de una posible malversación.

Ahora bien, ello no excluye la posible exigencia a esas autoridades de otras responsabilidades. Cabalmente, la contable de la que estamos hablando. Porque “el que por acción u omisión contraria a la ley originare el menoscabo de los caudales o efectos públicos quedará obligado a la indemnización de los daños y perjuicios causados” (artículo 38.1 de la Ley Orgánica del Tribunal de Cuentas). Una advertencia que completa la ley de Funcionamiento de ese mismo Tribunal al decir que “la jurisdicción contable conocerá de las pretensiones de responsabilidad que, desprendiéndose de las cuentas que deben rendir todos cuantos tengan a su cargo el manejo de caudales o efectos públicos, se deduzcan contra los mismos cuando, con dolo, culpa o negligencia graves, originaren menoscabo en dichos caudales o efectos a consecuencia de acciones u omisiones contrarias a las leyes reguladoras del régimen presupuestario y de contabilidad …” (Artículo 49).

No sería un ejercicio de prestidigitación colegir que en estas previsiones legales encajarían los gastos anudados a la consulta catalana del año 2014 tal como denuncian las dos asociaciones citadas porque el uso de los dineros públicos están siempre, por su naturaleza, asignados a cometidos públicos sin que puedan emplearse para acciones que carezcan de la adecuada cobertura legal y mucho menos que contradigan un mandato expreso, en este caso, procedente nada menos que del Tribunal Constitucional.

Llegados a este punto sería deshonesto ocultar al lector la existencia de una reciente jurisprudencia del Tribunal Supremo relativa a juicios por alcance (parientes próximos del asunto aquí comentado) que ha hecho más complejos los requisitos para que el Tribunal de Cuentas pueda pronunciarse acerca de la responsabilidad contable. Exige ahora el Tribunal Supremo (la Sala Tercera) que las actuaciones de las que conoce el de Cuentas han debido ser, para que pueda haber un pronunciamiento de responsabilidad contable, declaradas ilegales previamente por los tribunales contencioso-administrativos (sentencias de 18 de enero y 28 de noviembre de 2012). Una doctrina jurisprudencial peligrosa sobre la que ha llamado la atención, con convincentes razones, el magistrado José Ramón Chaves (entre otros especialistas) porque podría crear “un agujero negro donde reinaría la impunidad de gestores sin escrúpulos”.

Ahora bien, adviértase que, en el caso del uso de fondos públicos de la consulta popular controvertida, no es precisa ya una sentencia del juez contencioso-administrativo porque la ilegalidad viene constatada por la existencia de varios pronunciamientos del mismísimo Tribunal Constitucional sobre las leyes del Parlamento de Cataluña de consultas populares (sentencias 31/2015 y 51/2017) y sobre todo por la sentencia 32/2015 que declaró inconstitucional el decreto por el que se convocó la citada consulta.

Por tanto, si la actuación era ilegal -Tribunal Constiucional dixit- los gastos anudados a la misma corren la misma suerte (o desgracia, según se vea): en todo caso les falta la imprescindible cobertura legal.

De manera que el Tribunal de Cuentas, a nuestro entender, tiene la vía libre para entrar a examinar la exigencia de resposabilidad contable sustanciando el procedimiento adecuado y respetando las garantías procesales de quienes se vean en él involucrados, tal como es propio de un Estado de Derecho.

Pero, también como es propio de un Estado de Derecho, la ley (artículo 67 de la de funcionamiento del Tribunal de Cuentas) permite asegurar las responsabilidades contables que se puedan determinar mediante el embargo preventivo de los bienes (inmuebles, cuentas corrientes y demás) de quienes en su día fueron condenados por desobedecer al Tribunal Constitucional.

Corolario elemental: el ejercicio de la autoridad pública sin que, al propio tiempo, se fortalezca la responsabilidad de sus titulares es el camino que conduce a las sombras tenebrosas de la arbitrariedad. Y a la conversión en pavesas del Estado de Derecho.

 

(Publicado en el periódico El Mundo el día 21 de junio de 2017).

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Prisitas

Ahora que existen las aplicaciones destinadas a llevarnos de la mano para limpiarnos los dientes, escribir una carta, pasar el semáforo y otras complejas actuaciones de la vida, a nadie se le ha ocurrido diseñar una específica para combatir la prisa, para ir despacio por la vida y su circunstancia. Auguro un gran negocio al creador de tal invento y más si lo promociona en esta época veraniega.

Días estos de vacaciones, días de alejamiento de nuestro entorno cotidiano, días por tanto para ensayar con esa aplicación para luego, ya terminado el ocio, ir  incorporando los nuevos modos a nuestra vida invernal y laboral.

Parece mentira que un español se vea obligado a reivindicar la lucha contra la prisa cuando, como anotara sagazmente Eugenio D´Ors, la característica fundamental de un escritor como Cervantes es justamente esa: la de no tener nunca prisa. Recorre buena parte de España, va y viene de Esquivias, va y viene de Andalucía, de Valladolid y de otros lugares todo ello a lomos de una mula observando el paisaje y libando, como una abeja laboriosa, los decires, las manías, los olores y las trazas del paisanaje. Sin alterarse: con pesquisidora serenidad. Probablemente el aprendizaje le vino de sus aventuras bélicas donde debió de conocer lo que de grotesco tiene ir corriendo hacia la muerte.

También Josep Pla cuenta cómo diseñaba sus viajes buscando los medios de transporte más lentos. En su época el barco era un buen aliado de esa estrategia aunque el tren tampoco le iba a la zaga. De la misma manera que liar un cigarrillo pausadamente le servía para dar con el adjetivo apropiado, viajar de manera sosegada le ayudaba a escribir sus relatos de la forma alada que empleaba, demorándose en los detalles, haciendo -podríamos decir- un permanente homenaje en cada línea a la minucia. Porque Pla sabía que, al final, escribir bien no es sino toquetear, palpar, hacer cosquillas y frotar todo lo que existe de insignificante y menudo.

Por esta razón, a mí me han impresionado siempre mucho los libros de viajes y adoro especialmente los de Heinrich Heine, el del Harz por ejemplo, porque se palpa la lentitud que imprimía a su caminar por las montañas y el tiempo que empleaba para poner la máxima emoción en describir unas florecillas que se abrían para saludar al sol o la forma en que se iba secando una gota de rocío en la hoja de un roble.

¿Y qué decir de Proust que echó el freno al desboque en la literatura?

Creo que una forma segura de combatir la intolerancia, los dogmatismos, las supersticiones, el fanatismo y, la variante más extrema de estos -ismos, a saber, el nacionalismo, es cultivar la lentitud en los desplazamientos y, en general, en la vida. Es un combate difícil, lo sé, porque hoy se gastan millones de euros, que no tenemos y hay que pedir prestados en los odiosos mercados, para acortar en diez minutos un trayecto. ¿Para ir dónde? Las más de las veces a un lugar donde el tedio ha formado república.

Lo que quiero decir es que al abominable Tiempo, que galopa y destroza sin miramientos, no es necesario hacerle la competencia con nuestras prisitas y urgencias ridículas. No vendamos nuestra alma a la prisa ni hagamos de la vida una suma de prisas.

No olvidemos en suma que precipitación viene de precipicio que es un lugar donde le duelen a uno mucho las articulaciones y los huesos rotos.

¿A qué esperan los diseñadores de aplicaciones informáticas?

 

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Posverdad

Parece que la palabra “posverdad” va a ser elevada a los altares del Diccionario de la RAE que es el lugar donde se acogen los vocablos bienaventurados, los que han alcanzado la felicidad y pueden circular libremente en las conversaciones y en las novelas. Porque el diccionario es el puesto fronterizo, allí donde han de detenerse quienes juguetean con el lenguaje para enseñar la mercancía con la que trafican y donde se comprueba si han pagado el tributo pertinente.

Sin embargo, escritores ha habido siempre que han defendido la existencia de un Schengen idiomático, es decir, de un espacio sin controles donde cada uno pueda servirse del vocabulario a discreción, a volonté, como dicen los franceses que fueron los inventores de la Academia, allá en el siglo XVII. Así, bárbaros idiomáticos como Ramón del Valle-Inclán o Ramón Gómez de la Serna (ay, el privilegio de llamarse Ramón) han creado palabras -como el Papa crea cardenales- haciendo un corte de mangas a los aranceles de los académicos. Y no digamos Rubén que dejó escrito el mayor anatema: “de las Academias, de las epidemias, líbranos, Señor”.

A los que somos pobres, el nacimiento constante de nuevas palabras nos alegra porque es lo único que el hablante se puede permitir libremente, lo único que puede fabricar sin pasar por caja ni someterse a reglamento alguno. La palabra viene engendrada con exuberancia por la madre naturaleza, en los encuentros entre amigos, copas y comidas, en los cabreos en la oficina, en la imaginación creativa o en la exaltación amorosa. Es decir, en lo único que somos ricos, por don del Cielo, es en palabras, teniendo como tenemos la cadena de montaje del abecedario a nuestra disposición.

Ahora bien, la palabra posverdad me llena de inquietud. Porque entiendo que a la misma precede la preverdad, que es el tiempo en que la verdad se está construyendo y crece en estado de larva hasta llegar a la condición de “verdad”, oronda en su certeza, normalmente teológica, porque fuera de esta ciencia no hay verdades sino apariencias de verdades, un simple olor o simulacro de verdad. Ya dejó escrito Santiago Rusiñol que “quien busca la verdad merece el castigo de encontrarla”. Solo al final de esta evolución -preverdad, verdad- es cuando aparece la posverdad, un momento en el que se ha descubierto lo que de papel pintado tenía la verdad y un momento en que el personal empieza a tomársela a pitorreo. La verdad, que andaba tan chula, se ha desnudado y se ha visto que todo en ella era artificio, industria, trampantojo. Un buñuelo sin crema ni chocolate, vacío, hueco.

Si esto es así, lo que digo es que para llegar a esta conclusión no es necesario inventar palabra alguna pues podemos recurrir a las que hemos empleado toda la vida, a saber, camelo, trola, bola o filfa, palabra esta antigua y que podríamos lustrarla y ponerla de nuevo en circulación.

Lo de posverdad es, además, una cursilada. Y de lo que debe huir el Diccionario es de la cursilería, la peor enfermedad que puede contraer la gramática, la que más difícil resulta sanar por los lexicógrafos.

Con ser esta observación muy seria, hay otro peligro que no debemos pasar por alto. Y es que si hemos descubierto la posverdad ¿no nos daremos de bruces con la posmentira? ¿y no tendremos que recorrer el mismo camino que lleva de la prementira a la posmentira? ¿No es todo ello un lío evitable?

A menos que demos con la “mentiverdad”, una anfibología que -esta sí- tiene el encanto de la ambigüedad, del calambur, del adorable retruécano … La mentiverdad sería el equivalente del cuento chino que es, como sabemos, el ingrediente esencial en el relato del potaje económico y social que todos los días nos colocan y padecemos.

 

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El imprescindible

Algún día será necesario hacer un inventario de los tipos de personas fastidiosas que nos rodean porque constituyen una gran familia que se deja analizar como si de una especie animal se tratara. Tal estudio tiene la ventaja de que, para acometerlo, no es necesario contar con investigadores ni con laboratorios ni siquiera hace falta disponer de un ordenador y menos aún estar enchufado a Internet que es el nuevo cordón umbilical con el que nos uniremos a la gran placenta de la información y del saber.

Nos bastará con poner una cierta atención y desarrollar unas mínimas dotes de observación, elementos éstos, como se ve, bien baratos y al alcance de cualquier bolsillo, por menesteroso que éste sea. A este fin, además, se puede aprovechar el tiempo en cualquier lugar y situación: en el trabajo, en los lugares de ocio, en el autobús, cualquier sitio es bueno para descubrir al sujeto molesto y hacerle un hueco en nuestra particular clasificación. Todos los días, al volver a casa, caída la tarde, podremos hacer un recuento de los logros alcanzados y redactar con ellos una especie de estadillo donde quede todo ordenado y catalogado.

Yo me permito avanzar algunas de mis conclusiones. A mi juicio, está el chinche y su variante más conocida, a saber, el chinchorrero, que es el tipo menor, de pocas aspiraciones, portátil podríamos decir, que se contenta con interrumpir, en la oficina, la lectura del periódico o la confección del crucigrama. Es el que llama cuando nos limpiamos los dientes o cuando dormimos la siesta. Es un cargante, claro es, pero es un cargante que ofrece una silueta algo diluida, poco compacta, aunque es preciso vigilarlo porque puede ser simplemente un párvulo, es decir, estar en período de aprendizaje y, por tanto, madurando en su mente molestias más consistentes, de mayores ambiciones. Pero si no es así, el chinche no es más que un ser vitando, al que conviene tener a raya pero que no resulta especialmente peligroso.

Está luego la modalidad del pegajoso que es ese tipo que, en el bar, amarga el desayuno porque aparece inopinadamente, se coloca a la vera de la víctima y le cuenta la última nadería que ha vivido, sosa e irrelevante como es él mismo, pero que él enriquece con detalles haciéndola barroca e inaguantable; cuando es experimentado y tiene ya maneras bien adquiridas, suele despedirnos con la amenaza de llamarnos para tomar unas copas o convidarnos a comer en un sitio nuevo que han abierto o en la casa que se ha hecho en el campo. Puede producirnos pavor e incluso llegar a estremecernos pero yo aconsejo que no se le tema, primero porque, aunque su presencia nos parezca una eternidad, en rigor es efímera; segundo, porque no cumple sus amenazas.

El majadero es quien practica sin más la actuación inoportuna pero, cuando su personalidad alcanza más acusados perfiles, se convierte en el impertinente que es ya el que nos trae de forma invariable las malas noticias, el que jamás se entera de los sucesos afortunados y que, por ello, nunca encuentra una ocasión para dar un parabién, y, sin embargo, tiene una peregrina destreza para captar ajenas desventuras o maledicencias. Nunca nos enviará una enhorabuena pero se condolerá con nosotros de cualquier desdicha. De este personaje hay que huir resueltamente porque es de los más temibles ya que el cultivo de la simple impertinencia pronto le resulta desaborido y entonces suele atravesar la frontera de la maldad. Físicamente se le reconoce por el colmillo, que en él se presenta en espiral, como una columna salomónica, y lo blande como arma, siempre dispuesto a hincarlo allá donde pueda hacer sangre o, al menos, proporcionar un malestar.

Luego está el pesado en estado casi puro que es quien se empeña en escribir artículos en los periódicos, como es mi caso, y el de algunos otros. Somos inofensivos pues con no leernos, basta.

Y, por último, llegamos al rey de los pelmazos, al verdadero portaguión de la pelmacería andante: tan adelantado lugar lo ocupa el imprescindible, el sujeto que se cree insustituible e irreemplazable. Existe en casi todas las empresas, en casi todos los ministerios y ayuntamientos, pero, singularmente, está presente en todos los partidos políticos. Considera el imprescindible que sin él todo se marchitaría, los colores perderían su brillo y el mundo en su conjunto se volvería opaco y ceniciento, como envuelto en el sudario de la niebla; sin él, su empresa no tardaría en presentar balances escuálidos, las cifras de ventas se agarrotarían como si estuvieran aquejadas de una intemperante artrosis, los expedientes adquirirían los torpes ademanes del impedido…

Ahora bien, el imprescindible más cargante, el más insufrible, es quien está convencido de ser el entibo de la nación y de que sin él los muros de la patria se agrietarían, el progreso se interrumpiría, la modernidad nos daría la espalda como una damisela enfadada y mohína, el campo se haría agostizo, la industria emitiría hipidos de desolación y hasta el producto interior bruto se sentiría ofendido y nos haría un corte de mangas.

Todo país sano debe contar con un servicio de alarma para anunciar la presencia de estos sujetos porque constituyen un peligro pavoroso al encarnar la más vacía y oscura de las petulancias. Y, claro es, el mayor aburrimiento.

 

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Conferencia y presentación

Es bien cierto que el arte de la oratoria se está desvaneciendo y buena prueba de ello es el Parlamento donde raro es el diputado que no lee sus discursos. Pero la novedad más espectacular se ha producido en el mundo de las conferencias de las que vivimos una buena porción de pelmazos. Preciso es recordar, con Ramón Gómez de la Serna, que el grito de hambre más digno que puede dar el hombre es la conferencia. Él vivía de ellas y de las limosnas que los directores de periódicos le daban a cambio de un articulillo. Sin ejercer Ramón esta mendicidad, el final de su “Automoribundia” se hubiera precipitado.

Yo advertí el cambio que estaba teniendo lugar cuando, en mis viajes por España vendiendo la mercancía jurídica, me empezaron a hacer preguntas enigmáticas del tipo de “¿usará usted transparencias?” Recuerdo que, por mi buen talante, no me ofendía y por ello me limitaba a contestar: “oiga, ¿usted no cree que eso es propio de señoritas guapas un poco descocadas pero no de un catedrático feo y con muchos trienios en el cuerpo?”. Otras veces la pregunta sonaba como un disparo: “¿usará usted cañón?”.“Hombre, espero que mis palabras no susciten tanta animosidad como para verme obligado a desencadenar un conflicto bélico”.

Nunca llegué a saber muy bien qué eran ni las transparencias ni el cañón. También recuerdo que Fernando Savater nos contó en una ocasión a un grupo de amigos que él había empezado a notar su falta de acomodación a los tiempos modernos cuando alguien, que le había invitado a dar una conferencia, le espetó: “¿utilizará usted power point?” a lo que Fernando contestó: “no, yo uso siempre el taxi”. En la risotada que provocó en el auditorio fue dónde el conferenciante colocó el momento de su entrada en un mundo conferencil que empezaba a no ser el suyo.

Ahora todo esto ha ido a más. Porque ya las conferencias no se llaman así, sino “presentaciones”. Me imagino que será otra imbecilidad más traducida del inglés por el intonso de guardia pero lo cierto es que quien hace presentaciones acude auxiliado de los más variados cachivaches electrónicos, digitales, etc, a cual más estrambótico y aparatoso.

Como suelo acudir a cuerpo gentil a dar mi “presentación”, sin más auxilio que un escueto papel y un bolígrafo, suelo rechazar el auxilio instrumental que se me ofrece diciendo chulescamente: “no se preocupe, se lo agradezco, pero yo me sé la conferencia que voy a dar”.

Porque lo que he podido advertir últimamente es que dudo que el conferenciante sepa mantener el discurso con una cierta soltura sin ese apuntador que le viene del arcano de los enigmas tecnológicos pero lo bueno es que los conferenciados tampoco parecen estar en disposición de seguir los razonamientos si no los ven reproducidos en pantallas iluminadas.

Todo esto es muy raro pero es lo que se estila.

Imagino, y lo quiero comprobar el domingo próximo acudiendo a la misa, que el cura dirá el sermón en el púlpito sin otro guión que el Evangelio del día. O no y a lo mejor, igual que metieron la guitarra eléctrica hace tiempo para hacerse los modernillos, ahora se apoyan en la chuleta que les mete Dios en un power point teológicamente enriquecido.

Eugenio d´Ors, que cultivó y defendió muchas cosas nocivas en su vida pero debió de ser un buen conferenciante, cuando le preguntaban si hablaba de forma improvisada o con notas, contestaba: “con notas improvisadas”.

Pues hoy ni hay notas ni hay improvisación. Todo viene del disco duro del ordenador. Y así sale de pesado.

 

 

 

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España ¿nación de naciones?

Buen enredo ha desencadenado el PSOE en su reciente Congreso al definir el carácter plurinacional de España aunque, acaso sabedor de la dinamita que la expresión lleva dentro, se ha apresurado a aclarar que esa constatación no ha de poner en riesgo el carácter único e indivisible de la soberanía nacional. La afición a estos debates -que quieren ser heraldos de una nueva convivencia política- no es nueva y viene, si hablamos de historia reciente, de la época de la presidencia de José Luis Rodríguez Zapatero.

A partir de ahora, tras su comprometida decisión, las tareas se van a acumular para el PSOE. Pues, como ya somos “plurinacionales”, procede continuar y ligar la nueva situación a otra aspiración del PSOE, la de reformar la Constitución “federal”. Llegado es pues el momento en que toca al PSOE, partido poderoso, con medios y personas de buenas entendederas entre sus filas, poner en prosa jurídica precisa la forma concreta en que han de quedar redactados los artículos de nuestra Constitución de 1978 para armar un verdadero Estado federal, sin vaguedades “granadinas”, es decir, título a título, precepto a precepto, sin olvidarse del destino que aguarda a la disposición adicional primera donde se admiten los “derechos históricos” de los territorios forales, un arcano -enormemente reaccionario- de hechuras indeterminadas, una especie de secreto teológico pues que los tales derechos participan de la sustancia divina al carecer de principio y de fin.

Quedamos a la espera. Dirigentes del PSOE ¡a la pizarra!

Creo, desde mi condición de humilde escribidor provinciano, que España es España -construida en días buenos y en días malos desde hace una porción de siglos- y no ha sido nunca una “nación de naciones” pero, ojo, si lo fuera, debería disimularlo y no decírselo a nadie porque las naciones de naciones han acabado como los rosarios de las auroras: así, el Imperio austro-húngaro, Rusia, Yugoslavia, etc.

Fundar a estas alturas una “nación”, con todos los elementos explosivos que anidan en este concepto, en un “sentimiento” es jugar con fuego, precisamente con el fuego inextinguible, perturbador, impetuoso y, al cabo, violento de la reivindicación nacionalista. Porque sentimientos los tenemos todos y por ello sentimientos de pertenecer a una nación cultural específica, intransferible, henchidas de héroes, de santos, de batallas y empeños gloriosos, de dioses y de tumbas, anidan en todos los rincones de la geografía peninsular: en maragatos, cacereños, cartageneros, turolenses, segovianos y por ahí seguido.

Por ello introducir en el debate político tal perturbador concepto sin que -y esto es capital- se nos presenten al mismo tiempo los contornos certeros e inequívocos que de él han de derivarse es un ejercicio de frivolidad incompatible con la seriedad que a los socialistas, como gobernantes que han sido y aspiran a serlo, estamos obligados a atribuírles.

Nos tememos además que, como ocurrió en la primera década de este siglo, empiecen a surgir otras denominaciones pintorescas pues el lector recordará que se airearon ideas tan extravagantes como la “realidad” nacional, el “carácter” nacional, hasta el «aroma» nacional y podríamos añadir el “alma”, la “vibración”, el “sonido” nacionales … Toda una mescolanza que tiene mucho del embrujo de lo religioso pues tal como hace decir Joseph Roth a uno de sus personajes en su novela La marcha Radetzky “los pueblos ya no van a la Iglesia porque la nueva religión es el nacionalismo”. Pero precisamente todo el esfuerzo que venimos haciendo desde la Ilustración para acá consiste en no mezclar a Dios con el César y en España la separación de ambos mundos nos ha costado esfuerzos especialmente amargos.

Un nacionalismo que, añado a lo dicho por mi admirado Roth, tiene vocación de bastidor, apto para bordar en él hilos y más hilos de confusión constitucional y -no lo olvidemos- de chanchullo social (¿nadie lo identifica con la clamorosa corrupción en Cataluña?) o, lo que es peor, y también lo sabemos dolorosamente en España, apto para cavar trincheras desde las que disparar.

Y es que a la nación le podremos encontrar un origen -en un acontecimiento, en una guerra, en una revolución o en un bienaventurado celestial de prestigio- pero lo cierto es su resistencia a que le encontremos un final porque la nación es, por su propia naturaleza, un fieri jamás resuelto. De este hecho, que remite a lo inacabado o truncado, se nutrió el “irredentismo”, concepto que designaba a la Italia no “redimida” (territorios italianos bajo el dominio austro-húngaro), pero que se difundió en la segunda mitad del XIX como expresión ya con vocación general.

Como percibimos palpitaciones religiosas, digamos que estamos ante un milagro -este de la nación- que logra nutrirse, como una planta sabia, de elementos que extrae de la realidad pero también de otros que arranca al capricho y a la imaginación. Decía el poeta que todo lo que arde es útil para echarlo en el poema, pues bien todo lo que arde -precisamente porque quema- ha servido igualmente para alimentar la hoguera sofocante e inextinguible del nacionalismo.

De ahí el peligro de una declaración como la que se ha formulado este pasado fin de semana en el Congreso del PSOE.

¿Se quiere con ella llevar al altar de una convivencia aseada y respetuosa con todos y ejercida en el marco constitucional a un nacionalismo como el catalán que vive horas exaltadas de asalto a la Constitución, horas calificadas por Alfonso Guerra con palabras tan duras como convincentes? Me parece que, con su resolución, lo único que ha ofrecido el PSOE a ese nacionalismo es un enrejado generoso donde enredar en él interminables reivindicaciones sin recibir al cabo más que los mohínes de una plañidera. Y sin mover un milímetro el muro almenado de la independencia y de la ruptura con España.

A muchos nos parece claro que las ideas que alimentaron el nacionalismo han dejado de mover las turbinas de los tiempos y además han perdido su función de servir de legitimación al poder. Los ciudadanos actuales, con diferencias en los distintos continentes, pero en una visible tendencia que no ha hecho más que empezar, tienen raíces en sus pueblos, en sus comunidades, en los Estados cuyo pasaporte llevan en sus bolsillos etc, pero también disponen de alas: para volar a otros continentes, a otros espacios, para integrarse en otras comunidades.

Los problemas constitucionales y de construcción de un Estado moderno en el marco de una Europa reformada y con nuevos alientos se mueven en una dirección distinta que nada tiene que ver con dar alas al nacionalismo desempolvando los andrajos de sus sueños marchitos. Europa ha de razonar sobre los grandes servicios públicos, sobre los derechos globales -de inermes ciudadanos- ante las multinacionales, instrumentos -éstos sí- de progreso y de solidaridad. Y, si de federalismo hablamos, ahí tenemos el debate sobre el “federalismo financiero unitario” que se está desarrollando en países como Alemania que saben de lo que hablan cuando de federalismo tratan.

Por todo ello causa estupor comprobar cómo, entre nosotros, un partido serio como el PSOE despliega las banderas de las naciones culturales, o se mantienen las invocaciones a fueros y leyes viejas o se sueña con competencias blindadas y otras extravagancias que deberían colgar exangües en el armario más desvencijado de nuestro desván. Allí donde dormitan las fábulas.

 

(Publicado en El Mundo el 20 de junio de 2017).

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Contra el noventayochismo europeo

Desde hace unos pocos años se ha ido instalando entre parte de la ciudadanía la idea de la Unión Europea como una frustración política: en artículos de opinión, en tertulias televisivas, en conversaciones cotidianas se oyen voces que presagian un cataclismo inminente. El asunto no es baladí, pues ha ido creando un estado psicológico de derrotismo moral y claudicación cívica un tanto irresponsable. Salvando las distancias que imponen los tiempos históricos, la situación recuerda a la que vivió España a finales del siglo XIX.

Entonces la pérdida de las últimas colonias sacudió al país en sus entrañas. Parte de las elites intelectuales españolas se aprestaron a buscar las causas de lo que se diagnosticó como un fracaso histórico. En las plumas de la llamada generación del 98 se fue pergeñando un lenguaje, unas metáforas y unas imágenes que describían un país atrasado, históricamente incapaz,  paladinamente perdedor. Una maldición de la que existía pues difícil escapatoria.

Expresando sus ideas en columnas periodísticas redondas, en ensayos de prosa acerada y en expresiones refulgentes, los intelectuales noventayochistas lograron insuflar entre las clases educadas del país un sentimiento de abatimiento, una conciencia de fiasco y una sensación de infortunio del que costaría muchas décadas salir. Sin duda alguna muchos de los problemas diagnosticados eran innegables. Pero también lo eran los logros que la sociedad española del momento estaba experimentando y que pasaban desapercibidos en aquellos desesperanzados análisis sobre el metafísico ‘ser español’. La  industrialización hacía sus pinitos, se producían mejoras sustanciales en las comunicaciones, la economía crecía lentamente .…

Hoy en día los agoreros del proceso europeo carecen, ay, de la pluma de la que hacían gala los escritores hispanos de hace un siglo. Pero, por lo demás, las similitudes son muchas: tanto en el gesto adusto como en la voluntad de no percibir lo positivo. No obstante, tales actitudes no resultan ni convincentes desde el punto de vista análitico, pues hurtan a la consideración sosegada muchos otros elementos menos tenebrosos de la realidad; ni tampoco reconfortantes desde el punto de vista cívico, toda vez que impelen a la población a una indolencia y pasividad política poco acordes con la necesidad de superar los desafíos a los que en verdad nos enfrentamos.

Es hora de preguntarnos: ¿nos hallamos realmente ante una Unión Europea con trazas ya de escombrera política y abatida de malandanzas?

Recordemos en este sentido lo que algunos de esos agoreros nos vaticinaban con mohín jeremíaco hace escasamente unos meses. Se nos advertía de que la extrema derecha austríaca alcanzaría la máxima magistratura del país; que acto seguido los holandeses votarían masivamente por Geert Wilders; que todo ello no sería nada comparado con la victoria de Marine Le Pen en las elecciones francesas. Finalmente, los más lanzados oteaban el horizonte encapotado de las elecciones alemanas de otoño, donde el partido “Alternativa para Alemania” convertiría el país central de la Unión en un polvorín antieuropeísta. El crescendo dramático era ciertamente digno de una buena novela policíaca.

Y sin embargo: los meses, con su habitual parsimonia, van pasando y los vaticinios, con su usual caducidad, se van desvaneciendo. En Austria, Alexander van der Bellen, aguerrido europeísta, alcanzó la presidencia mientras el partido de su contrincante va perdiendo apoyos para las elecciones de otoño. En Holanda, Wilders quedó lejos del primer partido y más aún de formar gobierno. El Elíseo es el nuevo domicilio de Emmanuel Macron, quien logró allegar dos tercios de los votos de los franceses enarbolando a pecho descubierto la bandera de la Europa unida. Y en Alemania el partido antieuropeísta merodea en las encuestas por debajo del diez por ciento e incluso peligra su entrada en el parlamento.

Y no nos olvidemos de la Europa del Este. En buena parte de los países orientales la idea de la Unión Europea está sirviendo de galvanizador en las últimas protestas contra gobiernos ora corruptos, ora con veleidades autoritarias, a veces con las dos características a la vez. En Rumania, en Bulgaria o en Polonia miles de ciudadanos están llenando las calles para manifestar su rechazo a oscuros -¿o demasiado claros?- casos de corrupción, a nefandas componendas nepotistas o a ucases disfrazados de leyes que conculcan principios elementales de la separación de poderes. Pues bien, en esas protestas los ciudadanos rumanos, búlgaros o polacos enarbolan como símbolo de sus esperanzas una bandera ataviada con estrellas doradas sobre un fondo azul.

Pertenece al legado de la historia de la Unión europea el haber salvado muchas de sus crisis -Europa, no lo olvidemos, es una crisis crónica- por su fortaleza frente a los infortunios. Hoy, la salida refrendada por el pueblo de Gran Bretaña de la Unión
Europea es uno de esos infortunios que están sin embargo ayudando a cerrar grietas entre los Estados miembros y a perfilar las posiciones -en los terrenos político y económico- de las instituciones europeas.

Así, por ejemplo, ya los isleños desleales admiten la importancia que para Europa tienen las libertades básicas consignadas en sus Tratados y de las que ellos no podrán hacer mangas y capirotes como también que, en las jornadas venideras, se abordarán primero las condiciones para salir del club, entre las que figura el pequeño detalle de la fijación del finiquito en función de unos componentes y unos compromisos adquiridos estudiados por los expertos y puestos sobre la mesa de la negociación.

Además la salida de Gran Bretaña ha de verse como un logro positivo para avanzar en proyectos relevantes que han sido sistemáticamente entorpercidos por aquél país. Y si de paso corregimos algunos de los regalitos envenenados que nos dejaron en políticas concretas pues miel sobre hojuelas.

En el seno de las instituciones europeas, en concreto, en el Parlamento, se ha aprobado por los diputados un importante Informe (16 de febrero de 2017) donde se matizan los ajustes que son necesarios introducir en “la configuración institucional de la Unión”: concentración del poder ejecutivo en la Comisión, ministro de Hacienda, Tesoro Europeo, nueva orientación al Mecanismo Europeo de Estabilidad, avance en la unión bancaria y del mercado de capitales, de la energía, reformas en la zona euro, lucha contra el fraude fiscal … Son las páginas de este Informe imprescindible un prontuario exhaustivo de los problemas y además una valiente y precisa descripción de las fórmulas concretas para solucionarlos.

En fin, otro elemento que va a ayudar a la cohesión europea es la práctica de la bravuconada irresponsable por parte del presidente de los Estados Unidos. Por ello, la señora Merkel nos ha advertido que es mejor aprender de una vez por todas que ya no podemos fiarnos de nuestros aliados.

Nadie duda de que los problemas son espesos y enredados, que a veces avanzamos y a veces retrocedemos y siempre nos desesperamos. Pero la paz que se vive entre los pueblos que componen la Unión Europea no debe hacernos olvidar que tenemos una guerra a la que acudir: la que debemos declarar al lloriqueo y a las descalificaciones, a menudo hijas de la ignorancia, y casi siempre de trazo grueso. Al campo de batalla habremos de ir pertrechados con una energía extraída del anhelo y de la insatisfacción.

FRANCISCO SOSA WAGNER e IGOR SOSA MAYOR

Francisco Sosa Wagner es catedrático e Igor Sosa Mayor es doctor por el Instituto Europeo de Florencia y por la Universidad de Erlangen (Alemania), actualmente investigador en la Universidad de Valladolid.

 

Publicado en el periódico El Mundo el día 7 de junio de 2017.

 

 

 

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España: pura zalagarda

De la misma manera que hay libros que resumen el ser de un pueblo o las pasiones humanas, pongamos el Quijote o el teatro de Shakespeare, hay palabras afortunadas que resumen a la perfección un país, un estado de opinión, la circunstancia histórica por la que se atraviesa …

En español esta palabra es zalagarda, que se usa poco pero que es un tesoro a la hora de describir la vida española, la política, la de los negocios, la universitaria etcétera tal como se desarrolla entre nosotros.

Porque zalagarda es “emboscada dispuesta para coger descuidado al enemigo y dar sobre él sin que recele”. ¿Qué es sino zalagarda lo que se practica a diario en una campaña electoral, en el Congreso de los Diputados o en el Consejo de Administración de la gran empresa? ¿Razones, argumentos sólidos sacados de libros estudiados con atención? No, emboscadas: aquí te pillo, aquí te mato. Bellaquerías es también buena palabra y la usaban mucho nuestros clásicos.

Otra acepción de zalagarda es “astucia maliciosa con que alguien procura engañar a otra persona afectando obsequio o cortesía”. ¿Qué es la oferta de un pacto sobre tal ley o acuerdo que un partido hace a otro o el intercambio de trapacerías entre vendedores sino esa artimaña descrita? En el pináculo de las finanzas, allá donde habitan las grandes cifras y tiritan de frío las ideologías, es peor porque en él refulgen las armas aventajadas y malignas.

De forma coloquial se usa también la palabra zalagarda para designar la “pendencia, regularmente fingida, de palos y cuchilladas, en que hay mucha bulla, voces y estruendo”. Tal parece que el redactor del Diccionario estuviera pensando cabalmente en una sesión parlamentaria donde el estrépito es sonoro y la confusión agitada, donde el estruendo destinado a salir un minuto en el telediario diluye las reglas de la compostura y la buena crianza. Porque es lo cierto que, cuando se rasca un poco, se advierte que todo es puro fingimiento, afectación vacua, industria, tienda, poca naturalidad, un carcaj de mentiras, es decir, zalagarda.

También el “alboroto repentino de gente ruin para espantar a quienes están descuidados”, otra acepción de zalagarda, se puede aplicar a quien pretende abusar de la buena fe de las gentes para colocarles su mercancía averiada.

La zalagarda es además escaramuza. Y ¿qué hay sino escaramuzas en buena parte de nuestras relaciones, en los debates televisivos, en las tertulias de opinantes que improvisan opiniones? Pues ¿y en las juntas o consejos de las Universidades con su alharaca de ropones apolillados y rectores tan magníficos como maléficos? La escaramuza no es una batalla dialéctica sino simplemente “riña, disputa o contienda de poca importancia”, de poco fuste, para pasar el rato, para salpicar maldades -como los curas salpicaban en el pasado latines- hasta que se encuentre otro motivo apto para practicar la nueva zalagarda.

Y la zalagarda es, ay, “lazo para que caigan en él los animales”. Como no se precisa, estos pueden ser también los racionales, todos nosotros, por lo que como un guante se puede usar la palabra a tanto embeleco como nos rodea y que creemos con bobalicona ingenuidad pues -no lo olvidemos- de lo que se trata es de convertirnos a todos en manada o rebaño.

En fin, la zalagarda es “alegría bulliciosa”, es decir, alegría un poco carente de fundamento, la alegría superficial y fingida de la feria del pueblo.

España, nos enseñó don Ramón, es puro esperpento. Y zalagarda, añado.

 

 

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El parche

Hasta ahora los únicos parches que conocíamos eran los de sor Virginia, monja animosa que ideó unos que se enfrentaban con fe y mansedumbre al reuma y a los dolores artículares y musculares. También hemos utilizado la palabra parche para designar a algo que se trata de arreglar de forma provisional y presurosa, es decir, a una chapuza, tan frecuente en una sociedad como la española que ha levantado altar al remiendo.

Fue muy conocido en años rebosantes de patriotismo el parche que llevaba en un ojo el general Millán Astray y yo he tenido ocasión de ver en el museo de Ceuta el ojo de cristal con el que en vida miraba este caballero, a quien le dolían las extremidades que le faltaban y que lucía un aspecto físico polícromo: amarillo enfermo por delante; azul heroíco por detrás.

Hoy las cosas han cambiado. Hace poco se ha producido un ataque tan informático como selvático a ordenadores, empresas y servicios públicos lo que nos ha alertado acerca de los riesgos que rodean nuestra  existencia, colgada del humor de un pirata corrupto como está colgado el noctámbulo de la noche. En tal acción delictiva se han visto involucrados decenas de países al mismo tiempo, entre ellos ese Reino Unido que avanza victorioso hacia el pasado, y esta circunstancia nos permite dibujar una mueca de indulgente sonrisa hacia quienes hablan de levantar nuevas fronteras y llenarlo todo de competencias blindadas y proclamar repúblicas vacuas,  entre otra porción de majaderías servidas a diario por personas a las que nadie somete a tratamiento psiquiátrico ni siquiera les administra un tranquilizante.

Pues bien, ante esta catástrofe que anuncia otras, nuestra única salvación se ha buscado en recurrir a un parche, un parche ahora informático, que se aplica a un programa con el fin de corregir errores y neutralizar desajustes, un parche que se descarga miles y miles de veces, que penetra por conexiones y puertos, qué sé yo (nada entiendo del asunto ni Dios lo quiera). Hemos así clamado por el parche, hemos invocado el parche como en otras épocas se invocaba a una virgen con buenas influencias. Y el parche nos ha salvado.

Está claro que las futuras guerras ya no tendrán soldados, ni novias de soldados, ni oficiales juerguistas, quedando tan solo como decorado las viudas.

Con todo, yo pienso menos en el parche que en el parchista, en ese superexperto que trata a los virus como el antiguo epidemiólogo: ¿cómo será? ¿será alegre o le gustará saborear ocasos? ¿creerá en Dios o en Mozart? ¿respetará a sus semejantes o les dará conferencias? ¿se hará selfies? ¿estará en Instagram? ¿discurrirá por su cuenta o escribirá tuits? y así seguido …

Tengo gran respeto por el parche salvador pero al parchista, que es quien me interesa porque le imagino con trazas de mixtificador imaginativo y templado, hay que asegurarle una vida lisonjera para que pelee constantemente contra las trampas del Internet y los desalmados que pueblan ese invento y así pueda seguir parcheando.

Porque ya vemos que todo lo que tenemos alrededor, tan sólido y afinado como lo creíamos, depende de un parche. Parchear es resucitar.

 

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