La angosta España

En el principio fue el membrete dejó escrito por algún sitio Eugenio d´Ors. Han pasado los años y el vigor de su observación conoce nuevo impulso porque él se refería a ese membrete sencillo que se limitaba a decir: “fulanito de tal, subdirector general de competencias delegadas impropias”. Hoy este membrete sirve a personajillos de las Administraciones a quienes gusta asustar a algún cuitadiño o impresionar a un vecino. Bagatelas.

El membrete que hoy se lleva tiene mayor empaque. Es el que se pone un territorio proclamándose “nación” y llevando tan pomposo título a escritos, banderas, carteles y esos actos gloriosos en los que se nos humedecen los ojos y nos tiemblan las carnes. Atrás queda la época valetudinaria en la que no se pasaba de provincia, creada en el remoto siglo XIX, o de Comunidad autónoma que parecía prometedora en el último tercio del XX pero que, al cabo, se ha quedado en nada, en un quiero y no puedo cuando nos encontramos -como es el caso- en la puja por la gran solemnidad política y administrativa. Hoy esas denominaciones, esos membretes -vuelvo a d´Ors- son cabal expresión de la frustración y del desengaño, describen una situación deslucida, la propia de quien se ha quedado -como se suele decir- a la luna de Valencia.

Estamos en plena cabalgada histórica y, cuando se disfruta de esta emoción, no hay límites a la imaginación, lo que hay son corceles que nos llevan a descubrir los tesoros de los recuerdos opulentos, de esos recuerdos que son como cancioneros bien rimados y escritos con la pluma exaltante de la fantasía. ¿Provincia, Comunidad autónoma? Bah, paparruchas: soy nación porque el mundo me hizo así ¿qué le voy a hacer? y ya no admito más trato que el de capítulo propio en los tomos de la historia de don Ramón Menéndez Pidal. Adiós a la condición de nota a pie de página. Pude ser trovador errante, ahora oídme contar y cantar en qué heroicos alcázares se ha bruñido mi pasado. Se acabaron las bromas.

Y así, por esta vía, vamos a ir construyendo el Estado español, que no España, una pesadilla alimentada por fascistas y fascistos, cubriendo el territorio de naciones, formando un tapiz de esplendores, de bravos y de bravas y no habrá nadie en Europa que nos pueda igualar. Porque ¿qué país europeo puede decir que está preñado de naciones como lo está España? ¿Alemania, Francia, Italia, Portugal? Convengamos en que carecen de nuestra fertilidad, son Estados sin alma, apocados, mortecinos, sin un pasado recordable que llevarse a la boca, son mendigos que piden por el amor de Dios una limosna de Historia. No hay comparación posible con nuestra diversidad, con nuestras identidades que, digásmolo sin altanería pero en alto, resultan irrepetibles, tintineantes de cascadas inesperadas, cometas que arrastran con naturalidad una estela de luz siempre renovada.

¿Carecen algunos territorios del Estado español de episodios históricos que les alcen al rango de naciones (pongamos Asturias, León, Castilla, Sevilla …)? Pues que tengan la humildad de pedir prestados a quien sí dispone de ellos y aun les sobran un rey, una batalla memorable, un fusilado, algo con que edificar su futuro de nación. Tiempo habrá para devolver con intereses este préstamo patriótico.

Oímos a burócratas con membrete ministerial discursear sobre asuntos enojosos como la financiación de las Comunidades autónomas o el reparto del agua para regar tomates en Murcia sin darse cuenta de que se trata de patrañas, de restos mortecinos del pasado, de agua que no mueve molino.

Lo que se impone son los trasvases de honores para que cada quien disponga de su nación aunque debamos admitir que ha sido un descuido imperdonable que ciudades como Toledo, Alicante, Cáceres, Córdoba etc no hayan sabido agenciarse unas glorias históricas en su momento.

Pero si algo hay que desterrar en el futuro es el egoísmo entre territorios y territorias que están llamados a formar parte de ese firmamento de naciones que acabará de una vez y por todas con la angosta España.

 

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Gobernantes insustituibles

Por algún sitio de su obra sobre el Príncipe o sobre la primera década de Tito Livio anota Maquiavelo que un pueblo que vive largo tiempo bajo un príncipe se acostumbra a servir, a buscar favores y acaba olvidando cómo se delibera acerca de los asuntos públicos.

Notable observación la del florentino que nos indica en prosa elegante y buida el problema planteado por el gobernante al que podemos llamar, en lenguaje menos sutil, “pelmazo”, es decir, el tipo fastidioso que muestra un empeño macizo de perseverancia y una afición incurable a dar la tabarra sin el menor miramiento hacia el paso del tiempo, esa hucha, ay, que guarda nuestros destrozos y encima los exhibe como trofeos.

A veces no se trata de un sujeto aislado sino que es achaque afectante a una familia que, sin ostentar blasones ni haber ganado batallas a moros ni arrebatado castillos a otros infieles, se convierten en maestros en el arte de pulir y pulir las armas del poder, apropiándose de ellos y aplicándoles las reglas de la usucapión.

Ahí está el caso supremo de la familia Kim en Corea del Norte, entrañables sujetos que, con tal de proporcionar cada día una alegría distinta a sus súbditos, son capaces de sacrificarse por ellos años y años: bien construyendo un costoso misil y enviándolo a un vecino para que se entere de lo que vale un peine; bien fusilando a un íntimo colaborador por haber traicionado alguna máxima política, lo cual es siempre una desagradable circunstancia para cualquier persona de natural tierno (y estas son frecuentes entre los Kim). Al fin y al cabo, si el fusilado estrena una vida nueva, una vida de fantasma perdurable, ajeno ya a las zozobras mundanas pero abierto a cabriolas y sustos ¿de qué se queja?

O los Castro que llevan decenios velando por la felicidad de los cubanos a muchos de los cuales los envían a la sombra y estos, lejos de agradecerlo en una isla en la que el sol y el calor son implacables, se revuelven contra ellos y les acusan de dictadores y no sé de qué otras maldades, todo en medio de exabruptos tan injustos como descomunales. No entienden estas gentes el valor simbólico de las sombras que son, en rigor, caminos por los que se puede pasear en sigilo hacia la conquista de los sueños más virtuosos.

En América Latina abunda el gobernante pelmazo: ahí estuvieron los Perón y están los Kirchner, ahora Lula que, por más que se acumulen sobre él condenas y más condenas, sigue en la brecha, embriagado por la locura de nuevos desafíos y  renovados martirios, todos en beneficio de sus compatriotas.

Trump va de estreno y allí una sabia disposición le prohíbe trabajar por el bien común más allá de los ocho años pero, si este hombre se halla donde se halla, se debe en buena medida a que una señora, que había sido primera dama y después ministra de Asuntos exteriores, se empeñó en seguir cuidando de sus compatriotas a pesar de que sus mejores amigos le advirtieron de que estaba rodeada de desagradecidos dispuestos a votar a cualquiera con tal de no volver a verla nunca más en el escenario reluciente del mando. Y así fue: el regalo está a la vista.

En Europa ¡ay en Europa! también aquí, en este continente tan viejo como artrítico, tan joven como promisorio, abundan -me ocuparé de ellos- quienes se empecinan, aunque con modales civilizados, en mirar fijamente el fulgor oculto del poder, en alimentar sin descanso la llama votiva de su autoridad, es decir, esos pelmazos que cantan, como remeros infatigables, la canción del predestinado, la balada cansina del insustituible.

 

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La obligación de apagar un incendio constitucional

Un verano, que va a dejar hondas cicatrices en nuestros bosques por causa de los incendios forestales, termina con un incendio constitucional de dilatadas dimensiones cuyo foco principal se sitúa en las instituciones políticas de Cataluña. Pues bien, de análoga forma a cómo, ante esos fuegos inclementes con la naturaleza, se despliegan todos los efectivos y todos aquellos elementos que pueden ser útiles para extinguirlos, de la misma forma es obligado aprestar en estos momentos todos aquellos instrumentos jurídicos que permitan sofocar el levantamiento y reconquistar la mesura obligada por la virtud política. Porque, parece mentira tener que recordarlo, vivimos en un sistema democrático que, como tal, está colmado de procedimientos, de trámites y de otras sutilezas jurídicas que los dirigentes del Gobierno catalán están pisoteando con descaro siendo muestra bien expresiva de su desafuero la sesión del Parlamento catalán celebrada ayer.

Imaginemos lo que estaría ocurriendo si en España hubiera una región gobernada por nostálgicos del franquismo y se les ocurriera plantear, dejándose llevar por su loca fantasía, la “desconexión” del sistema constitucional español.

Y es que, a veces, como dejó anotado Tocqueville, “el demagogo, el loco y el caballero se entremezclan de tal modo que no sabría decirse dónde acaba el uno y dónde empieza el otro”.

El gobierno español, respaldado por el Partido Socialista y Ciudadanos, está ejerciendo de celoso bombero al activar algunos mecanismos del Estado de Derecho. Oportuno es el planteamiento por parte del Presidente del Gobierno de un incidente de ejecución de sentencia ante el Tribunal Constitucional para que no queden burladas sus resoluciones, muy en especial la sentencia 2 de diciembre de 2015 y el auto de 14 de febrero de 2017, entre otras. Este Tribunal dispone ahora de herramientas adecuadas para que el cumplimiento de sus pronunciamientos sea efectivo y así podrá declarar la nulidad de las actuaciones -en verdad muy toscas- de la Mesa; podrá imponer multas coercitivas entre tres mil y treinta mil euros a los infractores identificados; podrá asimismo suspender de funciones a quienes con sus firmas hayan avalado las actuaciones inconstitucionales. Por cierto, buen momento este es para recordar la precipitación con que se juzgó, por parte de algunos partidos políticos y también de algunos especialistas, la reforma que se realizó mediante la ley Orgánica 15/2015 de 16 de octubre, donde se alojan estas facultades.

Pero los bomberos también están responsablemente actuando con sus mangueras desde el Ministerio Fiscal que ya ha anunciado la presentación de querellas por desobediencia y prevaricación contra aquellos miembros de la Mesa del Parlament que hubieren votado la admisión a trámite de una frívola iniciativa parlamentaria que puede acabar lisa y llanamente fracturando el Estado español.

Por su parte el presidente del Tribunal Supremo nos tranquilizó, en la apertura del curso judicial el pasado día cinco, al recordar la obligación de los jueces de hacer cumplir la ley. De manera que, en estos momentos, están de consuno todos los jueces, incluidos los constitucionales, y los fiscales lo que proporciona un cierto sosiego a quienes queremos que los enemigos de la Constitución no puedan culminar sus desmanes.

Muy cerca de las llamas están unos arrojados funcionarios, los letrados del Parlament, que con un lenguaje directo y técnicamente irreprochable, se han atrevido a decir a sus superiores que su comportamiento contraviene las decisiones de los jueces constitucionales.

En el colmo de la desfachatez se ha impedido a los grupos de la oposición -bomberos a quienes se les ha cortado el grifo del agua- que soliciten un dictamen al Consejo de Garantías estatutarias, con lo que la presidenta del Parlament, perdida ya toda dignidad, ha dinamitado el propio Estatuto de Autonomía y el Reglamento de esa cámara que prometió cumplir y hacer cumplir.

A la extinción de los incendios coadyuvan también los ciudadanos generosos y este es el caso de Societat civil catalana y la Asociación de abogados catalanes que han tenido la valentía de presentar sendas denuncias ante el Tribunal de Cuentas para que sus servicios investigaran los gastos originados con ocasión de la consulta independentista celebrada en el mes de noviembre de 2014. Pues bien dicho Tribunal ya ha citado a quienes la alentaron para que hagan efectivo el pago conjunto de una fianza por más de cinco millones de euros. Además, añadimos nosotros, el artículo 67 de la ley de funcionamiento del Tribunal de Cuentas permite asegurar las responsabilidades contables que se puedan determinar mediante el embargo preventivo de los bienes (inmuebles, cuentas corrientes y demás) de quienes en su día fueron condenados por los jueces por desobedecer al Tribunal Constitucional.

Si hemos utilizado el símil del incendio es porque, de no paralizarse tanta actuación groseramente ilegal, en ese territorio quedará arrasada la seguridad jurídica y quedará al desnudo un desierto entre cuyas arenas se abrirá la negra sima de la arbitrariedad. Y porque también, como disponen las leyes de lucha contra incendios, existe una obligación general para que toda persona privada preste su concurso en estas catástrofes, de acuerdo con sus posibilidades.

La campana convocando a esa ciudadanía -cuyo eco han de ser los medios de comunicación- ha sonado vigorosa en la bóveda convulsa de la sociedad catalana. Por ello quienes no compartan los dislates secesionistas de los gobernantes catalanes, han de sentirse interpelados contribuyendo a evitar, cada cual con sus instrumentos, que Cataluña se convierta en un espacio sustraído al derecho público de un país europeo moderno.

 

(Publicado en el periódico Expansión el día 7 de septiembre de 2017).

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Fantasmas

El príncipe de un remoto país en el continente asiático ha sancionado una ley, según cuentan las noticias de prensa, en virtud de la cual se prohibe en el territorio de su jurisdicción la aparición de fantasmas. De forma tajante y sin excepciones.

El portavoz de su Gobierno ha sido, además, bien claro: que nadie comparezca ante ninguna oficina pública denunciando las molestias de un fantasma porque, a partir de la promulgación de la ley, los fantasmas se abstendrán de molestar a los vecinos.

Es posible que a este extremo haya llevado la proliferación de fantasmas en aquel país y que haya resultado, al cabo, necesario adoptar tan drástica medida para poner coto a los posibles excesos en que aquéllos hayan podido incurrir. Porque el hecho de que fuera posible presentar denuncias ante una ventanilla de la Administración para que se iniciaran las investigaciones tendentes a detener a tal o cual fantasma, es una muestra de que las jugarretas fantasmales habían llegado a un punto intolerable, visto el asunto desde la perspectiva de una ordenada convivencia que es la que las autoridades deben garantizar. Los fantasmas y sus apariciones habían pasado a ser allí, sin duda por su frecuencia y probablemente también por el desorden con que se producían, una especie de actividad molesta y es lógico entonces que se reaccione frente a ella y se la discipline desde el poderoso instrumento que es la ley. Porque si el fantasma, además de la turbación que está implícita en sus comparecencias, al arrastrar sus cadenas produce excesivos ruidos, éstos deben ser perseguidos por la Administración como de hecho ocurre desde que un sabio descubrió el decibelio.

Aprovecho para explicar, pues esto lo ignora mucha gente que se tiene por instruida, que el descubrimiento del decibelio, capital para la ciencia moderna, es en parte español, porque si bien el científico que lo alumbró no lo era, sí se produjo en un medio hispano ya que su percepción y su formalización científica se alcanzó en el preciso instante en el que aquél sabio se disponía a tomar café en un bar español donde convivían la radio, la televisión, las voces de los camareros, el estrépito de tazas y platos y las máquinas de calentar la leche y moler el café amén de los gritos que se veían obligados a emitir los parroquianos para poder comunicarse con ciertas garantías de éxito. Sépase que es justo, en ese preciso instante, cuando nace, para la comunidad científica, el decibelio, de análoga forma a cómo la penicilina nació en el momento en el que Fleming detectó los famosos hongos de sus cultivos. (Para que luego se afirme que los españoles no contribuimos al avance de la ciencia!

Pues bien, es lógico que si los fantasmas producen, en su inevitable arrastre de cadenas, más decibelios de los permitidos o sus sustos tienen lugar de una forma anárquica, inesperada, o poco respetuosa para los asustados, entonces la ley debe reaccionar y,  bien moderar esos excesos, reconduciendo la actividad fantasmal a sus límites tradicionales,  bien más sencillamente prohibirlos de manera inapelable.

A la vista de esta experiencia de un país foráneo, la reflexión (como ahora dicen los políticos) se impone: ¿debe trasladarse a nuestra España una legislación tan contundente? ¿deben pues las Cortes aprobar una ley de análogo contenido al indicado y ordenar la persecución impiedosa de aquél que la transgreda?

Mi opinión es, a este respecto, negativa. Los fantasmas han cumplido y cumplen una función en castillos y palacios que debe ser respetada. Porque ¿qué sería de tantos edificios de nuestro glorioso pasado sin su fantasma o su colonia de fantasmas? El fantasma amable, el fantasma que arrastra moderadamente sus cadenas y asusta educadamente (o juguetonamente, como lo hacía el de Canterville) debe ser acogido como un miembro más de las familias de cierto tono. Yo lamento que las viejas buhardillas, que eran los habitáculos tradicionales de los fantasmas, hayan sido convertidas en las casas modernas en elegantes bajocubiertas produciendo con ello el desalojo de los fantasmas que allí tradicionalmente habían vivido. Hoy toda nueva urbanización y, si se me apura, toda comunidad de vecinos debería tener su fantasma contratado como tiene un guarda de seguridad o un jardinero. Respeto, pues, a la figura del fantasma e, incluso, especial protección para los mismos, como la que se dispensa al urogallo o al quebrantahuesos.

Porque esos fantasmas son inofensivos. Sin embargo, los fantasmas que nos torturan de verdad, el fantasma de la hipoteca del piso, el fantasma de la letra que vence un mes tras otro, el fantasma de los libros y de las matrículas de los hijos, el del piso mal acabado, el de la chapuza que todo lo invade y contamina, a estos verdaderos fantasmas sí habría que combatirlos, prohibirlos, exterminarlos, declararlos molestos, insalubres, perturbadores… Pero ¿quién puede expulsarlos si ni siquiera los reconocemos porque no usan la simpática sábana sino que aparecen envueltos en odiosas escrituras notariales, inquietantes pólizas y amenazadores sellos?

 

 

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Cataluña: entre lo ridículo y lo frívolo

Estamos viviendo el proceso de separación de la Unión Europea de un país miembro, el Reino Unido, consecuencia del resultado de un referéndum convocado de acuerdo con leyes reconocidas por la comunidad internacional. Se han constituido, por ambas partes, sendos equipos negociadores de cuyos trabajos nos dan cuenta a diario los medios de comunicación. Cuando se acabe este proceso se habrán delimitado los términos jurídicos y económicos de las nuevas relaciones entre los antiguos socios, más las facturas a pagar por quienes se van.

Compárese este procedimiento civilizado con el asilvestrado que han puesto en marcha los gobernantes separatistas catalanes. Sin tan siquiera conocer la opinión de los ciudadanos por medio de un procedimiento legal, se presenta un texto para regular nada menos que la secesión de España de uno de sus territorios provocando un vuelco constitucional e histórico de primera magnitud. Y esto lo hace una simple Comunidad autónoma sin contar ni con el acuerdo consensuado en su propio Parlamento -es decir, con todas sus fuerzas políticas- ni con la legalidad internacional o europea ni por supuesto con el Gobierno de España que al parecer solo ostenta el papel de figurante aunque, eso sí, un figurante generoso a la hora de suministrar dineros y otros contentos.

Los juristas sabemos que el Derecho, con todas sus imperfecciones, construye caminos por los que se puede transitar con ciertas garantías de no ser atropellado. En este caso, por el contrario, esta ley sirve para trazar un camino de aventuras, graves inseguridades y frívolas fantasías.

Porque si estudiamos la propuesta con atención, advertiremos que nada se nos dice de la siguiente bagatela: la moneda que en el nuevo Estado va a circular. Una alternativa sería crear el “pujol” en homenaje a un prohombre local y como seña de identidad monetaria del Estado que nace. Otra sería continuar con el euro que podría, en efecto, utilizarse ya que el Banco central europeo mantiene una postura neutral sobre el uso internacional de esta moneda permitiendo las transacciones internacionales con ella entre quienes están fuera de la eurozona.

Ahora bien, las autoridades de la naciente República catalana no podrán acudir a los instrumentos de liquidez y financiación establecidos por el Banco central europeo para conseguir euros por lo que deberán suplicar a entidades crediticias privadas para suscribir con ellas, y según sus condiciones, las líneas de financiación y los préstamos. La dificultad de promover nuevas emisiones de Deuda pública es palmaria porque las agencias especializadas ya califican como bono-basura a los títulos de la Comunidad Autónoma que lleva años fuera de los mercados. Aunque podría darse la circunstancia de que estos, los mercados, siempre afectuosos, quedaran prendados de las hechuras de la nueva República y se aprestaran a suministrar fondos con largueza y desprendimiento.

De otro lado procede recordar que el sector público catalán depende en buena medida de la transfusión constante de dinero que se hace desde el ministerio de Hacienda de la calle de Alcalá en Madrid y permítasenos no aportar cifras concretas para evitar el sonrojo y la mueca irónica.

Asunto este del dinero nada baladí: se ignora de dónde va a salir el que ha de servir para abonar sus sueldos a los funcionarios en activo o sus pensiones a los jubilados pues, según informes solventes, Cataluña no puede afrontar su pago con las cotizaciones de los trabajadores y empresarios que residen en ese territorio y que se mantengan en él (la fuga parece haberse ya desencadenado). Tampoco se sabe de dónde fluirán las subvenciones millonarias que prodiga la actual Comunidad Autónoma especialmente a ciertos medios de comunicación. Se trata de un misterio cuasi teológico que el gobernante catalán cultiva pero que ha de llevar la máxima inquietud a los ciudadanos de carne y hueso, víctimas de los entusiasmos patrióticos de su clase dirigente. Que por cierto se apresta a proclamar una amnistía a sus desmanes y a montar un poder judicial controlado desde las instancias políticas.

Y ya que estamos metidos en dineros, añadiremos que los Presupuestos generales en curso de España deberán ser ajustados a la nueva realidad territorial así como las ayudas y subvenciones a municipios, tanto las llegadas del Estado como las de la Unión europea, de la que ha procedido un auténtico río en ejarbe de dinero para empresas y trabajadores en apuros.

La fórmula que la ley anuncia de ocupación / confiscación de los bienes que el Estado posee en la Comunidad Autónoma es simplista y atropellada pues -entre otros extremos- orilla la complejidad de aquellas infraestructuras sobre las que se prestan servicios públicos indispensables como son los casos del transporte ferroviario o aéreo. Porque Cataluña saldría del espacio Schengen hasta no ser admitida la nueva República en este club. Como saldría de la Unión Europea por más que el texto presentado trate de asumir sin distingos todo el derecho europeo, incluído aquel que se va a aprobar sin su consentimiento (art. 14. 2: ¿para qué sirve entonces la independencia?).

Los agricultores y demás trabajadores han de despedirse de los fondos europeos (de desarrollo rural, de cohesión etc); adiós asimismo a las becas Erasmus para los estudiantes y adiós a la financiación para los científicos de sus proyectos … quizás bagatelas si se piensa en las delicias que al parecer proporciona estrenar pasaporte.

De la misma forma la pacífica República de Cataluña sale de la OTAN como sale de las Naciones Unidas y vagará por los espacios diplomáticos como la balsa de piedra de Saramago.

Siendo todo esto complicado, lo más arduo habrá de ser el restablecimiento de unas fronteras que inevitablemente afectarán a la circulación de las personas y a los flujos comerciales con la posible introducción de nuevos derechos aduaneros. En tal sentido ¿cómo quedará el nuevo Estado respecto a la Organización Mundial del Comercio en cuyas deliberaciones y acuerdos no podrá participar? La multiplicación de aranceles es el horizonte pavoroso al quedar excluida Cataluña del mercado único europeo por lo que las estrenadas autoridades -cuando sean reconocidas-deberán iniciar trabajosas negociaciones bilaterales con cientos de Estados.

¿Y qué será del entrañable y caudaloso Ebro? En la actualidad sabemos que la Confederación Hidrográfica integra la representación territorial así como la de empresarios y usuarios del agua. Pues bien, en el futuro habrá que tramitar y negociar un acuerdo internacional con el nuevo Estado, supuesto el hecho de que el Ebro tiene la veleidad de discurrir por territorios que no quedarían comprendidos en los del Estado catalán.

Falta en fin en la ley anunciada las reglas que habrán de regular el “finiquito” con el viejo Estado español que es, según la Real Academia, “el remate de las cuentas, o certificación que se da para constancia de que están ajustadas y satisfecho el alcance que resulta de ellas”.

¿Se tiene conciencia de lo ridículo del camino emprendido? Es probable que no pues aclarar a quien no quiere oír que el nacionalismo ha sido el partero de las desgracias colectivas más aniquiladoras que ha sufrido la humanidad, que reproducirlo en los inicios de este siglo XXI es suicidio y homicidio a un tiempo, y añadirles que no hay sueño más placentero para las grandes empresas y los intereses económicos mundiales que la proliferación de Estados raquíticos, empinados en su ridícula poquedad, esforzarse en todo ello es perder el tiempo. O, como se dice clásicamente, majar en hierro frío.

Pero nuestra obligación es insistir porque, si parte de la clase política ha perdido la sindéresis, hay una amplia ciudadanía serena y reflexiva que está llamada a poner coto a tanto desvarío. Y un Gobierno de España que habrá de ejercer su responsabilidad sin temores para protegernos a todos.
(Publicado en el periódico El Mundo el día 30 de agosto de 2017)

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Sexismo en la música

Por los lugares de España, donde estos días estivales se celebran fiestas en las que hay bailes y músicas, empieza a difundirse la vigilancia sobre las letras de las canciones con contenido “sexista”, es decir aquellas que degradan a la mujer o dan una imagen que no las “visibiliza” adecuadamente. ¿Quién ejerce esa vigilancia? Personas y personos que ostentan la competencia adecuada por atribuírsela las ordenanzas y leyes y que ellas / ellos hacen muy bien en ejercerla no dejando pasar ni una.

¡Hasta ahí podríamos llegar: que al hilo de un bailongo, alegre y bullidor, una persona / persono estuviera -sin percatarse de ello- rebajando la dignidad del sexo femenino!

A mí me recuerdan a una autoridad de los tiempos del caudillo quien, provisto de un lápiz rojo, tachaba en las letras de las canciones que se oían en su jurisdicción todo aquello que fuera procaz o malsonante, sobre todo si se referían a zonas muy celebradas de la anatomía femenina. Después de tantos años, se rescata a ese funcionario y se le coloca a la luz de la bujía democrática.

Por si las personas y personos que están en esta noble cruzada no se han percatado, me permito recordarles el mucho bien que pueden hacer si consiguen limpiar el menosprecio a la mujer que contienen las óperas más representadas, para vergüenza de todos, en los teatros del mundo entero.

Pueden empezar con Cosí fan tutte escrita por un machista irrecuperable apellidado Mozart que se atreve, en esta odiosa pieza, a divulgar la especie de que “así hacen todas” es decir, que las mujeres son insustanciales y casquivanas y ponen cuernos con despachada frivolidad. Ya poco antes, este mismo Mozart, había puesto, en boca de un cantante en su obra Las bodas de Fígaro, que las mujeres “son rosas espinosas, zorras graciosas, osas benévolas, palomas malignas, maestras de engaños …” y no sé cuántos disparates más. De verdad: ¿qué se espera para actuar contra el tal Mozart y su libretista Da Ponte?

Otro graciosito que se llamaba Verdi crea en Rigoletto un duque de Mantua que viola a una joven, una ópera esta -en rigor, una cochinada- donde se oyen arias como “Questa o quella” y sobre todo “La donna è mobile” en las que se muestra un absoluto desdén hacia las mujeres, poco más que unos seres destinados a satisfacer los deseos sexuales de los hombres, “plumas al viento” sin capacidad alguna de aparejar un discurso razonable. Y no cito La traviata porque quiero acabar este artículo en paz y, si la abordo, temo perderme atrapado en una cólera mayor que la de Aquiles (de la que habla Homero, otro de quien por cierto habremos de ocuparnos algún día).

Y es que los italianos no tuvieron miramientos porque uno, que decía llamarse Rossini y que no debía de haber pasado de dar nombre a unos canelones, se atrevió también a desacreditar a la mujer en obras como El turco en Italia donde hay un diálogo sobre la compraventa de mujeres que es mejor olvidar.

Un compinche suyo, que murió sifilítico y bien empleado lo tuvo, un tal Donizetti, en L´elisir d´amore, llama a la mujer el muy desvergonzado “animal verdaderamente extravagante”. Así como suena. ¿Qué se espera -de verdad- para que caiga sobre esta obra un decreto de prohibición y sobre su autor una condena airada y rotunda? ¡Que se exhume su cadáver y se aviente el polvo de sus huesos!

E cosí via, que es como dicen los italianos etcétera -ya que de infame ópera en italiano hablamos- porque podíamos seguir y seguir …

De manera que pido a las personas y personos que han iniciado tan noble tarea de limpieza de disparates en la música que no desfallezcan porque tienen el apoyo de quienes somos, acaso no más, pero sí mejores.

Y además que sepan que aquella frase, recordada por Sansón Carrasco a don Quijote, traída cualquiera sabe de dónde, según la cual “el número de estultos es infinito” no va con ellos / ellas.

 

 

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Twitter en verano

En esta época veraniega ¿se siguen los chats, los tuits y el alto pensamiento especulativo que circula por las redes sociales como ocurre en los meses menos amables del resto del año?

Sería pavoroso admitir que, con el despliegue de looks propios de la estación, con los caftanes y pareos más los pantalones cortos y las camisetas de camuflaje, se relajara la disciplina. Así como no se debe bajar la guardia ante el consumo desparramado de grasas y azúcares por el simple hecho de estar de vacaciones, lo mismo cabe decir del enganche a esas formas modernas de la comunicación que tanto bien están haciendo al entendimiento entre los humanos. Desatender la rutina de poner en twitter que nos hemos levantado, defecado recio, desayunado un tigretón y cortado las uñas de los piés, entraña peligros que luego es muy difícil sortear. Si se pierde el hábito de dar conocimiento al mundo de las menudencias de nuestra jornada, se pueden contraer costumbres peores y acabar incluso olvidando oír los últimos hits de la playlist.

Además ¿qué es una menudencia? ¿lo es que le he dicho a Paula Bárbara que he visto una película de netflix con Ramón Ignacio? No me lo parece, antes creo que son noticias que no debemos guardárnosla como egoístas sino que es un signo de generosidad compartirla con el resto de la humanidad. ¿Se ignora que de bagatelas e insignificancias está construida la Historia, esa señora con mayúsculas que se estudia en la ESO y que nos acosa con terquedad de inspector de Hacienda? ¿Alguien ha olvidado que Marcel Proust dedicó varias páginas de su inmortal novela a describir las experiencias que vivió mojando una simple magdalena en una taza de té que le había preparado su madre? Y Proust era Proust, un tipo fino y un auténtico filigranas cuando cogía el papel y la pluma.

“Cualquier material es bueno para el poema con que arda y se queme” nos dijo el poeta. Pues bien cualquier material es bueno para ser acogido por twitter con el alborozo merecido y en él quedará grabado de por vida como esa lápida de mármol que recuerda el lugar donde nació Menéndez Pidal. Por cierto, un historiador que se nutrió precisamente de parvedades y curiosidades filológicas.

Así que bien están los desahogos playeros y los excesos en esas noches de luna opulenta y de niñas con curvas como ánforas pero sin olvidar lo que son las obligaciones sustanciales con nuestros semejantes.

Es como si abandonáramos los lugares comunes que usamos en nuestros razonamientos y los dejáramos tristes y huérfanos simplemente porque estamos en verano. Sería terrible porque esos lugares comunes, que otros llaman tópicos, rigen el mundo, apuntalan el edificio social, son ménsulas que sostienen nuestros decires y quehaceres. El tópico es el bastón con el que nos desempeñamos en la comunicación con los vecinos y sirve además para atizar con él al antagonista por muy sabihondo que sea. Sépase, por si alguien lo ignora, que un buen tópico, hábilmente invocado, honra y da gloria a la charlatanería andante.

El tuit nos hace humanos y el tópico nos fortalece. Ambos nos hacen entrañablemente tontos. O, mejor, neo-tontos.

 

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Memoria

Cuando tenemos noticia de que algún conocido padece amnesia y que, como consecuencia de ello, ha olvidado el nombre de sus amigos, el del pueblo en que nació o el de sus parientes más cercanos, sentimos una enorme pena porque sabemos que ese estado es una modalidad de la inconsciencia muy cercana a la locura y quien la sufre tiene todas las trazas del cuitado que pretendiera bracear en un abismo con el ánimo de torcer el dictado de la ley de la gravedad. Y es que la memoria es el asidero que nos agarra a la vida, la manivela con la que accionamos la máquina de nuestra propia existencia, el cordón umbilical que nos mantiene unidos ¡nada menos que a nosotros mismos! La memoria es cuña y es palanca, reloj y timbre, museo y eco.

Por eso apena tanto constatar en las ciudades la pérdida de su memoria. Porque las ciudades son seres tan vivos como nosotros y, en cualquier caso, más fuertes ya que son capaces de llevar a cuestas el peso de la historia como si de un liviano fardo se tratara. A veces, al visitar ciudades viejas, doloridas y al tiempo risueñas, nos viene a la memoria el recuerdo de esas mujeres gallegas, frágiles, cenceñas, que llevan un enorme peso en sus cabezas, pobladas de vientos y de soles y que, aun así, avanzan erguidas y altivas.

También la ciudad debe avanzar altiva roturando los propios surcos de su futuro. Pero ese avance, precisamente porque a veces será implacable, es necesario que se haga dejando atrás aquellos testigos, aquellos hitos que le sirvan como recordatorios sobrios y eficaces de su rumia de siglos. ¿Y qué mejores señales, qué testigos más elocuentes que los que proporcionan los grandes hombres, los grandes talentos que en la ciudad han nacido o en ella han vivido y creado?

Por eso, una ciudad que no recuerde a sus grandes hombres, es una ciudad sin memoria, amnésica y una ciudad así padece como una suerte de niebla o de gripe de la propia estima, es una ciudad que ha perdido sus sueños y que está a punto de enterrar su gloria en el camposanto de la vulgaridad.

Una de las formas de recordar a esas grandes figuras, a cuyo ingenio, no lo olvidemos, debemos sin más nuestro presente, es justamente la colocación de sus efigies en forma de estatuas en las plazas, en los parques y en los jardines, en las calles y en aquellos edificios, públicos o privados, en los que su presencia tenga un valor simbólico. Las estatuas deben ser así las anclas que la ciudad aferra al fondo de su pasado para quedar sujeta, más segura, menos vulnerable.

Por lo mismo que las ciudades españolas han destruido vestigios importantísimos de su pasado y han creado barrios horribles, signos todos ellos de amnesia y zafiedad, por eso mismo, en España hay pocas estatuas como hay pocas lápidas o detalles conmemorativos que recuerden que aquí nació don fulano o allí estuvo el taller de don mengano. Los mismos rótulos de las calles omiten explicarnos quién fue la persona a quien el propio espacio se dedica, al contrario de lo que ocurre en los países más cultos, donde se expresan las fechas en las que vivió y la ocupación en la que el homenajeado llegó a dejar memoria imperecedera.

Y cuando se erigen estatuas existe una tradición que obliga a colocarlas sobre altos pedestales, sobre peanas de distancia y de pretendida veneración. Esto es absurdo. Para ser respetuoso, sería preciso instalar las estatuas distinguiendo el cometido que en vida hubiera desempeñado el personaje que ha merecido el trabajo del cincel y el buril.

Así, es lógico que al emperador Carlos lo coloquemos sobre un caballo porque a caballo anduvo en vida de un lado para otro enmendado entuertos en un imperio imposible y a su hijo Felipe le cuadra un podio inaccesible porque inaccesible fue como monarca en vida. Lo mismo ocurre con los generales y con los grandes hombres de la guerra que pueden inmortalizarse distantes, a lomos de hermosos corceles, avistando un enemigo terrible y desafiante. Pero ¿a qué viene colocar a los escritores y a los poetas o a los pintores sobre columnas o podios? Nadie está más cerca de los afanes de su pueblo, nadie acierta a interpretar más fidedignamente los sentimientos, las dudas y cavilaciones, las esperanzas y las frustraciones de la época que le ha tocado vivir como el escritor, el poeta, el pintor… ¿Por qué poner entre ellos y el pueblo que les admira distancia, lejanía, separación? ¿A qué viene exponerles como si fueran san Luis Gonzaga o la Virgen del Carmen?

Porque fueron hombres sencillos y corrientes, debemos bajarles del pedestal e instalarles al nivel de cualquier viandante porque viandantes fueron sólo que con el privilegio de llevar en sus pupilas la auténtica mirada del mundo.

 

 

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El quiosco de periódicos

De la ciudad, ay, de cualquier ciudad van desapareciendo sus símbolos tradicionales, esos entorchados que acreditan su condición de espacio pleno de expresividad para quienes la habitan. La ciudad es ser vivo y, como tal, crece, se estira, muestra su energía juvenil en barrios y plazas, le nacen canas en otros, se transforma, muere … Cuando una ciudad ha sufrido una guerra y, a su término, se advierten los signos de la devastación ofrece una imagen bien parecida a la de quien ha pasado por una operación y una larga estancia hospitalaria le ha arrasado las facciones y le ha conferido ese aspecto valetudinario que nos conmueve y apena.

Pero hay otra transformación de las ciudad que -por ser más silenciosa- nos pasa desapercibida hasta que un día caemos en la cuenta y nos preguntamos dónde está aquella pastelería en la que vendían unos canutillos de crema certeros como venablos de un fauno travieso o esa librería cuyos volúmenes parecían querer cogernos de la mano y alzarnos en vuelo para llevarnos allá donde el horizonte se puebla de antojos.

O reparamos en que ya no hay buzones de correos y, los que quedan, son como soldados de un ejército en plena desbandada. O se han despedido las cabinas telefónicas y no está lejos el día en que lloraremos a los semáforos que se habrán sustituido por una aplicación como por cierto ellos sucedieron en su día a aquellos guardias erguidos y vigorosos a quienes en navidades veíamos rodeados de pavos y cajas de mazapanes y turrones.

La más lacerante de estas muertes, la que estoy viviendo con un mayor desasosiego, es la de los quioscos de venta de prensa. Repase mentalmente el lector los que se encontraba hasta hace poco en su trayecto a la oficina o en su paseo por el centro. Quedará, si acaso, alguno evocando nostálgico su pasado ajetreado o rezando las cuentas de su afligida soledad y comprobaremos, si nos fijamos, que nos pide la caridad de nuestra atención fugaz, la piedad de echarle unas monedas. A cambio nos dará el periódico del día, recién imprimido, con las crónicas de lo que va muriendo y de lo que va naciendo, con mareos de titulares terribles pero también con la caricia de otras noticias sencillas o el placer de encontrar nuestras columnas preferidas, esas que han sido escritas por su autor mojando la pluma en la tinta de la prosa galana y de los adjetivos (que son los capiteles de esas columnas).

Recomiendo que hagamos caso a ese quiosco suspiroso porque nos va a regalar un sencillo ademán de gratitud, de tierna dulzura y, si nos quedamos junto a él un rato, nos abrirá sus brazos -esas puertas que se cierran por la noche- y su gesto de confianza y de amistad nos sabrá tan suave y dulce que lo recordaremos como esos minutos destacados de nuestra vida que guardamos en un estuche.

¡Ah, el quiosco de la prensa! ¡Ah, su quiosquero o quiosquera! Eran estos como guardas veteranos de una garita desde la que se vigilaba el trasiego de noticias, de revistas de coloridas portadas, algunas subidas de tono pues que exhibían tetas como racimos en un palco ubérrimo, de deliciosos cuadernillos de crucigramas, de postales con la ciudad nevada en invierno …

El quiosco tenía algo de atalaya de lo cotidiano, de encrucijada donde se encontraban el lector curioso con el mundo envueltos ambos en una especie de cucurucho mágico. El quiosquero era el gobernador de la torre del homenaje, altanero allá en su oficio antiguo, dispuesto a defender a todo trance su fortaleza de papel.

Hoy, cuando esa torre se cuartea a paso veloz, al menos tributémosle el homenaje de esta sosería porque de aquel quiosco del que salían noticias como palomas hoy no queda sino el trazo mustio de un palomar olvidado y arrinconado por las urgencias de móviles y tabletas.

 

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Castidad

La constitución de una asociación para la defensa de la castidad en una ciudad española de árabes castillos y jazminados cármenes ha originado un gran revuelo en la opinión pública y muchas plumas periodísticas han dirigido a tal iniciativa bromas y chanzas, todas ellas descalificadoras y poco respetuosas.

A mí me parece que cada cual debe asociarse con quien le plazca y para lo que le pete siempre que no sea para meter el dedo en el ojo del vecino. Es esta una poderosa conquista constitucional y a su amparo existen en España todo tipo de asociaciones: la de canaricultores, la de jugadores de golf y la de amigos de los jugadores de golf, la de madres solteras, la de cuñados solitarios, la de cazadores con arco, la de exportadores de cefalópodos, la de devotos de la medalla milagrosa, la de impresores de formularios, la de admiradores de Greta Garbo, la de onanistas… Tienen sus domicilios sociales y sus teléfonos al alcance de cualquiera. ¿Y ocurre algo? Nada digno de destacar como no sea lo mucho que se aburrirán los componentes de algunas de ellas pero este hecho, el de si se aburren o se divierten, nada interesa a quienes no sean sus socios.

La asociación para la castidad es, a mi entender, una más y tan respetable como cualquiera otra. Si unas cuantas decenas, centenares o miles de castos y castas se reúnen y se regodean en su castidad, comentan entre ellos el tiempo que llevan sin comerse un rosco y adoptan el acuerdo de persistir en tan morigerada conducta ¿qué les importa esto a quienes retozan con regularidad?

Además, los castos y castas asociados se proclaman estrictos católicos y la Iglesia siempre ha defendido la castidad: desde Taciano el asirio, quien sostenía, separándose de lo que había proclamado su maestro san Justino, que el matrimonio era “simple fornicación” hasta el papa Pío XI, a cuya pluma se debe la encíclica “Casti connubii”, alegato en defensa de la castidad de los esposos. Para san Alberto y para santo Tomás el placer sexual no se da nunca sin pecado, aunque distinguen entre quienes se recrean en la suerte o ponen pasión en el trance, que pecan fuerte, y quienes lo hacen de forma algo displicente o dengosa, que pecan bastante menos. Y todo ello está justificado, además, por razones fisiológicas pues un monje, que poseyó en una noche a una dama repetidas veces, falleció poco después del toque de maitines y en la autopsia se comprobó que su cerebro había quedado reducido al tamaño de una granada y tenía los ojos aniquilados. Esto sin contar con que la calvicie, desde siempre, ha estado ligada al placer venéreo.

Además, tal virtud debe cuidarse como quebradiza flor porque es muy delicada. No en balde nos recuerda Tirso en El Burlador que:

La mujer en opinión
siempre más pierde que gana,
que es como la campana
que se estima por el son.
Y así es cosa averiguada
que opinión viene a perder
cuando cualquier mujer
suena a campana quebrada.

Conclusión: sus razones tienen y, como se advierte, poderosas quienes deciden consagrarse al cultivo de la castidad.

Ahora bien, deben evitar los riesgos que la misma entraña y que algunos médicos han estudiado. En un libro publicado hace algunos años, el doctor Paul Voivenel los agrupó bajo el título “Peligros, trastornos, crímenes y aberraciones de la castidad”.

Su autor demuestra cómo la comisión de muchos delitos está unida a la práctica de la castidad; incluso cómo algunas conductas delictivas son típicas de enfermedades que padecen los castos. La histeria, que en su origen etimológico está ligada al útero, produce contorsiones, suspiros, ojos en blanco y todo ello no es sino una satisfacción imaginativa del acto sexual prohibido. Pero es que a la histeria se deben muchos crímenes y hechos terribles. También los casos de envenenamiento más famosos están emparentados con actitudes de remilgo ante el sexo y la práctica del envío de anónimos narrando falsas violaciones o imaginadas infidelidades que acaban en asesinatos o en injustas condenas tienen su origen en la castidad perversa. ¿Quién no recuerda los crímenes en conventos y las acusaciones demoníacas, como aquella de las ursulinas de Loudun que llevaron a una calentita parrilla al capellán que con ellas fornicaba? ¿Quién no se ha estremecido con la “Teresa Desqueyroux” de Mauriac?

Pero si nuestros castos logran mantener la virtud sin envenenar, asesinar ni enviar anónimos turbadores, con su pan se lo coman. Corresponde a los demás respetar sus sobrias prácticas y, el que pueda, entregarse a la concupiscencia.

 

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