La alcachofa

Aunque he sido moderadamente aficionado a carnes, embutidos y otros productos de la charcutería, bajo la influencia de lecturas vegetarianas, he estado a punto de abandonar el salchichón, la sobrasada y los filetitos de pechuga de pollo si no hubiera sido porque, de pronto, me he preguntado por la alcachofa que, evidentemente, no está incluida entre las prohibiciones y por tanto se puede comer libremente.

Y es aquí donde han saltado las alarmas en mi mundo de convicciones y creencias. Porque, consumidor destacado como soy de alcachofas, lo que más me gusta de ellas es el corazón, que es lo más tierno, delicado, sensible y esponjoso que puede un ser humano llevarse a la boca. Naturalmente no comparto la tesis que sostenía Josep Pla según la cual el consumo de verduras y legumbres es algo asociado a un padecimiento físico o a una desgracia de mayor consistencia. Para mí, el corazón de la alcachofa es el bizcocho del mundo vegetal y su suavidad proyecta en quien lo come armonía y un sentido desarrollado de la justicia.

De la misma forma, la alcachofa a la plancha, que alberga parte del corazón pero también de las hojas, es algo de especial finura y nos lleva a ser amenos y entretenidos en la conversación. Una persona que habitualmente enciende la plancha y tiene la paciencia de poner sobre ella láminas de alcachofa y después, claro es, las come es alguien que tiene ya mucho camino recorrido en el disfrute de una vida que gana así en aliciente y en liberal variedad. Es como quien sabe disfrutar de un aria de ópera: no puede ser mala persona.

Pero volvamos al corazón de la alcachofa a la que, como digo, tan aficionado soy. O “era” debería decir. Porque, de pronto, me he dado cuenta de que ese corazón podía estar enamorado y por tanto qué derecho tenía yo a comérmelo sin complacencias, sin atender a sus hermosos sentimientos. Esta perspectiva es la que me ha hecho reticente a las alcachofas y recuerdo la época en la que, antes de hervirlas, les quitaba las hojas y buscaba con saña, allá en sus lechos, sus corazones, extrayéndolos sin piedad, embadurnándolos ligeramente con limón para que no ennegrecieran y los ponía a cocer en una olla exprés para dar al proceso, encima, mayor rapidez y por tanto mayor crueldad, mayor ¿como diría yo? mayor falta de corazón precisamente.

Vivo con un nudo en la garganta cuando pienso en esa alcachofa enamorada de un guisante, que sueña con él, con compartir una vida en común, que hacen sus planes de vegetales entrañables y -sobre todo- decentes, vegetales que a nadie dañan. Entonces aparezco yo, y como vegetarianista o vegetariano que anhelo ser, los extraigo a ambos de la tierra y me dispongo a comérmelos creyendo encima que albergo corteses miramientos porque, de esta forma, estoy respetando a las vacas, a los bueyes y a los cerdos.

¿Qué diferencia hay, me pregunto y pregunto, entre una vaca y el corazón enamorado de una alcachofa?

Por eso propongo que las alcachofas se vendan con un símbolo que indique si su corazón estaba o no enamorado de la misma manera que los demás alimentos llevan advertencias acerca de la cantidad de proteínas, grasas o calorías que albergan.

¡Ah, la alcachofa, lírica y romántica entre los más líricos y los más románticos!

 

 

Publicado en: Blog, Soserías
Un comentario sobre “La alcachofa
  1. ana dice:

    me alegra saber que no estoy sola con este pensamiento…. mi corazón , no de alcachofa, también anhela el” vegetarianismo” pero la duda siempre está ahí … comer o no comer… reino animal y vegetal… es igual.

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