Autonomías e iglesias orientales

Difícil es saber la razón por la cual en el debate eterno que vivimos sobre las autonomías, las nacionalidades, las regiones, las plurinacionalidades y demás, a nadie se le ha ocurrido echar mano de la “autocefalia” para organizar nuestra España dolorida y ya con alarmas de aburrimiento.

Quizás porque es palabra que no acogen los diccionarios pero todos sabemos lo que significa a pocos conocimientos que tengamos del idioma griego. La autocefalia es además la forma que tienen de establecerse las iglesias orientales cristianas que no son romanas.

Despliegan una gran imaginación organizativa y nos dan ejemplos que nos pueden orientar (por eso son orientales) acerca de la forma de darles cuerpo y llevarlos a la realidad hispana. Así, por ejemplo, el patriarca de Constantinopla se empeña -quizás por tener el mayor número de fieles- en tener autoridad para crear o suprimir patriarcados, obispados y, en general, para definir su territorio según sus acuerdos y órdenes. Es decir, como un presidente del Gobierno español cualquiera. Y, como al mismo personaje le ocurre, la Iglesia oriental rusa -por ejemplo- le hace un barbado corte de mangas.

Porque, junto a la iglesia ortodoxa de Constantinopla, con este patriarca gallito e ínfulas históricas y canónicas, nos encontramos con los de Jerusalén, Antioquía y Alejandría. Pero luego existen patriarcados como el serbio, el rumano, el búlgaro y, por si fuera poco, los arzobispos de las Iglesias albanesa, chipriota, polaca … cada uno de ellos con sus competencias, sus simulacros de parlamentos, sus sacerdotes, que a veces se llaman popes, sus fuentes de ingresos propias …

Pueden crear diócesis episcopales, que es el meollo de su autoridad, y disponen de autonomía al resolver sus enredos internos y embrollos teológicos sin tener que someterse a autoridades superiores que les puedan leer el catecismo y despojarles de sus atribuciones. Pero, aunque independientes, se encuentran “en comunión entre sí” lo que proporciona unos lazos de mutuo entendimiento y aleja el hecho de querer darse de estacazos entre ellos. Toda una refinada muestra de lo que podemos llamar aplicación de los principios de solidaridad y de cooperación.

¿Queremos más? Pues tenemos las iglesias autónomas, de mayor rango, y las autogobernadas que ostentan menores poderes en relación con sus iglesias autocéfalas madres. Entre las primeras contamos con la  japonesa, la china, la estonia, la finesa … y, entre las pobres segundas, el último reducto de autogobierno, una especie de municipios españoles intervenidos por el ministro de Hacienda, se encuentran la moldava, la ucraniana, la de Creta y otras criaturas desviadas de las más celebradas verdades teológicas.

Hay, para seguir alimentando el apetito, aquellas iglesias que se consideran apartadas de las autocéfalas orientales, pero que, acaso por esa cierta deslealtad, están en buenas relaciones con las iglesias católica o protestante.

Todo este despliegue, tan rico como piadoso, estuche de enseñanzas para el orbe entero, se debe al Gran Cisma, allá en el siglo XI, con el patriarca Miguel Cerulario al frente, que era un personaje de barbas fluidas y ánimo inquieto a pesar de contar ya con una edad de las que podemos llamar agobiadas.

¿No encierran estas enseñanzas de las iglesias orientales lecciones para nosotros, los españoles de este siglo XXI? ¿no deberían recurrir algunos partidos a ellas para alimentar sus propuestas políticas?

Creo (y es la conclusión de esta sosería, feliz por contemplativa) que la historia eclesiástica y el hecho de aventurarnos por entre las creencias de países remotos  refrescan la mente. Pero, atención, como a todos nos gusta entregarnos a meditaciones arriesgadas, corremos el riesgo de que al final nos asalte en cualquier esquina la congoja de la patria, la ansiedad de la nación y otras cabriolas y bellaquerías del intelecto.

Pues es probable que ese que nos acomete en la esquina truculenta gaste maneras de bandolero descomulgado.

 

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Publicado en: Blog, Soserías

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