El formulario

El formulario es el sueño del oficinista, diríamos su orgasmo si nos saliera el componente rijoso de la prosa.

-Ahí tiene usted el formulario. Rellénelo. Es la voz que procede del hondón burocrático y que resuena como un estallido, como el látigo reglamentario que anonada.

En las oficinas ricas en formularios, el funcionario precisa:

-Rellene el formulario A 267JN.

Porque existen esas oficinas que ofrecen ramilletes de formularios como la violetera del cuplé ofrecía ramilletes de violetas. Me imagino que en ellas los formularios trenzan idilios y hasta copulan porque tienen su corazoncito y sus horas de exaltación y de abatimiento.

El formulario, a medida que se asienta y cobra prestigio, gana su mayoría de edad y, como si dijéramos, vida propia y unas maneras sacerdotales. Es entonces cuando el formulario se convierte en sacramento que acapara todo lo que de misterioso y cabalístico tienen la Administración y sus abismos.

Hay oficinas que exponen en un panel la lista de formularios para que el ciudadano elija como en esas iglesias en cuya puerta hay un número de teléfono para que, quien de pronto padezca un apretón de sacramentos, pueda elegir entre ellos. La vieja fórmula del marxismo es preciso renovarla y decir “de cada cual según sus capacidades a cada cual según sus formularios”. El formulario como el alfa y el omega de nuestro yo burocrático.

Habría que hacer una historia del formulario -como habría que hacerla de los membretes- y situar el punto exacto de su nacimiento, acaso allá en las covachas austracistas, y su posterior apogeo hasta convertirse en ese signo sensible que es, lo que a la postre significa sacramento.

Porque, como si su historia no fuera ya suficientemente gloriosa, en esta hora, tan llena de esencias nuevas, el formulario está viviendo una transformación al haberse desposado con la modernidad. Hoy los encontramos -y los podemos “bajar”- de las herramientas y los instrumentos virtuales, lo que ya es el colmo del enardecimiento burocrático, el nacimiento de una nueva era geológica, de un flamante capítulo en la historia que propongo del formulario. Vuelvo a la iglesia que, puesta también al día, ofrece los sacramentos por internet, excepto el de la extremaunción que carece de una “app” adecuada porque en el ataúd no hay cobertura.

-Bájate (con el confianzudo y maleducado) el formulario de moodle, oímos al funcionario que ya no es tal sino un contratado laboral discontinuo con másteres de consulting, marketing y management.

En la Universidad, según me cuentan, ahora proliferan los formularios, las aplicaciones y los sistemas de gestión que respaldan la interacción grupal.

Tengo observado que, desde que el mundo es mundo, en las aulas, como en los laboratorios y seminarios, siempre ha habido el profesor creativo e ingenioso y el badulaque escalafonado tullido por sus rutinas. Y no hay Bolonia ni reforma ni campus de excelencia ni otras zarandajas que acaben con esta summa divisio de mis colegas.

Hoy, desgraciadamente, el espacio universitario en el que impera la bobería burocrática está ocupando el templo donde se rinde culto al talento y a la imaginación.

Es la plenitud del formulario.

 

 

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Publicado en Blog, Soserías

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