Cervantes, políticos y redes sociales

Hablar mal de los políticos se ha convertido en una vulgaridad parecida a hablar del tiempo en un ascensor con un vecino. En el sentir general son sin más unos gilipollas, me refiero a las mujeres porque quienes son hombres entiendo que serán gilipollos.

Por eso trato ahora de romper una lanza en favor de tales abnegados conciudadanos aun a sabiendas de que escribo contra corriente, es decir, alejado de los gustos y tópicos imperantes.

Y es que un político -pongamos un diputado- es una persona que ha de atender el teléfono móvil de forma inhumana porque son muchos quienes desean oír la voz del eminente personaje o trasladarle sus cuitas. No contestar es signo de engreimiento y ahí está el asediado telefónicamente templando gaitas y escuchando memoriales, avisos y arbitrios con el mejor talante que los dioses le han prestado.

Pero además, a esa misma víctima, le envían constantemente mensajes a través de ese invento que se llama guasap y, si no tienen inmediata respuesta, será motejado irremediablemente como personaje merecedor de que se le aplique el fango pegajoso del descrédito.

Queda lo peor: existen las redes sociales y así como antes existía el infierno, agujero agobiante y pestilente en el que se administraba toda suerte de martirios, hoy existen las tales redes sociales, escuela de enredadores, titulados cum laude en el arte de esparcir bulos y patrañas más la pericia en perpetrar canalladas. Hoy sería preciso un Miguel de Cervantes para que escribiera el gran libro debelador de la mayoría de estos personajes presentes en las redes que son lo contrario de los caballeros andantes pues jamás pretenden ni socorrer al que lo necesita, ni amparar a una doncella o caballero ni desfacer entuerto alguno, por el contrario, los fabrican y hacen circular, embadurnando a sus víctimas con impunidad porque las más de las veces actúan embozados como miserables máscaras de carnaval. Son por todo ello, como diría don Quijote, “depositarios de mentiras, armario de embustes, silo de bellaquerías, propaladores de sandeces y enemigos del decoro …”.

Pero, y ahí la gran desgracia, nuestros políticos se creen en la obligación de atenderles y aun de acomodarse a sus necios gustos y a sus superficiales juicios pues ha de saberse que los “enredados” hablan de aquello de lo que no tienen cabal noticia.

De ocuparse de estos bribones y guiñapos se siguen los mayores disparates para el buen discurrir de la república porque es tiempo que no se emplea en tratar asuntos graves y beneficiosos para el ciudadano normal. O de solazarse releyendo La Regenta o escuchando una cantata de Bach lo que siempre ensancha y refresca las entendederas.

En tales condiciones se advertirá que, atrapado en estos embelecos, si algo les sale recto a nuestros políticos y diputados es el producto de una casualidad. Y, encima, les aborrecemos por no saber cumplir con su oficio.

Por todo ello, el grito revolucionario debe sonar así en la gran bóveda de la política nacional: ¡liberáos, diputados, y poned cerco a los modernos trajinantes de bribonadas!

 

Publicado en: Blog, Soserías

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