La hora de Felipe VI

Ya sin vigor la propuesta que el Rey hizo a don Mariano Rajoy para presentarse ante el Congreso de los Diputados como candidato a la presidencia del Gobierno de España, procede que don Felipe tramite “sucesivas propuestas” de acuerdo con las previsiones del artículo 99 CE.

Naturalmente puede el monarca volver a designar al presidente del Partido Popular como candidato o puede intentarlo de nuevo con el secretario general del PSOE al ser los dos partidos con mayor representación en la Cámara. Pero la Constitución le permite intentar alguna otra fórmula.

Teniendo en cuenta que estas dos personas ya han sido rechazadas por los parlamentarios en esta y en la pasada legislatura y que, como consecuencia de ello, la situación se ha enquistado, nada impide -ninguna norma constitucional, quiero decir- que don Felipe busque una personalidad con el adecuado prestigio -un académico, un político retirado, un miembro de la Judicatura …- para que recabe la confianza de los partidos representados en el Congreso en los términos que exige el artículo 99. 3 CE. Podría ser alguien que se comprometiera a presidir un Gobierno transitorio, con un plazo determinado y un programa que permitiera hacer frente a los compromisos más ineludibles de España con las instituciones europeas e incluyera asimismo las reformas que las formaciones políticas consideraran más urgentes o necesarias.

Recordemos que don Juan Carlos, respetando en todo momento la Constitución, salvó la democracia española en la noche ominosa del golpe de Estado en febrero de 1981. Pues bien, aunque las circunstancias son felizmente bien distintas, lo cierto es que se ha llegado a una situación diabólica que está arriesgando la seriedad de nuestro sistema político y la credibilidad de quienes lo representan. Por eso es llegado el momento de recordar que el Rey “arbitra y modera el funcionamiento regular de las instituciones …” (artículo 56. 1 CE) y, si acudimos al Diccionario de la Real Academia, sabremos que “arbitrar” significa “idear o disponer los medios, medidas o recursos necesarios para un fin” y “moderar” es “templar, ajustar o arreglar algo, evitando el exceso”. Se convendrá conmigo que ese exceso al que se refiere el Diccionario sería la convocatoria de las terceras elecciones en un año.

Ningún obstáculo existe en la Constitución para que el jefe del Estado proceda de esta manera pues está facultado para designar como candidato a quien desee y esa persona se convertirá en presidente del Gobierno si obtiene el respaldo de la Cámara. Estas son las reglas de nuestra democracia parlamentaria.

Como ya estoy oyendo alguna voz que puede precipitarse a agitar ante la opinión pública el espantajo del “borboneo”, me apresuro a decir que el tal “borboneo” fue una práctica abominable del bisabuelo del actual monarca consistente en dejarle elegir, para presidir un gobierno, entre los líderes de las diferentes facciones de los partidos (los Romanones, García Prieto etc). Aunque don Felipe es nuevo en el oficio, creo que la inmensa mayoría de los españoles advertimos en él cualidades que le alejan de las maneras -suicidas para un monarca- de su ilustre antepasado.

La designación de esa personalidad a la que me he referido, que lograra atraerse la confianza del Congreso con un programa precisamente pactado, se encuentra, insisto, entre sus atribuciones constitucionales que se hallan libremente configuradas en el art. 99. 1 CE. Y de otro lado, el fin de propiciar “el funcionamiento regular de las instituciones” (art. 56. 1 CE) justificaría sobradamente activar sus facultades de árbitro y moderador.

 

(Publicado en el periódico El Mundo el día 5 de septiembre de 2016).

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