Europa: la hora de la audacia

Una victoria elocuente sobre los antieuropeos en el Reino Unido hubiera sido una gran noticia. Una victoria apurada hubiera sido una mala noticia. Por eso la derrota del europeísmo, en los términos en que se ha producido, debe verse como una ocasión propicia para avanzar por la senda de la integración europea. Sobre todo si se tiene en cuenta que, como ha notado Martin Schulz, los grandes proyectos de la Unión estaban paralizados por el veto o por las maniobras dilatorias del Reino Unido.

Europa se ha ido construyendo con los materiales de las crisis y de los grandes desafíos. Ahora es el momento de actuar con decisión y la primera muestra de ello han de ofrecerla las autoridades de Bruselas no tolerando que sea el premier británico quien notifique cuando le pete al Consejo Europeo el resultado del referéndum celebrado el jueves. Por decirlo con una palabra inglesa: urge poner una gran señal de stop a las deslealtades.

Y asimismo, por emplear una expresión alemana, “raus ist raus”. Háganse los acuerdos y apruébense en buena hora los instrumentos precisos para hacer frente a la nueva situación pero pensando en los intereses y beneficios de las empresas y de los ciudadanos europeos, no de los británicos.

De otro modo crecerán los populistas y los comunistas que odian a Europa porque odian la mundialización y las formas democráticas de la convivencia. Formas estas rellenas de defectos pero que son puro mimo y delicia si se las compara con las que estas fuerzas proponen. Que alguien explique en qué momento de la historia alguien ha vivido satisfactoriamente y en libertad en un régimen comunista.

En estas horas turbias se acumula además un aluvión de peticiones de referendos.  No caer en esa trampa se impone si no queremos perder el buen sentido. Y ello porque el referendo es, a salvo lo que luego voy a señalar, un instrumento no de la democracia sino de la demagogia. Es decir, un instrumento que se pone en manos del ciudadano para pronunciarse acerca de una cuestión que exige un ejercicio muy afinado de responsabilidad y que, por su complejidad, dificílmente puede valorar en su cabal integridad. ¿Alguien se imagina que las instituciones europeas hubieran echado a andar en 1957 con el Tratado de Roma o, antes, con el del Carbón y el Acero si hubieran necesitado el refrendo de las poblaciones?

El referendo es un recurso que gusta mucho a los dictadores y por ello durante la dictadura franquista no había eleccciones pero sí hubo referendos. Es más: una de las “Leyes fundamentales”, el sucedáneo de Constitución de aquel régimen, era precisamente la que regulaba el referéndum nacional. Y Hitler sometió a referendo la anexión de Austria a su Reich y de la misma forma se hizo con el territorio de la cuenca del Sarre por el mismo dictador alemán. Y tantos otros ejemplos.

Por el contrario, el referendo es positivo cuando el ciudadano dispone de todos los elementos de juicio y de conocimiento para emitir su voto y contestar honestamente sin necesidad de superar varios cursos y seminarios (en la esfera local es a veces recomendable, en Alemania se están celebrando muchos relacionados con la “remunicipalización” de servicios públicos).

Sin embargo, el “no” ha de ser rotundo al referendo cuando el gobernante lo utiliza para dar el gato de un gatuperio político por la liebre de la democracia rectamente entendida. Que es lo que ha hecho el premier británico David Cameron quien, para solucionar un problema político personal, aprobó una medida que está a punto de llevarse por delante al propio Reino Unido. Es la de Cameron la actitud de quien quema los cuadros valiosos de un palacio para calentarse las manos. Porque se convendrá conmigo que los males del populismo emiten sus peores y más destructoras ondas expansivas cuando es el propio jefe del Gobierno quien los encarna.

Mediten la Comisión y el Parlamento europeo los pasos a dar a partir de ahora, apréstense las reformas necesarias para integrar Europa, para dar respuesta a las necesidades de la ciudadanía, a las económicas y laborales pero también a las culturales, educativas o de ocio creativo … Los peligros acechan porque quienes desean acabar con Europa están envalentonados. Como ha destacado en las páginas de Die Zeit el ensayista búlgaro Ivan Krastev, los imperios y las grandes formaciones políticas llega un día que se desploman y lo hacen sin necesidad de  acuerdos tomados por mayoría: simplemente se vienen abajo cuando un pequeño grupo de personas pesimistas o sin el suficiente arrojo les retiran su confianza y esa circunstancia cambia el cálculo de todos quienes sostienen la empresa.

Bruselas está necesitada de un astrolabio, de una brújula para acertar en el rumbo de una navegación audaz. Encontrarlo es cuestión de supervivencia.

 

(Publicado en El Mundo).

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2 Comentarios en “Europa: la hora de la audacia
  1. Rosa dice:

    No puedo estar más de acuerdo.

  2. Altiero Spinello dice:

    Nos hemos librado de un socio obstruccionista (y geopolíticamente desleal), con profundas diferencias, seguramente irreparables, en la concepción de la Unión. Ellos quieren una zona de libre cambio y basta. Mejor así. Dicho con todo el respeto por el Reino Unido; todo su derecho a ser como son, pero no los deseo como socio, sino como cordial vecino. Cuánta razón tenía el general De Gaulle.

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