Elecciones y lecciones alemanas

LAS ÚLTIMAS TRIPLES elecciones regionales en Alemania de marzo pergeñaron un panorama político intrincado que, sin embargo, ha sido solventado por la clase política alemana con cierta rapidez por medio de una mezcla de flexibilidad programática y responsabilidad institucional. La prensa destacó en su momento el relativo varapalo sufrido por la canciller Angela Merkel así como por los socialdemócratas. Desapercibido pasó el hecho de que el peor resultado se hallaba en la Izquierda (‘Die Linke’), el partido (pos)comunista, pues al fracaso de no sentar plaza en los dos parlamentos occidentales en liza (Renania-Palatinado y Baden-Württemberg) unieron su débil tercera posición en el Land oriental de Sajonia-Anhalt donde habían llegado a coquetear con la idea de gobernar. Buena parte del voto de protesta que engrosaba las arcas electorales de esta izquierda migró al nuevo partido Alternativa para Alemania (AfD, en sus siglas en alemán), de claras tendencias populistas de derechas e indudablemente el gran vencedor de los comicios.

Los resultados se presentaban inusitados por varias razones para la formación de los gobiernos regionales. Notable era el hecho de que por primera vez tras la Segunda Guerra Mundial los dos grandes partidos no pudieran en ninguno de los tres casos formar una gran coalición pues su suma no llegaba a la mitad de escaños. Junto a ello, la presencia cuantiosa de los populistas imponía a los demás partidos la tarea de clarificar su posición hacia esta nueva organización. Evitar la indeseada repetición de las elecciones impuso la necesidad de pactos novedosos, lo que se ha logrado en un tiempo corto en los tres territorios dando lugar a amplios gobiernos de coalición.

Tales pactos se han hecho atendiendo a dos premisas: garantizar gobiernos estables para evitar las elecciones y excluir al nuevo partido populista de los resortes del poder. Los guarismos electorales no ponían fáciles ninguno de los dos fines perseguidos y sin embargo en los tres casos se han ultimado coaliciones poco transitadas en la política alemana. En efecto, en Baden-Württemberg, democristianos y verdes han llegado a un acuerdo casi desconocido hasta ahora y que quizá resulte premonitorio para el próximo gobierno federal alemán. En Renania-Palatinado han sido liberales y verdes quienes han aceptado formar parte del gobierno dirigido por los socialdemócratas. Aún más condimentado se han guisado los acuerdos en Sajonia-Anhalt donde los democristianos han sentado a su lado a socialdemócratas y verdes.

Varios aspectos, creemos, son de destacar de este proceso político. Relevante a nuestros efectos es el escaso tiempo que han exigido estas operaciones. En unas seis semanas se han puesto de acuerdo organizaciones políticas cizañosamente enfrentadas poco tiempo antes. Confrontados con unos resultados de trabajosa digestión poselectoral, los políticos alemanes no han tenido la tentación de volver a echar los dados para ver si los dioses y los ciudadanos les eran esta vez propicios. Por el contrario han logrado maridar a partidos ideológicamente distantes, sin que ello se haya identificado como una mancha en el pedigrí ideológico de esas organizaciones.

Al mismo tiempo, el método también es relevante. El sistema de negociaciones ha venido acompañado por las inevitables pullas, tiranteces y pellizcos mediáticos que se han endilgado unos y otros. Pero los debates no se han dejado al albur de comentarios lanzados al desgaire en tertulias televisivas, sino que se han sometido al concienzudo desmenuce de negociaciones serias. Un ejemplo de ello pueden ser las encauzadas por los verdes y los democristianos en Baden-Württemberg. Se formaron allí nueve grupos de trabajo (energía, educación, finanzas, justicia, integración, etc.) que tuvieron dos semanas para cerrar acuerdos. Sustancial a este respecto es que, lejos de llegar a pactos vagos, la política alemana exige concretos documentos programáticos donde se detallan con precisión los acuerdos alcanzados.

Por ejemplo el acuerdo mencionado en Baden-Württemberg se ha plasmado en un documento de más de un centenar de páginas donde se estipulan cuestiones tan diversas como la creación de numerosas guarderías para la conciliación laboral, la convocatoria de plazas para la policía, el apoyo decidido a las medianas empresas o un paquete especial para la integración de los nuevos inmigrantes. Documentos con un volumen similar o mayor de detalles y páginas se han firmado también en las otras dos regiones. Finalmente, casi todos los partidos han sometido sus acuerdos a votaciones en los órganos colegiados correspondientes de sus organizaciones o entre sus bases. Los Verdes de Baden-Württemberg, por seguir con el mismo ejemplo, han refrendado con un apoyo de casi el 90% el acuerdo con los democristianos. No es el único caso: los socialdemócratas de Sajonia-Anhalt han mostrado unos porcentajes similares a la hora de decidir su apoyo a un presidente democristiano.

Las consecuencias de todos estos pactos están todavía por ver. Pero parece poco probable que la formación de estas coaliciones tan variopintas desde la perspectiva hispana tenga consecuencias negativas para sus firmantes. Las razones para ello son variadas. El hecho de que los acuerdos tengan un alto grado de detalle permite que los firmantes puedan indicar a sus votantes habituales cuáles son las medidas concretas que han logrado introducir en los años de gobierno. Asimismo, el esfuerzo en aras de la estabilidad política renunciando a posiciones maximalistas es también valorado por la ciudadanía. Finalmente, es muy probable que al grueso de los votantes de estos partidos no les agrade el populismo de derechas.

Porque el segundo pilar de las negociaciones fue, como decíamos, el rechazo rotundo del resto de partidos a llegar a pactos de gobierno con el AfD. Relevante a este respecto es el hecho de que esta negativa ha sido transversal, algo similar a lo ocurrido en Francia con el Frente Nacional o en general en las dos últimas décadas en Austria con el partido del fallecido Jörg Haider. No es este asunto baladí pues, desde el cálculo meramente electoral, los resultados hubieran podido facilitar por ejemplo un gobierno de los democristianos con el nuevo partido en Sajonia-Anhalt, al sobrepasar entre ambos holgadamente el 50% de los votos. Pero también programáticamente los democristianos podrían haberse mostrado cercanos a algunas posiciones del nuevo partido, por ejemplo en materia fiscal o de inmigración. Sin embargo es menester señalar que han sido miembros de este partido los mayores debeladores de los populistas tanto en la prensa escrita como en los debates y tertulias televisivas.

Ante la peculiar situación española en la que los partidos políticos se muestran incapaces, cuando no ridículamente montaraces, ante la posibilidad de llegar a acuerdos con otras fuerzas políticas, conviene que pidamos a nuestros políticos mirarse en el espejo de estos colegas alemanes. Por un lado, la flexibilidad a la hora de llegar a acuerdos no es ninguna quiebra moral sino la propia obligación institucional de nuestros representantes. Por otro, la actitud hacia partidos populistas debe ser contundente. Así, la posición de la socialdemocracia española con los populistas que moran a su vera izquierda no encuentra similitudes al menos en los grandes países europeos, donde los partidos institucionales hacen valer la solidez de su bagaje acumulado, de sus trienos políticos y de sus caparazones ideológicos para hacer frente a posturas que nos retrotraen a los aciagos años treinta del siglo pasado.

 

Francisco Sosa Wagner e Igor Sosa Mayor

(Publicado en el periódico El Mundo el día 13 de mayo de 2016).

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