Escenas históricas: XXVII Cuestión de medidas

-Parece, don Proterio, como si se le hubiere agrandado la cabeza. ¡Y está usted en edad de que se le amengue!

-¿Cómo dice usted eso, don Antipas?

-Porque conservo las medidas del anterior sombrero y aun de la chistera que se hizo usted cuando se presentó a diputado y tiene usted más largo el eje del ovoide craneal, sobre todo si se tiene en cuenta la mengua de pelo por usted padecida. ¡Un caso singular, ciertamente! A su edad la cabeza se hace más pequeñita, a nuestras edades porque usted y yo nacimos más o menos cuando lo de Africa, aunque yo soy de Santander y usted es de tierra adentro…

– ¿No habrá medido usted mal, don Antipas?

– ¿Me he equivocado alguna vez? ¡Y le hice el primer sombrero cuando nació su heredero y hoy ya va para abogado y de los buenos aquel chiquirritín! ¡Lo veremos de ministro, don Proterio, de ministro de Fomento que, no le demos vueltas, son los verdaderos ministros! ¡Lástima que ya no estaré yo para cubrir esa cabeza portentosa! Y, ahora, una mala noticia, que a un cliente antiguo como usted, me lastima mucho tener que transmitír pero … no tengo más remedio, el Señor y la Inmaculada Concepción me perdonen: no hay vicuña en el mercado. ¡No hay vicuña, don Proterio, como lo oye!

-¡Que no hay vicuña? Pero )adonde hemos llegado, don Antipas? Diga ¿adonde hemos llegado? ¿Es posible que Canalejas haya permitido esto? -Y, como dirigiéndose a un auditorio, añadió: ¡Caveant consules!

-¿Sabe quien tiene la culpa para mí, don Proterio? Se lo voy a decir: los republicanos. ¿Ha oido usted las barbaridades que dicen? ¡Y cómo tratan a la sagrada religión y a sus ministros! Pues ahí está el mal, en las alas que se dan a quienes no creen en nada:¡devotos de las Siete Llagas ya no quedamos, don Proterio! ¡Y de la Adoración nocturna, menos! Así que ahí tiene las consecuencias: la vicuña con la que se han hecho, yo al menos, he hecho siempre los sombreros, los sombreros de los señores ¡claro! hoy sustituida por… vergüenza me da decirlo, vergüenza y sonrojo, por ¡conejo! ¡Si señor! ¡Como las paellas! ¡Acabaremos haciéndolos de gambas!

-Lo pondré en conocimiento del subsecretario de la Presidencia, que es buen amigo ¡y de los antiguos!

Cuando don Proterio salió, barritando como un elefante de la India al que el nabab negara adecuada coyunda, don Antipas pensó si no debería habérselo dicho, si no hubiera sido conveniente empezar a alertar a las personas de confianza y con influencias (porque don Proterio tenía influencias, había estado a punto de ser diputado y su nombre sonaba una y otra vez para el ramo de Correos) acerca de lo que aquel tipo, que encima se las daba de artista, estaba haciendo.

-La verdad es que a lo mejor me precipito y estoy viendo más de lo que realmente hay -pensó y dijo en voz alta.

Entonces se subió en la banqueta, pertrechado de su anteojo prismático, el mismo que le sirvió para ver hacía años, casi como si estuviera a un palmo, los fastos de la mayoría de edad de don Alfonso XIII. Buscó con ellos el enorme ventanal y, tras sus cristales, allí estaba aquel hombretón de manos carnosas cincelando la imagen de María Magdalena.

Nunca le había gustado a don Antipas que el encargo se hiciera a aquel sujeto. Y así se lo había hecho saber al arcipreste: con firmeza aunque con el comedimiento lógico en un fiel para con un arcipreste de quien, además, era hijo de confesión.

-Ese hombre -le dijo al salir el sábado de aquel triduo tan bonito de la última Semana santa- no es trigo limpio y tengo mis dudas acerca de su fe en la gloriosa arrepentida.

-Es persona devota e incluso amigo del beneficiado de san Telmo, el padre Górriz, un santo, como sabrá.

Claro que el padre Górriz era un santo. Pero era, además, un sabio, un teólogo que se había doctorado en Roma, que tenía un librote publicado sobre una cosa muy complicada de los Evangelios y que, si no había llegado más alto en el servicio a Dios, era por su modestia. Como todo sabio, el padre Górriz era un despistado. Precisamente a su recomendación se debía que el encargo de la imagen de María Magdalena se hubiera hecho a aquel hombrote de las manos gruesas. Pero, se preguntaba don Antipas: ¿era lógico fiarse de una persona, por muy sacerdote que fuera, que había escrito un libro?

Por eso se alegró cuando descubrió que el escultor tenía su estudio allí, tan cerquita que lo podía ver, cierto que con anteojos potentes, desde su propio taller, aquel del que salían sombreros por docenas, como salían las gaviotas de su Santander natal a saludar a los barcos que la mar traía. Aquella cercanía le permitiría vigilar el cumplimiento del encargo.

Pronto, los hechos, tercos como sólo los hechos se saben poner, estaban (¡ay! confirmando sus negras dudas. Continuó diariamente haciendo sus pesquisas y así, con sus prismáticos calados, seguía los movimientos que el escultor imprimía al escalpelo y la gradina hasta que un día, que había amanecido con negrura de sotana, pudo corroborar sus sospechas. El escultor no sólo dejaba al descubierto uno de los senos de María Magdalena sino que este había sido trazado por el procaz artífice con unas dimensiones desmesuradas. Era por ello un seno grande y, sin embargo, nada lacio o flácido; antes al contrario, ostentaba primorosa firmeza, seductora consistencia y, por si todo ello fuera insuficiente, estaba coronado por un pezón que se dirigía desafiante al cielo, como una flecha que asoma insolente su punta por el carcaj. Don Antipas, acostumbrado como estaba a tomar medidas aunque fuera de zonas menos comprometidas, se lo dijo a sí mismo, encaramado en aquel taburete: estamos ante un pecho lascivo, un pecho lujurioso.

– Una real pechuga -fue la expresión de don Proterio cuando fue invitado a presenciar el lúbrico desacato desde el taburete.

Juntos y con la ayuda del arcipreste, que se negó a ver con sus propios ojos lo que había oido, don Antipas y don Proterio se fueron a conferenciar con el señor obispo. El purpurado, que parecía un ave y que hablaba marcando mucho y sin venir a cuento las letras que representan el sonido oclusivo, se interesó al punto y preguntó algo que a don Proterio le pareció poco pertinente:

-El otro pecho, aunque cubierto ¿guarda la adecuada correspondencia?

No supieron contestar. Entonces el prelado inquirió:

-Alguno de ustedes ¿ha sentido con la contemplación de esa obscena glándula alguna suerte de ardor, de íntima efervescencia? Les ruego que vean en mí a un indulgente pastor y por ello les agradecería que contestaran sin verecundia.

Don Antipas dijo que ninguna pero don Proterio, tras advertir que no era hombre de estuco, hubo de reconocer que, al menos, un punto de sofoco. Domeñado pero sofoco.

No necesitó oir más el purpurado. Dictó enseguida a su secretario, un clérigo largo como una espingarda, la constitución de una comisión que el mismo presidiría y en la que figurarían un canónigo, el profesor de Etica del Seminario y el capellán de coro. Todos ellos personas de buen tino.

Provistos de adecuados trebejos mensurales, no tardaron en emitir su opinión nemine discrepante: el pecho era, por sus dimensiones y, peor, por su conformación, sedes libidinis y, por ello, motivo de escándalo si por tal hemos de entender la perpetración de una acción externa, menos recta y que es ocasión de ruina espiritual. Menos unanimidad hubo en la calificación del escándalo mismo: el capellán de coro y el profesor del Seminario sostuvieron, benignamente aunque con apoyo en eminencias de la escolástica, que era simpliciter mientras el canónigo y, después, el obispo defendieron de forma resuelta su carácter diabólico.

El escultor fue insistentemente hisopado para ahuyentar de él los malos espíritus y la imagen crepitó entre las llamas.

Don Antipas y don Proterio se disputaban la banqueta y los prismáticos para ver el purificador espectáculo.

 

 

Publicado en: Blog, Soserías

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