Escenas históricas: XXV Arrepentida

Pasar de los ochenta años no es una cosa normal porque parece como si el Señor se hubiera olvidado de una…

-No digas eso, Raquel. ¿Cómo se va a olvidar el Señor de una de sus criaturas?

Déjese de sermones, don Damián, que ya sabe que si recurro a usted es porque es usted bueno y sé que me va a ayudar pero sobre todo porque yo no sé de letras y quiero contar lo que realmente sucedió y que usted lo ponga por escrito antes de irme de este mundo si es que me voy alguna vez porque lo que yo digo es que si estuviera bien no tendría ningún interés en morirme pero estando como estoy, tan averiada y con el recuerdo de lo de Bartolo aquí enroscado en el corazón, lo mejor, si el Señor hiciera justicia, sería que me llevara durante el sueño y así al despertar me encontraría en la otra vida aunque fuera en el infierno sin estos dolores que tengo en la boca del estómago y con estos desarreglos de intestino y, sobre todo, sin que me persiguiera la cara de Bartolo, que era un miserable y que se llevó su merecido pero la esquiva que era su mujer y que si la llamaban la esquiva era porque con aquel Bartolo dónde iba a ir si era tan triste y tan malo…pero ella no era mala y sus hijitos eran unas criaturitas bien lindas sobre todo el pequeñín que se llamaba Alonsito y tenía entonces el pelito muy rizado y unas mejillitas bien sonrosaditas; la verdad, Padre, es que ahora cuando pienso en esas criaturitas y en la esquiva se me pone un nudo en la garganta y a veces no paro de llorar en toda la noche, que yo sé que me voy a condenar y por eso quiero que en cuantito yo me muera lleve usted ese papel al señor alcalde o al señor juez o a quien le parezca para que entreguen el dinero y lo demás a esos niños y a la esquiva que está hecha otro carcamal peor que yo…

-¿Es esto un testamento o una confesión? Si estoy administrando el sacramento piensa que mi condición divina…

…usted, don Damián, le pone el nombre que quiera para eso sabe usted de letras y de latines y es amigo de los señorones esos del Casino con los que juega a naipes que a mí eso no me importa y por eso sigo con lo mío pues ha de saber, Padre, que Bonifacio era el más guapo de los hombres porque tenía los ojos como dos avellanas y aquella piel morena siempre tan suave que cuando, por el verano, se bañaba en el río yo tenía celos hasta de los peces porque pensaba que alguna ninfa de esas que dicen que hay en las aguas se lo iba a llevar o, simplemente, que le miraba escondida detrás de unas piedras y entonces yo desde la orillita que yo nunca me he atrevido a meterme en el agua de tantísimo miedo como me daba pues desde la orillita no le quitaba ojo de encima y cuando salía del agua me abrazaba, me cantaba una canción porque cantaba que era un primor y acabábamos revolcándonos por la arena suave…

-¡Raquel! ¡Te tengo por soltera!

…ni me casé ni falta que hacía, Padre, para disfrutar de lo lindo con aquel hombrazo, usted perdone pero es que todavía lo pienso y se me ponen los vellos de punta y luego nos quedábamos dormidos a la sombra y no nos despertábamos hasta que el sol cambiaba de sitio y empezaba a calentarnos, entonces nos vestíamos y Bonifacio se marchaba a lo suyo…

-¡De manera que tú y el Bonifacio…! ¡Buen bandido el tal Bonifacio!

…no le consiento que diga usted eso, Padre, porque Boni es verdad que robaba bastante y muy bien, tendría que haberle visto, Padre, apostarse detrás de unos árboles y esperar el paso de la diligencia que se sabía de memoria los horarios y cuando se acercaba salía de su escondite, se ponía delante con su caballo, empuñaba aquel pistolón tan reluciente que llevaba siempre tan limpio porque limpio era un rato largo mi Boni y desvalijaba a los viajeros empezando por las mujeres que en eso era muy mirado y muy educado, educado a la antigua usted ya me entiende, Padre, y una vez aviadas las mujeres eso sí sin tocarles un pelo que me tenía mucha ley el Boni empezaba con los señores siempre siguiendo un orden, de los más viejos a los más jóvenes porque era muy meticuloso y al cochero como sabía que era un pobre diablo no le quitaba nada solamente le daba una patada fuerte en el estómago o en los mismísimos… usted ya me entiende, Padre, dependía de por donde le diera porque elegía el sitio del puntapié según le petaba pues en eso no tenía orden pero nunca para hacer daño sino para demostrar a los viajeros que era un bandido rudo como Dios manda y que si no atizaba a los demás era por caballerosidad y por buena educación que se había enseñado con Añasco, usted se acordará, el de Utrera, que era un caballero pues a lo que iba que a él fuerza para pegar a cualquier viajero le sobraban en las piernas y en los brazos que parecía que los tenía hechos de yerro pero él sólo lustraba faltriqueras y, una vez bien lustradas, dejaba continuar el viaje encomendando a los viajeros a la protección de la santísima Virgen porque el Boni era pero que muy religioso no de esos de estar todo el día en la iglesia, de esos no porque siempre andaba escondido pero sí de los de llevar muy hondo lo del Señor y lo de los santos y todo lo demás porque siempre lo decía él que toda la inteligencia que tenía se la debía a Dios y por eso le estaba como agradecido porque usted se estará preguntando cómo demonios tardaron tantísimo tiempo en dar con él los de la Hermandad o los de las milicias que ahora llaman la guardia civil y eso es lo que yo le voy a explicar y quiero que deje bien escrito en ese papel y si quiere que vaya más despacio porque usted no olvide nada me lo dice y es que él como era tan listo se fue un día a ver a Bartolo, el escribano, que era un cenizo con unas cejas más grandes que un bosque de abedules y un cuello tan ancho como la columna esa que tiene usted en la iglesia para sostener la imagen de la virgen del perpetuo socorro y cuando tuvo delante a aquel prójimo le dijo que a medias y el Bartolo se hacía el loco como si fuera un angelito cuando tenía más carlancas que mastín de ganado que usted lo sabe, Padre, que a ustedes los curas no se les escapa nada porque están acostumbrados a ver el alma por las entretelas como digo yo y entonces el Boni le dijo que a medias si le quitaba a los guardias de encima a lo que el Bartolo dijo que bueno pero que le dejara una como especie de fianza y el Boni le dejó unas alhajas bien finas que le había birlado a una señora muy puesta que iba camino de Córdoba y que había llorado muchísimo al desprenderse de las joyas tanto que le suplicaba al Boni que no se las robara sino que se llevara como rehén a su marido que viajaba con ella pero el Boni no quiso el cambio que le proponía la señora porque )para qué quería el Boni al marido que además era muy bajito, tenía la cara anegada en barbas y se le veía que ni sabía cantar ni nada? pues bien esas joyas se las dio como especie de fianza y, a partir de aquel día, tan amigos: cada diligencia que afanaba el Boni le daba al cuelliancho la mitad que eran sus buenos dineros sin hacer nada como decía yo porque mientras el Boni estaba desvalijando de la forma tan educada que ya le he referido que casi no era desvalijar pero eso vaya a contársele usted a los guardias, el Bartolo estaba tan fresco poniendo cara de bueno en la iglesia colegiata y dando limosnas para las mujeres descarriadas y para el cepillo de san José y pagando los estudios a don Lucas que hoy es todo un sacerdote y va para santo pero que entonces era un pobre seminarista que si supiera cómo están pagados los latines que estudió a buen seguro que colgaba los hábitos, el caso es que un buen día al Bartolo le ofrecen más dinero los guardias por dar con el Boni y él que le tiende una emboscada y mi Boni que cae en ella acribillado a balazos. Comprenderá usted, Padre, que fuera yo quien matara al Bartolo de dieciséis puñaladas que nadie supo nunca quién pudo dárselas porque yo no tenía ninguna relación con él pero ahora a la vejez me remuerde la conciencia no por él sino por la esquiva y sus hijitos a los que dejé huérfanos así que cuando yo me muera usted se va a la parte de atrás del altar de su iglesia, justo debajo de la custodia y verá que la madera está como resquebrajada, la fuerza un poco y dentro encontrará usted mis joyas y una buena cantidad de dinero que quiero se la haga llegar a la esquiva y le dice que un ángel quiere compensarla porque el Señor cree que haber vivido con un escribano es como compartir nido con grajo y ahora mande llamar, Padre, al médico porque para mí que tengo el pulso desconcertado y huelo como si me hubiera proveído en mi persona…

 

 

Publicado en: Blog, Soserías
Un comentario sobre “Escenas históricas: XXV Arrepentida
  1. Antonio Dominguez dice:

    Te pasas unos pueblos Paco. Donde hay amor no hay pecado, algo que dijo un judío que no sabía montar a caballo y al suelo. Como catequista y cursillista prematrimonial, nunca en una lectura en Misa pasaba de 10 minutos. Aburres o la burra. Un saludo. Viva el Betis.

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