Viviendas

Las viviendas en las que nuestra vida se desarrolla han cambiado muy lentamente a lo largo de los tiempos y ello debido a que las necesidades humanas son permanentes y están más allá de las contingencias históricas o de los cambios de estilo arquitectónicos. Con todo, hoy existen variaciones que no deben pasar desapercibidas.

Así, la alimentación, en cuanto obligación inexcusable, exige un lugar apropiado que ha sido siempre la misma cocina o el comedor. Las cocinas de los palacios antiguos y aun de las viviendas de plebeyos eran grandes, con una sala, un par de huecos adintelados y el hogar. Hoy las cocinas, si han perdido tamaño, han ganado en complicación y, desde luego, en precio pues se han convertido en una de las partidas más destacadas a la hora de amueblar una vivienda. Una cocina, instalada conforme a las exigencias de los modernos adelantos técnicos, por su pulcritud, por la disposición impecable de sus objetos, más parece un laboratorio que un lugar apropiado para freír morcillas o emulsionar la salsa mayonesa. Quizás la moda de la llamada nouvelle cuisine, que es cocina de mucha (aunque no siempre feliz) inventiva y de experimentación, tenga algo que ver con la moderna decoración de estos espacios en los que siempre estamos esperando que aparezca un señor con una bata blanca y varios trienios devengados en el Consejo superior de investigaciones científicas.

Lo propio ocurre con el lugar destinado a asearse y a aliviarse que ha evolucionado desde el humilde retrete o letrina o incluso la más austera columna mingitoria a los actuales cuartos que se llaman de baño precisamente porque en ellos la limpieza corporal eclipsa o relega a las funciones evacuatorias propiamente dichas. Y en verdad que lo consiguen porque han adquirido estas estancias tal distinción, tal refinamiento que no es infrecuente que en ellas los esfínteres queden apabullados, como avergonzados y que se nos contraigan en una reacción de irremediable pero comprensible timidez dificultando y aun impidiendo el gozoso consuelo de la emunción.

¿Qué decir del comedor? El comedor, como estancia independiente, no ha hecho sino acumular incomodidades a lo largo de los siglos desde el aciago momento en el que a un desdichado se le ocurrió suprimir el triclinio inventado por los griegos y sabiamente adoptado por los romanos. Hoy, los comedores son refinadas salas de tortura porque parten de un principio absurdo: el de que todos los humanos tenemos la misma conformación física. De ahí que mesas y sillas tengan idéntica altura, sin que sea posible introducir correcciones individuales, con lo que se desprecia el hecho, bien patente, de la existencia de altos y bajos o, si se prefiere, de pícnicos y leptosomáticos, en los términos de la moderna antropología. En un momento como el actual, en el que la adaptación personalizada de los objetos en los que los humanos nos sentamos se empieza a generalizar en los lugares de trabajo ¿qué razón existe para que no ocurra lo mismo en aquellos ámbitos que son de esparcimiento y de amable ocio? Si de mí dependiera, infligiría las más severas penas a los diseñadores de comedores porque la maldita uniformidad que practican es responsable cierta del declive de la alegre sobremesa y del aborto de miles de felices ocurrencias del ingenio, que el amable yantar y la cuidada selección del vino propician, pero que echan a perder el cruel travesaño de la silla que se nos clava en un espacio intercostal o el respaldo impiedoso que acaba provocando el quejido de un par de nuestras vértebras.

El dormitorio, por el contrario, sigue siendo lo que ha sido siempre: refugio para la cópula, fosa común de los sueños, rincón donde esconder el orinal cuyo magnífico sonido cantarín en la noche alta nos reconcilia con el mundo y nos hace indulgentes hasta con nuestros enemigos. También el garage, que parece estar ligado al nacimiento del moderno automóvil, no es sino una versión modernizada de las viejas caballerizas.

Pero donde resulta más notable la innovación es en el antiguo desván que ha sido siempre lugar donde almacenar trastos, acondicionar nidos de murciélagos y habilitar sepulturas a los cadáveres que de noche se transformaban en amables fantasmas y que tan imprescindibles han sido en toda familia con un mínimo de recursos. En las ciudades de la bohemia, los desvanes ascendieron a la dignidad de buhardillas, covachas de poetas y pintores, y por eso les debemos agradecimiento porque han sido escenario de las más atrevidas innovaciones de la expresión artística. Pero, en nuestros días, lo que hay inmediatamente debajo del techo, se llama bajocubierta y es una de las habitaciones que mayor prestigio dan a la casa y la mejor engalanada. Esta transformación confunde porque obliga a preguntarnos dónde se refugiarán los genios creadores para innovar el arte y dónde podremos enterrar a los seres más queridos. Y a los murciélagos y fantasmas ¿los expulsaremos de nuestro entorno? ¿habremos de declararlos especies protegidas? Se impone recapacitar sobre estos graves asuntos con frialdad.

Publicado en: Blog, Soserías
Un comentario sobre “Viviendas
  1. -Yo estaba muy contento con mi casa.
    -¿y ahora no?.
    -Es que no tiene buhardilla para crear obras de arte.
    -¿pero tu eres artista?.
    -Sin buhardila es imposible.
    -¿y que obras de arte harias?.
    -Cuando me inspire una buhardila te lo digo.
    -No estarás confundiendo causa y efecto.
    -Cuando tenga una buhardilla te contesto artísticamente.
    -Ah claro.

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