Escenas históricas XI: día de verbena

DÍA DE VERBENA

¡Llegó el día fatídico! Para mí, el peor día del año, trabajando de la mañana a la noche. Eso sí, al mediodia,  Damián, que es un buenazo, me trae un san Jacobo y unas rosquillas del santo (si es posible me gusta comer sólo cosas de los colegas que sé que no hacen daño) y con eso ya hasta el día siguiente.  ¡Menudo horario de oficina! ¡Y con este calor! Desde que amanece hasta bien entrada la noche y, encima, con el ruido de esa maldita verbena. ¿A quién se le habrá ocurrido la idea de que a mí me gusta el baile y la algarabía? Claro que, bien mirado, peor es lo de los casorios. Desde el principio dije que yo de casorios no entiendo nada, que no he visto una mujer en mi vida y que, además,  me doy mala maña con ellas. Y El que nada, que es necesario porque no está cubierto el puesto de santo casamentero, que se necesita porque son muchas las beatas incontinentes que se acercan a la iglesia buscando un marido o un novio con que remediar el rijo y aquí estoy porque uno es diciplinado que si no a buenas horas iba a estar yo en esto con lo cómodos que están san Blas con el cuento ese de la garganta o santa Lucía con el de la vista, tienen éxito claro pero lo que no dicen es la ayuda que tienen de los médicos de la que yo carezco porque dígaseme que físico o boticario o cirujano o barbero tiene conocimientos para casar a una de estas gordas y granujientas que vienen por aquí. De acuerdo,  se sacan unos dineros pero ¿quién se los gasta sino don Cornelio que bebe los vientos por arzobispar y llena de presentes a todo curial que se le pone a tiro? Ya está Damián poniendo orden en las albas y sobrepellices, bien planchadas y encañonadas. ¡Con qué primor repasa la custodia de plata, el incensario y la gran cruz que está en el centro del retablo! A poco se oirá el volteo de la campana que suena a albórbola, a júbilo. Ahí entra la primera clienta.  Pero ¿qué ven mis ojos? si es doña Consolación con su mantilla blanca cruzada al cuello. . .

-San Antonio bendito, el año pasado me hablaste de Froilán, el zacateca; le busqué, le invité a azucarillos en el puesto de Recoletos, le hice saber que tenía la bula de la Santa Cruzada y,  por indirectas,  la cuantía de mis bienes y cuando ya parecía que se encandilaba conmigo apareció la pécora de Enedina y me lo birló. Tres novenas y dos trisagios desperdiciados, sin contar las limosnas. ¿Me merezco yo esto?

-El destino que el Señor nos depara sólo El lo conoce. Has obrado rectamente, Consolación, y estás en gracia, bien lo sé, has cumplido tus deberes religiosos, me has rezado con largueza. . . Pero, hija mía, es que estás como una vaca de los prados astur-leoneses y esto te hace andar con un bamboleo de mecedora que no gusta ni una miajita al macho. Desde el cielo comprenderás que es muy díficil cambiar estos gustos porque tienen ¿cómo te diría? tienen su fundamento. . . así que este año a dar caminatas por el Retiro, a perder unos cuantos kilogramos y ya verás como el año que viene se me ocurre algo. Pero tienes que poner de tu parte, Consolación, olvídate de las masas fritas.

Damián, el buen Damián,  la ayudó a erguirse tensando bien sus robustos brazos. La dura penitencia la hizo hipar y las mantecas resoplar. Precisamente fué la música de los isócronos hipidos y resoplidos la que acompañó el balanceo de doña Consolación que se marchaba desconsolada.

Miraban desde arriba las majas de mantilla blanca que dejó colocadas el fresco de Goya en el balconaje que circunda la bóveda.

Se arrodilló después doña Esperanza, intonsa y artrítica, vestida con levitón de percal. Díjole al santo a modo de salutación:

-Hice todo lo que me dijiste y ¡ni un rosco, ni uno!

-Pero ¿qué edad tienes, Esperanza, hija?

-Para san Filomeno hago los sesenta y tres.

-Si hace años el Señor te quitó la mala semana fué para que te condujeras con castidad, con pureza. . .

-¿Ah si? ¿Y antes? ¿Qué pasaba antes, cuando tenía un menstruo más doloroso que la digestión de un pimiento del Bierzo? Pues pasaba y tú bien lo sabes que tampoco me comía un rosco pero eso sí. . . aquí dejaba mis buenos dineritos.

-Para obras de caridad, Esperanza, para obras de caridad. Inténtalo con Buenaventura Minguilla, el cardador de lanas,  que tiene buen estómago. Como sabes enviudó por cuarta vez ha poco.

A Buenaventura Minguilla recurría el santo en los casos extremos y no solía fallarle. Alguien dijo que entre el santo y Buenaventura había una especie de pacto pero no era cierto pues lo que pasaba en realidad es que Buenaventura había nacido casadero, no viudo como decía el Servando, hijo natural de un sumiller, que a veces se hacía el gracioso.

Cuando se alejaba doña Esperanza con la esperanza puesta en Buenaventura Minguilla se oían sus huesos que sonaban como caja de baquetas de tambor.

Por fin apareció una joven que vestía falda adornada con volantes engordada con los círculos de acero del miriñaque. Venía llorando. Se arrodilló haciendo mas pucheros que una posadera. Se llamaba Tristana.

-¿Qué te ocurre hija?

-No (puchero) puedo (puchero) hablar (puchero).

-Tranquilízate. Cuéntame.

Damián le acercó el agua de melisa que tenía para estos casos. Cuando ésta surtió efecto, consiguió decir no sin que se le entrecortara la voz:

-Va para dos años que me dijiste que buscara a Artemio el de Alpedrete,  que era (puchero) un partidazo. Lo hice, nos veíamos todos los días, fuimos juntos a la romería de san Roque, vino a casa de mis padres, yo a la suya y, al cabo, nos casamos. Al principio me parecía raro porque no me acometía tal como me había advertido mi madre. Pasaba el tiempo y yo seguía virgen como mi tía Pura (puchero) que está a sus cincuenta años menos usada que un zaque de vino en una mezquita. Ahora ya lo sé todo:le he visto (puchero) besándose con Braulio, el aguador,  que por algo le llaman el sodomita que yo creía que lo de sodomita era (puchero) un diminutivo cariñoso porque es muy bajito.

San Antonio exhaló un suspiro de desesperación. Se dirigió a Damián y le ordenó que devolviera a Tristana las limosnas. Tristana se alejó triste.

San Antonio no quiso recibir a nadie más y pidió que le trajeran,  para consolarse,  su san Jacobo. Fuera, corrían rios de mosto, con limón y sin limón y se oía, en verbenero barullo, el teatrito Gignol, el tumulto de reposteros, el voceo de agualojeros y el son de bandurrias y panderetas.  Subían al cielo, en forzado abrazo, el rancio tufo de los buñuelos y el delicado aroma de la albahaca. . .

 

 

Publicado en: Blog, Soserías

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