Escenas históricas pero verdaderas (V): Cautivo

CAUTIVO

Cantemos a la jineta
y lloremos a la brida
la vergonzosa caída
de don Gaspar de Ezpeleta
(Luis de Góngora)

-I-

¡Qué guapa está mi hermana Magdalena! Y Andrea parece hasta joven, con la cara tan blanca y esa hermosa diadema en el pelo:atareadas, de aquí para allá,  trayendo y llevando los capones, las perdices, las liebres y las gallinas sin plumas, dispuestas a encontrar en las ollas cristiana sepultura, los pájaros y la caza que han estado colgados al aire y que todavía dejan una estela de penetrante olor, las frutas de Valencia,  las de sartén, los dulces de Toledo, varios zaques de olorosos vinos. . . Mi Isabel es moza chapada,  tiene la piel fina, qué recuerdos me trae verla, ha sacado el talle de su madre, se mueve como ella se movía y se le encienden las mejillas como a ella se le encendían cuando yo la besaba y la poseía.

A mi alrededor, alrededor de un antiguo cautivo,  que tiene tantas armas como letras,  que pasó por las picas en los baños de aquel Argel de callejas, de mezquitas, de grandes fuentes,  con quien la fortuna usó de sus vueltas y revueltas, alrededor de un manco que tiene su mano izquierda inmóvil, aunque eso sí, la derecha mas viva  que nadie, bien se ríe la gente con los sucedidos del caballero de la triste figura y con los dichos del escudero gordo y burlón, pues a mi alrededor van a estar sus majestades y el privado y los grandes de la Corte,  poderosos y elegantes,  a honrar al escritor de ingenio.  ¡Se acabaron las cárceles! ¡Se acabó correr los caminos a lomos de mi renqueante mula “de color parda y tartamudo paso. . . grande en los huesos y en la fuerza exigua”. De ahora en adelante ¡en pinganitos!

Ya veo entrar a su majestades: Felipe, rubicundo como su padre, los labios carnosos, el bigote bien trabajado por la tenacilla, el alto cuello bordado, calzas con tan grandes cañones que más parecen basiliscos, mangas de terciopelo corridas de botones de oro, la mirada triste; Margarita, que no es guapa como Isabel,  la reina que se casó en Toledo con Felipe y a quien yo ví y de quien yo me enamoré, viste cota y saya finamente bordada,  gorguera con diamantes y en el tocado copia de perlas.  Se acercan a mí,  precedidos por un adamado paje en cueros,  no,  en cueras acuchilladas sobre jubón de tela de oro;todos nos saludamos haciendo mil galanterías, mesuras y zalemas y yo inclino mi rodilla y al tiempo percibo cómo el rey me levanta. Suenan tañedores de flauta y tamboril.

Detrás vienen el duque,  poderoso valido, huele a ámbar, tiene el pelo escaso, los ojos de mañero y las manos cansadas de contar ducados, creo que si algún artista famoso le pintara a caballo parecería alguien. . . ; y la duquesa,  con una hermosa falda acampanada,  fisga como comadre al acecho. Sus hijos, don Diego y doña Luisa traen el arrebol del matrimonio todavía pintado en sus caras relamidas.

Les siguen dos poderosos Juanes: don Juan de Zúñiga y, a su lado,  don Juan de Idiáquez que con sólo mover un dedo me hubiera podido mandar a las Indias cuando yo lo deseaba y ahora me susurra halagos al oido, me dice que leyó mi Galatea y que ha leido y recomienda a todos leer las aventuras del hidalgo manchego;y dos poderosos Pedros:don Pedro Franqueza y don Pedro Férnandez de Castro, calvos como frailes, seguidos de un enjambre de secretarios que tienen el privilegio de consultar a boca con el Rey. Todos en libreas ricas y lucidas. A todos los trato como amigos frescos.

En un rincón,  apabullados ante tanta grandeza,  están mis buenos amigos, Luis de Góngora, que es fino poeta, el joven Quevedo, polemista habilidoso. Y Lope que ha venido a unirse al homenaje, enterrados ya los viejos y mutuos puyazos y las estériles malquerencias. Que es de pechos nobles y generosos no hacer caso de niñerías.

A mi hermana Andrea, como tiene fama de gran labrandera, los reyes han obsequiado un precioso costurero. A Magdalena, un plato de cerámica de Talavera donde hay un ave azul en un fondo blanco;a mi Isabel,  que se le han incendiado las mejillas,  un reloj de esfera de los que no hay sino en casas muy poderosas. La he visto cogerlo, hacer una inclinación y venírsele a los ojos unos enormes lagrimones. Del tamaño de los que se me han escapado a mí cuando he oido,  de labios de su majestad, que podré vestir de ahora en adelante la capa blanca y la cruz roja en forma de espada, que me honra con el hábito de Santiago y que la Orden se honra con tenerme entre los suyos.

Y de pronto me veo como personaje mezclado entre mis propios personajes: me veo vestido de pastor como Lauso y me veo de Francisquito y de Juanico, y veo la cara del lujurioso cardenal al que serví que requiere mis servicios y me veo en la Marquesa venciendo al turco, que era invencible en la mar, y a mi maestro López de Hoyos y vuelvo a ver a la reina Isabel, montada en su yegua blanca,  el dia de su boda con el triste Felipe y me veo en el teatro, el alma en vilo,  siguiendo los versos de Lope de Rueda, que me saluda con aprecio.

Todo se me aparece en escenas distintas,  como si fueran los frescos de una capilla.

    -II-

-¡Ah, ladrón, que me has muerto! ¿No habrá quien socorra a un caballero herido?

Aquellas voces me despertaron,  me sacaron de embelecos y falsías y me devolvieron a la realidad. Cuando me levanté,  ví cómo Magdalena,  mi hermana,  bizmaba a un caballero al que habían hecho el per signum crucis con un alfanje y otras heridas de consideración. Se retorcía de dolor y con el aliento corto y apresurado no pedía sino que le trajeran un físico y que le tomaran la sangre, todo ello con suspiros que los ponía en el cielo. Le trató con tal desatino un sacapotras que,  a pesar de los cuidados de Magdalena,  murió el caballero,  que se llamaba don Gaspar de Ezpeleta.

La noche fue, no lo olvidaré, la del 27 de junio de este año de mil seiscientos cinco y dejo consignado aquí el sueño del que disfrutaba y la desgracia que ocurrió mientras dormía,  estando como estoy en la cárcel de esta ciudad de Valladolid, que ya visitaron mi abuelo y mi padre, a la espera de lo que decida el alcalde Villarroel que me ha complicado en el asesinato del caballero Ezpeleta de quien todo ignoro y de quien tan sólo sé que me devolvió a deshora, con sus gritos y sin consideración alguna,  desde un hermoso ensueño a mi asendereada realidad.

Publicado en Blog, Soserías

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